Meditación de la palabra dominical – Domingo XVIII del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Del libro del Éxodo 16,2-4.12-15

Del libro de los salmos 77,3.4bc.23-24.25.54

De la carta del Apóstol San Pablo a los Efesios 4,17.20-24

Del evangelio de San Juan 6,24-35

En la primera lectura, vemos como los Israelitas se quejan de tener hambre, calor y sed, mientras peregrinaban por el desierto. Este acontecimiento debemos relacionarlo con los 40 días que duró Jesús en el desierto ayunando y orando, pues sólo así podemos iluminar cristologicamente esta situación.

Es evidente que el desierto y sus condiciones, sirven como un ambiente propicio para los ejercicios espirituales o ascesis. Lastimosamente, de esto casi no se oye hablar hoy en día, sobre la necesidad de que los cristianos hagamos ejercicios espirituales. Un cristiano que no es acético jamás podrá alcanzar el pleno desarrollo de las virtudes y la mortificación de sus pasiones desordenadas o defectos, como popularmente se conocen.

Los Israelitas cometieron el error de desaprovechar este ejercicio espiritual quejándose de el. Esto trae consecuencias negativas, las cuales son mencionadas en otros pasajes del antiguo testamento; sin embargo, Dios se expresa otorgándole el mana a su pueblo, como manifestación de su infinita misericordia y amor eterno por sus criaturas. Les dio el alimento que demandaban, el cual, a su vez, prefigura el pan de vida eterna que consumiremos en este domingo.

El salmo expresa la acción de gracias por el maravilloso acontecimiento desarrollado en las manos de Dios para con su pueblo. El salmista reconoce la obra divina y canta regocijado por la hermosa obra. Es una expresión adecuada, fervorosa y coherente por tan excelso acontecimiento.

El Apóstol San Pablo nos exhorta a dejar atrás el hombre viejo. Ese mismo que se expresó en los Israelitas. Los cristianos debemos asumir nuestra nueva condición humana renovando nuestra mente y nuestro espíritu. Debemos poner nuestras miradas en aquel, que a diferencia de los israelitas, venció el desierto, pues a ese le pertenecemos. Somos hijos de Dios por su muerte y resurrección, justicia y santidad verdaderas.

En el evangelio volvemos a ver a los judíos corriendo tras Jesús como en el domingo pasado. Pero esta vez Jesús les llama la atención ante las intenciones totalmente inmanentes que llevan sus contemporáneos. No lo buscaban por saciar sus necesidades espirituales, sino, por llenar su vientre. No es que esté mal buscar el alimento terreno, especialmente en medio de la necesidad que tenían estos hombres, lo malo sería que nos limitemos a saciar nuestras necesidades terrenas desdeñando de las espirituales. Por eso Jesús nos exhorta a no enfocarnos sólo en el alimento terreno, sino más bien, a centrar nuestra atención en el alimento de la vida eterna, pues como dijo el Apóstol San Pablo, ya no somos esos hombres viejos que se dejan ganar en el desierto, sino, hombres nuevos en Cristo Jesús que nos ha hecho partícipes de su vida inmortal. Si la eucaristía no está en el centro de nuestras vidas, vano es nuestro recorrido en el mundo, de nada sirve un cristianismo a medias. Vivimos por Cristo, en Cristo y para Cristo, sólo Dios basta… Lo demás es vanidad.

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