Distinguir la verdad del error

La Iglesia esta viviendo tiempos difíciles. El pensamiento católico se encuentra polarizado en una variedad de ideas desarrolladas a lo largo de unos pocos siglos. Esto ha producido una confusión general perniciosa y horripilante que oscurece en cierto modo el brillo perenne de sus doctrinas y sus dogmas. Pero asi como el sol no puede ser tapado con un solo dedo, las gloriosas enseñanzas que manan de la revelación no se ven ofuscadas del todo. Porque es imposible que el depósito de la fe confiado a la Iglesia se vea tergiversado hasta el punto de olvidarse la santidad de su olor. Nunca han faltado los héroes de la fe que sin miedo a la ignominia le escupen en la cara a los errores y proclaman la Palabra de Dios con integridad a tiempo y a destiempo. No importa que tan confusa se haya visto la Iglesia a lo largo de su historia, siempre ha existido un resto que conserva la Tradición y la promueve entre el pueblo fiel a lo largo de los siglos.

Ahora bien… ¿Comó podemos distinguir la verdad católica del error? San Vicente Lerins nos da unas pautas interesantes:

«Con frecuencia me he interesado con mucho celo y atención, entre un gran numero de personas eminentes por su santidad y su saber, por la siguiente cuestión:  << ¿Existe un método seguro, general por asi decirlo, y constante por medio del cual me sea posible discernir la veradera fe católica de las mentiras de la herejía? >> Y de todos ellos he recibido siempre esta respuesta: <<  que era preciso defender esta fe detrás de una doble muralla, primero la autoridad de la ley divina, y luego la tradición de la Iglesia católica […] En la misma iglesia católica hay que velar cuidadosamente en atenerse a lo que se ha creido en todas partes, siempre y por todos. Puesto que esto es lo verdadera y propiamente católico  […]»

Jesús le encomendó a sus apóstoles guardar sus enseñanzas y difundirlas en el mundo entero para nuestra salvación. Es razonable pensar que estas enseñanzas trascendentales no están sujetas a influencias incendentales  como algunos ‘’católicos’’ predican por ahí. Dios no es un tonto como para confiarles a los hombres la manifestación de si mismo sin su asistencia. Somos frágiles y pecadores, nos dejamos influenciar por cualquier viento que sople y tenemos la capacidad de tergiversar la Palabra de Dios si nos conviene.  Los inventos pseudodoctrinales que han aparecido en nuestros tiempos abarcan todas las esferas del mundo eclesial. Ni siquiera la liturgia se ha salvado de ideas erradas, y puesto que de la liturgia mana la vida de la Iglesia, es razonable que toda la vida se vea afectada por la invasión de errores. El papa emerito Benedicto XVI esta seguro de que la crisis en la Iglesia se debe a una crisis en la liturgia, pero no nos detengamos en esto. La cuestión esta en saber que en medio de tanta confusión hay soluciones para dar con la verdad, y el consejo de San Vicente Lerins es sin duda una precisión para dar en el clavo.
Dios es el mismo ayer, hoy y siempre. Era joven e ignorante de la fe católica cuando estaba convencido de esta premisa y es que no podía creer que la Iglesia pudiera cambiar en su esencia, pues tambien estaba convencido, como lo estoy ahora, de que esta institución es el cuerpo místico de Cristo y no puede ser concebida como una realidad ajena al Creador, sino mas bien, como algo intrínsecamente unido al esposo que es Cristo, y que por lo tanto, la Iglesia es Cristo, pues el cuerpo no puede subsistir sin la cabeza. Entonces sus doctrinas y dogmas de carácter perenne, que forman parte del depósito de la fe, no pueden cambiar. Estas enseñanzas las hemos recibido de Cristo, y el magisterio es el guardian y propagador de este depósito. Lo que siempre se ha creido seguirá siendo valido hasta la consumación de nuestra era y no debemos escuchar a aquellos ‘’hombres de Dios’’ que enseñan cosas diferentes en torno a la moral, la liturgia y los conceptos nucleares de nuestra fe. En las interpretaciones magisteriales de las Sagradas Escrituras, las enseñanzas del Catecismo y la vida de los santos, encontramos lo objetivo de nuestra fe, lo que debemos creer sin prejuicios. Fuera de estos ámbitos descubriremos el error al escuchar la predica de muchos que alegan la necesidad de cambiar el Catecismo, interpretar las Escrituras de una manera diferente, y que por lo general, no conocen la vida de los santos o la tergiversan tendenciosamente para complacer sus corazones retorcidos.

Si el evangelio complace los deseos homosexuales, feministas, abortistas, el sacerdocio femenino, e ideas seculares, no le haga caso a ese evangelio, y crea en lo de siempre.

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