La desalentadora predicación

«Entonces se puso a maldecir a las ciudades en las que se habían realizado la mayoría de sus milagros, porque no se habían convertido» (Mt 11, 20)

Las ciudades mencionadas en este pasaje evangélico son Corazaín, Betsaida y Cafarnaum. Estas ciudades recibieron la predicación del evangelio directamente de nuestro Señor Jesucristo, y no obstante, no se convirtieron. Analizar una dimensión de nuestra predicación desde esta perspectiva es el objetivo de este texto.

Estas ciudades pueden facilmente representar a todos los pueblos que han recibido el evangelio y no responden a el, algo muy común en nuestros días. Vemos como nuestras sociedades, previamente evangelizadas, se sacuden la coraza cristiana que honorablemente llevaban cuando nacieron. Diversos factores han influido en esta situación negativa, pero enfoquémonos en nosotros de manera personal como predicadores.

Solemos pensar que nuestra actividad es incorrecta cuando no conseguimos conversiones de nuestros contemporáneos. Esto es algo normal. Pero se convierte en una oportunidad para meditar sobre como estamos viviendo este evangelio que queremos transmitir, o que lenguaje estamos utilizando. Podemos llegar al punto de desalentarnos como Santo Domingo de Guzmán, que según la tradición, sintió la tristeza de no ver a los herejes cátaros convirtiéndose con su predicación. Si ponemos nuestra atención en lo que le ocurrió a Jesús en el fragmento evangélico que he citado en el inicio, encontraremos un motivo que nos permita continuar nuestra misión sin preocuparnos en exceso por los resultados.

En primer lugar debemos tomar en cuenta que Jesús es el predicador perfecto. La alta estima que tenemos de la predicación de los apóstoles y los santos se queda pequeña ante la magnificencia del Maestro. Jesús irradiaba una fuerza moral inigualable que le permitía exteriorizar los valores del Reino con facilidad, aumentando su credibilidad en un plano hasta más no poder. Los abundantes milagros que hizo en estas ciudades respaldaban portentósamente su realidad divina y fortalecía la veracidad de sus palabras. No obstante, reprende a estas ciudades por no vestirse de sayal y echarse ceniza en sus cabezas, como expresión de penitencia y conversión.

Es evidente que el corazón del hombre puede llegar a unos niveles de endurecimiento tal, que ni la multitud de los ejércitos celestiales y la potencia de la gracia pueden transformarlo. «Nada más falso y enfermo que el corazón: ¿Quién lo entenderá? » (Jr 17, 9)

Así pues, no podemos esperar que siempre obtendremos resultados positivos cuando predicamos, pues el mismo nos dice: «No está el discípulo por encima de su maestro […] » (Lc 6, 40)

Esto no es ningún motivo para desalentarnos, ni hay que entenderlo en un sentido pesimista, ¿acaso Jesús se rindió?, ¿los apóstoles y los santos se detuvieron en sus obrar itinerante? De ninguna manera es una opción detenernos, pues no hemos recibido un espíritu triste y negativo para cumplir nuestra misión. Esta realidad es una oportunidad para asumir que nuestro deber es anunciar, proclamar la Palabra a tiempo y destiempo y dejar que Dios se encargue del resto.

Somos puentes por los que Dios pasa para llegar al corazón de los demás, y cumplimos nuestra misión cuando anunciamos con valentía el evangelio. Si bien lo mejor sería que el otro se convierta, esto va más allá de lo que podemos hacer. Cumplimos con nuestra parte cuando predicamos, la otra parte depende de que el hombre responda, sólo así se obrará la conversión y Dios se llenará de gloria por otro hijo que regresa a casa.
Seamos humildes al predicar en estos tiempos recordando que el primer rechazado con la indiferencia y el desprecio fue el Maestro, así nos alegraremos cuando hayamos hecho nuestra parte de anunciarle la salvación a los demás, pues al fin y al cabo sólo somos siervos inútiles que colaboran con Cristo en la instauración y consumación de su Reino, y lo que debemos hacer es predicar y punto. Que sea esto la satisfacción de haber culminado el trabajo encomendado, de tal manera que seamos dignos de participar del descanso eterno del Cordero inmolado.

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