Meditación de la palabra de la Solemnidad de la Asunción de nuestra Señora – Ciclo B

Del libro del Apocalipsis 11, 19a.12, 1-6a. 10ab

Del libro de los salmos 44, l0bc.11-12ab.16

De la primera epístola del Apóstol San Pablo a los Coríntios 15,20-27

Del evangelio de San Lucas 1,39-56

La asunción de la Virgen María a la gloria celeste marca el comienzo de la redención definitiva de los hijos de Dios después de Cristo, el primogénito. En aquel instante, el cuerpo siguió a su cabeza en la entrada hacia la morada eterna ¿Qué hizo que María tuviera el gran privilegio de ser la primera miembro de la Iglesia que goza del cumplimiento total de la promesa? Ciertamente no fue por méritos personales, sino por iniciativa y gratuidad divina; sin embargo, Dios ha exaltado a su sierva concediéndole una honra sin precedentes. Los fragmentos de las Escrituras que escucharemos hoy nos describen ciertos aspectos importantes de María que sin duda la posicionan como la miembro preeminente de la Iglesia sólo detrás de su amado hijo.

María se dirigió a la montaña en la que habitaba su prima Isabel desde que escucho de parte del ángel que está estaba encinta. Puesto que María es la llena de gracia en el sentido literal del término, la moción del Espíritu Santo a la que ella fue dócil la llevó a sentir la necesidad de servirle a su prima ya anciana en su tardío embarazo. Que gran sorpresa ver la reacción del niño en el vientre de Isabel, y la exaltación de ésta al constatar que se encontraba ante el arca de la nueva alianza de la que nos habla el Apóstol San Juan en la primera lectura. Y es que el arca de la nueva alianza no es cualquier cosa… Si el arca de la antigua alianza fue tratada con tanta pomposidad y algarabía por contener las tablas de la ley, la vara de Aaron y el mana, el arca de la nueva alianza (María) contiene en ese momento a la palabra de Dios, el pan vivo bajado del cielo y el sumo sacerdote eterno según el rito de Melquisedec.

Después de que María presencio esta reacción, se lleno del Espíritu Santo y exclamó el famoso magnificat, la oración que recitamos a la hora de Visperas. María se alegra de saber que Dios se ha fijado en su humillación, es decir, en su humildad. María se reconocia como una pequeña criatura ante la magnificencia del Creador. Sabemos que la humildad es una virtud indispensable para ser auténticos cristianos, pues si no le damos a Dios el lugar que le pertenece, estaremos cerrando nuestras puertas al amor verdadero, dándonos un puesto que jamás podremos obtener. En lo siguiente, reconoció que todas las generaciones la felicitarian. Esta evidente profecía se cumple en nosotros cuando nos disponemos a decir: «Ave Maria, gratia plena, Dominus tecum; benedicta tu in mulieribus […]». Las alabanzas marianas glorifican al altísimo que se ha mostrado potente por medio de su criatura.

El Señor enaltece a los humildes. Su asunción ha sido el cumplimiento de estas palabras. La humildad que debemos practicar es sin duda el requisito indispensable para ser llevados al seno del Padre luego de nuestra resurrección. Contemplar a María asunta es la oportunidad de recordar cuál es nuestro compromiso como cristianos, pues ella nos enseña el camino hacia la salvación, nos lleva de la mano hacia Jesús. El misterio acontecido en María será lo que viviremos próximamente. Contemplemos a la mujer de cuya belleza el rey se ha prendado, pues la llevan al cielo con séquito de vírgenes, entre alegría y algazara, y ya va entrando en el palacio real.

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