Meditación del evangelio – Domingo XVII del Tiempo Ordinario, Ciclo B

Del evangelio de San Juan 6, 1-15

La Eucaristía, fuente y cumbre de nuestra fe

Del evangelio de San Juan 6, 1 – 15

Jesús se dispuso a sentarse con sus discípulos en la altura de una montaña con las claras intenciones de seguir enseñándole a sus contemporáneos las maravillas del Reino de Dios, así como también, invitarlos a la conversión. Las personas le seguieron porque lo vieron «curar a los enfermos». Siguieron buscando en él la saciedad de sus necesidades elementales. Tenían hambre, razón por la cual, Jesús se dispuso a alimentarlos con la ayuda de sus discípulos.

La tradición nos ha enseñado que este pasaje es una prefiguración de la Eucaristía. Jesús, el sumo sacerdote eterno según el rito de Melquisedec, bendijo los panes y los peces de la misma manera que en el ofertorio de la Santa Misa. Luego distribuyó los panes a «cinco mil personas». Obviamente esto no debemos tomarlo en un sentido literal, es una forma en la que San Juan nos dice que eran muchas personas, y en este caso, representan a la Iglesia. Todos quedaron saciados, y las sobras fueron puestas en canastas, haciendo alusión a la forma en que actualmente se reserva el Santísimo Sacramento del altar.

La Eucaristía es la fuente y cumbre de nuestra fe. Es el alimento que robustece nuestro espíritu y nos da fuerzas para continuar nuestro peregrinaje hacia la morada eterna. De la misma manera en que aquellas personas fueron alimentadas de la mano de Jesús, él nos alimenta en la persona de sus ministros, que día a día consagran el pan y el vino para que los hijos de Dios se alimenten de su cuerpo y de su sangre y crezcan.

Ya que tenemos este admirable sacramento, es imposible pensar que se puede avanzar en la fe sin alimentarnos del cuerpo y la sangre de Cristo, pues de la misma manera en que aquella pobre gente tenía hambre, nuestros corazones se desgarran del hambre espiritual que constantemente necesitamos saciar. Es imposible alcanzar la salvación si no nos alimentamos del pan de vida. Pobre de aquellos que no ven necesario comulgar con frecuencia cuando tienen la oportunidad de hacerlo. Son como moribundos hambrientos prontos a desfallecer al lado de un plato de comida.

La Eucaristía es el elemento más importante para avanzar en la fe, y esto por supuesto implica el compromiso de vivir los votos bautismales con coherencia, de tal forma que el alimento divino no vaya a parar en manos perezosas que por frecuentar la eucaristía sin asumir la gracia santificante, se jactan de ir a misa con frecuencia pero en el mundo son lobos rapaces que dañan la imagen de Cristo y son la razón por las que muchas veces la Iglesia tiene que sufrir.

Acerquémonos a la Eucaristía sabiendo que en este sacramento empieza y se realiza nuestra fe. Es la forma de comunión más plena que tenemos con Dios aquí en la tierra. Cristo viene con el Padre a habitar en nuestros corazones, y de esa manera, nos hacemos uno con él. Toda la Iglesia se funde totalmente en Dios y realiza plenamente la realidad de su unidad. No seamos tontos al disminuir el valor de este sacrosanto sacramento, pues somos muy afortunados de tener el cuerpo y la sangre de Cristo todos los días en nuestras iglesias particulares. Aprovechemos esta inefable gracia si realmente queremos ser santos, como la vocación de ser cristianos nos demanda, sólo así conseguiremos calmar nuestros corazones temblorosos y nos uniremos finalmente a Dios sin las interrupciones obradas por el pecado.

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