La esperanza en tiempos de pandemia religiosa

La esperanza es la virtud teologal que todos empezamos a ejercer una vez asumido nuestro bautismo. Es la certeza de aquello que esperamos con el fervor de la fe, la realización de nuestros anhelos colocados por Dios; y la calma de nuestros corazones inquietos hasta que se encuentren con él.

En algunas ocasiones, los cristianos solemos afligirnos bastante por la situación precaria que vemos en nuestras sociedades alejadas de Dios, y también, por la crisis eclesial que no deja de sorprendernos. Es penoso ver reacciones tan negativas en las redes sociales por lo que estamos viviendo, es profundamente entristecedor y desconcertante. Estos pueden ser síntomas de una vanidad que no percibimos, pues nos creemos capaces de resolver por nosotros mismos todos los problemas, o al menos, pretendemos ponerlos bajo nuestro control. Esta es una traición a la esperanza que tuvieron los apóstoles, los mártires y los santos de todos los tiempos, que sufrieron miles de tribulaciones y vivieron profundas turbulencias eclesiales sin perder la salud espiritual que con tanta oración habían alcanzado. La esperanza fue para ellos un impulso para seguir el combate y no desfallecer.

Los cristianos no podemos afligirnos hasta el punto de parecer que perdemos las esperanzas, porque a pesar de todos los males que experimentamos, la esperanza no debe desaparecer, pues de Dios depende que lo que esperamos se cumpla, y Dios siempre es fiel a sus promesas (Nm 23, 19); además, ¡es horrible que un cristiano exprese tanta desesperanza, es antievangélico! ¿No deberíamos cambiar un poco nuestra actitud? Debemos aprender a alegrarnos en nuestras tribulaciones como nos enseña el apóstol Santiago (Cf. St 1, 2), y a contentarnos con la situación precaria que experimentamos como el apóstol San Pablo (Cf. Flp 4, 11), cuya prédica fue rechazada por muchos, y recibió daños físicos y psicológicos por parte de sus oyentes; a pesar de eso, no pudieron quitarle la alegría de sentirse amado por Cristo, y el haber descubierto el auténtico camino hacia su realización humana; no importa que tan sombríos pudieron ser aquellos tiempos, porque al final, la Iglesia pudo triunfar y seguirá haciéndolo porque el Señor es nuestro alcázar, nuestro refugio y nuestra roca.

Es necesario mostrarle al mundo un semblante embellecido por la luz de la esperanza, y los ánimos deben permanecer firmes; porque la carrera sigue y no podemos detenernos; ya falta poco… la meta esta al llegar, el Señor no tarda.

Mantengamos la llama del amor encendida en nuestras lámparas y esperemos a nuestro esposo que ya viene, no dejemos que los problemas sean más grandes que Dios, porque si nos creemos eso, estaremos creyendo en una mentira, y los cristianos no somos hombres de mentiras para darnos a tales falacias, somos hombres de la verdad y pura autenticidad; y por lo tanto, eso es lo que debemos mostrar: el ejercicio de la esperanza, virtud teologal.

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