Meditación de la palabra dominical – Domingo XIX del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Del primer libro de los reyes 19,4-8

De los Salmos 33,2-3.4-5.6-7.8-9

De la epístola a los Efésios 4,30

Del evangelio de San Juan 6,41-51

Seguimos nutriendonos de las maravillas de la Sagrada eucaristía. Esta vez tenemos al profeta Elías en la primera lectura, que luego de haber predicado fue rotundamente rechazado y amenazado a muerte, cuestión que lo llevó a huir al desierto. El peso de tal consecuencia lo hizo sentir tan desahuciado que deseo la muerte, pues la vida de los profetas no suele ser de color de rosas desde una perspectiva meramente mundana. Pero como bien dice el salmo: «yo consulté al Señor, y me respondió, me libró de todas mis ansias», el Señor escucho el clamor de su justo y le respondió alimentadole con un misterioso pan que le dio la fuerza para seguir caminando por el desierto durante 40 días hasta llegar al monte de Dios. De ahí que en el salmo exprese tanta alegría. Es la respuesta coherente ante la magnificencia de tan inefable alimento. El Señor rescato a su justo otorgándole lo necesario para llegar hacia su objetivo.

Es evidente que nuestras vidas son un peregrinaje. Nos dirijimos hacia la patria celestial pasando por calamidades y situaciones adversas a nuestra fe. En estos días de crisis en los que la secularización se ha introducido en nuestras familias sanguíneas, y hasta en la espiritual, no es extraño sentir tanta tristeza como la sintió Elías.

Ante tales circunstancias el Señor responde diciéndonos que es el pan vivo bajado del cielo. El que coma su carne tendrá vida y no morirá. La Eucaristía es el alimento que no nos puede faltar en nuestro caminar, pues las consecuencias de prescindir de este admirable sacramento terminan en la muerte, pues si es la vida lo que se obtiene al consumirlo, la muerte se consigue al no hacerlo. La Eucaristía no es un elemento más en nuestra vida espiritual, es la sustancia imprescindible para llegar al cielo, pues la inanición del alma es una seguridad si por una indisposición pertinaz el alma no consciente a esta realidad.

Consumir el cuerpo de Cristo significa compromiso. Algunos pensaran que la cosa se queda en el acto de comulgar, pero no… No se trata de ir a misa, comulgar y salir al mundo como si nada. No es casualidad que la Santa Madre Iglesia coloque como segunda lectura al Apóstol San Pablo exhortandonos a llevar una vida virtuosa y a despreciar los vicios para no entristecer al Espíritu Santo. Alimentarse del cuerpo del Señor significa hacerse uno con él. Es ser un Cristo que en medio de su estado vocacional se desgarra el corazón por el Reino de Dios y la salvación de las almas. Por lo tanto, nuestras vidas deben rebosar un carácter moral y espiritual que vaya acorde a la dignidad de este sacramento, pues Elías no hubiese llegado al monte de Dios si se hubiera conformado con saciar la barriga y seguir durmiendo. Pongámonos en camino hermanos, que el camino es largo pero el alimento es bueno y accesible. Demos gracias a Dios.

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