El negocio de ganar el cielo

«Nuestro negocio es ganar el cielo. Todo lo demás es una gran pérdida de tiempo» – San Vicente de Paul

Esta máxima de este gran santo me hizo reflexionar sobre la caducidad de la vida, y sobre la actitud que un cristiano debe tener en este peregrinaje hacia la morada eterna.

San Gregorio nacianceno decía que los cristianos debemos recordar a Dios más que de respirar. Los acontecimientos del día a día pueden ser un motivo suficiente para ahogar la presencia de Dios en nuestros corazones, no sólo en la vida de los laicos, sino también en la vida consagrada y sacerdotal. Es bastante fácil olvidarlo. Las actividades seculares y su orientación hacia el porvenir temporal pueden obstaculizar el crecimiento de nuestra vida espiritual, porque si las cosas no se hacen en el Señor quedan en el vacío desesperanzador del agujero interminable. Pero esto necesariamente no tiene porque ser así, lo cierto es que estas mismas actividades son necesarias para que el Espíritu Santo nos transforme. Todo depende de en donde ponemos el corazón.

Ya sea que comamos, bebamos, fiestemos o nos relacionemos, todo debe ser realizado en el nombre del Señor. Los cristianos hemos muerto y resucitado en Cristo, y ya no nos pertenecemos. Hemos sido comprados con la sangre del cordero, y por lo tanto, debemos asumir nuestra vida sobrenatural en el Espíritu. Esto no sólo implica una vida de oración privada o comunitaria, actos de caridad y celebraciones litúrgicas, sino que está realidad debe impregnarlo todo, y en efecto, lo mencionado va ordenado a esta transformación radical. Hasta los detalles más mínimos del día deben ser realizados en clave divina. Santa Teresa de Calcuta nos enseñó que los pequeños actos cargados de amor son más grandes que múltiples actos de caridad hechos por obligación. Lo importante no es la cantidad, sino la calidad. Por otro lado, San Josemaria Escriva de Balaguer, fundador del Opus Dei, sigue inculcándole a la Iglesia la posibilidad de alcanzar la santidad en la vida ordinaria, es decir, en los actos cotidianos insignificantes para el mundo y para uno mismo, pero que hechos en Cristo, se convierten en una obra de santidad que perdura para la vida eterna. Todo acto de bondad orientado a la glorificación de Dios es un acto eterno, porque fue impulsado por el eterno y realizado para el eterno, ¡nunca será una pérdida de tiempo amar!

Todo lo demás, si no se relaciona con Dios no merece nuestra atención. Son sólo distracciones vacías que no nos llevarán a ningún lado, por lo más, un disfrute efímero que queda en el olvido. Todo es una pérdida de tiempo si no tiene nada que ver con la búsqueda del Reino. Todo es vanidad inútil. Sólo Dios basta.

Los cristianos debemos tener nuestros ojos fijos en las manos de nuestro Señor, como el esclavo los tiene en las manos de su amo. El beato Carlos Acutis pudo descubrir que la verdadera felicidad está en tener los ojos en el cielo, y la tristeza empieza cuando los bajamos a la tierra. No dejemos de correr hacia el Señor, dejemos embriagarnos por su amor, pues sólo estamos de paso en este mundo, hospedados en el mundo temporal que tiene ocaso. Nos dirigimos a nuestra verdadera patria que es estar con el Señor. Todo lo que hagamos debemos ponerlo en función de este objetivo, nada importa más que esto, es un objetivo radical, pero el evangelio es precisamente esto: la muerte del hombre viejo y el nacimiento de los hijos de Dios.

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