Traditiones custodes. El fin de la Summorum Pontificum

Hace 14 años, el papa Benedicto XVI escribió un motu proprio titulado: «Summorum Pontificum». Con el, básicamente, facilitaba la celebración de la liturgia conforme a las disposiciones tridentinas previas a la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II. El día 16 de julio, memoria litúrgica de Nuestra Señora del Monte Carmelo, quedó abrogada esta disposición por el motu proprio «Traditiones custodes» del papa Francisco. No quiero dejar pasar la oportunidad de hacer mi comentario ante este gran acontecimiento.

En primer lugar, debemos reconocer que esto ha sido una estocada profunda en el corazón de muchos hermanos. La facilidad con la que se podía celebrar la liturgia antigua, ha quedado restringida a la voluntad del obispo, quien debe determinar si es espiritualmente saludable esta forma de celebrar la liturgia, para poder delegarle dicha facultad a un sacerdote adecuadamente preparado; por lo tanto, ya no basta con la simple voluntad de un grupo de fieles y la disposición del presbítero.

Debemos aclarar que el misal antiguo no fue derogado, sino, restringido. Ahora bien, ¿qué pasará con la misa tridentina en comunidades fieles a Roma y al sucesor de Pedro? No podemos negar que en muchos lugares estos permisos serán negados, en vista de la situación actual en la que se encuentra nuestra Iglesia.

Muchos fieles, especialmente jóvenes, se sintieron atraídos por esta forma de celebrar la liturgia, y sin duda, ha sido un enorme provecho espiritual para los que la frecuentaban con recta intención. Estos son los que sentirán la estocada de este motu proprio si en sus diócesis no se da el permiso de celebrar en esta forma.

Pero por otro lado, no podemos negar que existen grupos extremistas que superponen la validez de la misa tridentina en detrimento de la misa reformada. Se muestran rebeldes al Concilio Vaticano II, y se sienten más santos y más dignos de ser católicos que todos los demás. Es una actitud sectaria que contribuye a la división del pueblo de Dios, tal y como había mencionado en mi artículo titulado: «El Concilio Vaticano II no es necesariamente el problema». Pero no todos son así… Los católicos moderados que se encuentran en comunión con Roma, y que participan de la liturgia antigua, son los que realmente están perdiendo con todo esto.

Ahora bien, da pena y vergüenza las reacciones extremistas que ha traído este motu proprio. Como era de esperarse, por un lado están los que se alegran sobremanera con la restricción de la misa Tridentina. Andan por las redes sociales burlándose de los «afectados» bajo nombres como «tradi» y «tradichairos», una actitud que no dista mucho del otro extremo, es decir, que siembra discordia y desprecio hacia un grupo de hermanos que, o bien, son sectarios, o bien, son jóvenes amantes de la Iglesia que no tienen mentalidad sectaria.

Por otro lado, están los hermanos que se han afligido hasta el punto de criticar rotundamente al papa Francisco, y sacarle los trapos viejos para alimentar el sentimiento de desprecio hacia su persona. Una actitud cuestionable hacia el romano pontífice en aquellos que pretenden tomarse en serio el camino hacia la santidad.

La guerra no nos llevará a nada… Sólo contribuirá a aumentar el desasosiego por la crisis, y en definitiva, no aportada nada a nuestros deseos de reformar a la Iglesia. Revisese cada cual a ver como esta actuando ante esta nueva disposición. Pregúntese si esta confiando lo suficiente en la Divina providencia, si no se le ha olvidado que este barco lo guía el Espíritu Santo, o pasese por mí artículo titulado: «La esperanza en tiempos de pandemia religiosa», por si se le ha olvidado esta virtud teologal que ha recibido en su bautismo.

Hermanos, no nos entristezcamos. Adoptemos la actitud de Job que supo recibir tantos males sin apartarse de Dios, y junto a nuestro Señor, digamos: «Fiat voluntas tua sicut in caelo et in terra». Conservemos la recta disposición de seguir adelante en los caminos del Señor, y procuremos aportar nuestro grano de arena para la reforma de la Iglesia. No consideremos perder la comunión con el romano pontífice, ni lo despreciemos hasta el punto de sentir odio o resentimiento hacia él, pues Santa Catalina de Siena, a pesar de sus defectos, lo llamo: «El dulce Cristo en la tierra».

Tampoco nos alegremos por este motu proprio, pues muchos hermanos de recta intención se verán afectados. Además, las burlas y los desprecios hacia la misa tridentina son una crítica hacia nosotros mismos, porque se trata de algo católico. No cometamos el error de pecar por detestar algo que ha salido de Dios, porque eso sería una rotunda contradicción. Además, es una pena que se haya restringido. La facultad otorgada por la Summorum Pontificum facilitaba la propagación de la misa tridentina, ¡y muchos se han aprovechado de ella!

Ya veremos que pasara en lo adelante, pero de lo que podemos estar seguros es de que el sol seguirá saliendo de oriente, para iluminar a los viven en tinieblas y en sombras de muerte, y dirigir nuestros pasos hacia el camino de la paz.

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