La «idolatría» a los santos

Muchos cristianos separados de la comunión de la Iglesia Católica nos suelen acusar de idólatras al «adorar» a los santos; seres humanos como tú y como yo, que «según las enseñanzas de la Iglesia se convirtieron semejantes a Cristo hasta el punto de adjudicarle el ser mediadores entre Dios Padre y los hombres contradiciendo las escrituras (Cf. I Tm 2, 5)». Por favor, fíjese en las comillas que utilice en este párrafo, he parafraseado el pensamiento general que proviene de un no católico acusador sobre la materia.

Primero, debemos hacer una distinción escueta entre lo que son el culto de latria, hiperdulia y dulia. La Latria es el culto de adoración que se le tributa exclusivamente a Dios; la hiperdulia es el culto de veneración que se le tributa a la madre de Dios; y la dulia es el culto de veneración dirigido a los santos. Hago hincapié en lo que es la adoración y la veneración.

Primero, la adoración es un culto en que el que nos rendimos totalmente a Dios, reconociendole tal cual es, con todos sus preceptos y decretos. Le confesamos como nuestro creador, director de nuestras vidas y moderador de todo acontecimiento histórico. Su puesto no lo ocupa nadie, porque nadie puede ser creador y criatura a la vez. El culto católico se dirige a la Santísima Trinidad, cuya plenitud reside en Dios hijo, y es impulsado por Dios Espíritu Santo, para terminar en Dios Padre. La oración litúrgica de la Iglesia siempre ha tenido este orden en su dirección.

Luego, la veneración es una expresión de reconocimiento, respeto y alabanza dirigida hacia aquellos que se dejaron llenar por el Espíritu Santo, y cuyas vidas fueron una expresión de la irrupción del Reino de Dios en la tierra; y por así decirlo, continuidad del evangelio. Es importante tener en cuenta que los santos no tienen méritos propios, sino que son de Cristo, pues una persona no puede adjudicarse mérito alguno en donde su vida es una imitación en el pensamiento, palabra y acto de aquel en quien reside la originalidad.

Ser discípulos de Cristo significa imitarle en todos los aspectos. Esto, por supuesto, no significa reproducir literalmente la vida terrena de nuestro Señor en la nuestra, pues todos los cristianos hemos vivido períodos históricos diferentes y realidades sociales concretas que se adecuan a un estado de vida particular. Ser discípulo de Cristo significa acoger su pensamiento, palabras y obras y llevarlas a la práctica a partir de la particularidad de nuestras vidas. Es respirar el evangelio y expirar el Reino de Dios.

Tomando en cuenta esto podemos ver que los santos son auténticos discípulos de Jesucristo, dignos de imitación y respeto. El mismo Apóstol San Pablo exhorta a sus discípulos a imitarle: » Sean imitadores de mí, como también lo soy de Cristo» (I Cor 11, 1). Este es el detalle dorado, que al imitar a los santos estamos imitando a Cristo, cuya vida se manifiesta magníficamente en la vida de sus discípulos más fieles; por lo tanto, el respeto, admiración y alabanzas tributadas a los santos se dirigen en último término a Cristo, el portador de todos los méritos admirados por nosotros en la tierra. En dado caso, los santos se convierten en medios para adorar a Dios, en puentes para llegar a él. El culto de veneración no termina en los santos, sino que se convierte en culto de adoración a Dios, pues lo que estamos reconociendo e imitando es a Cristo Jesús que se manifiesta en la vida de estos hombres y mujeres que se dejan transformar por él ¿No sería a esto a lo que se refería el Apóstol San Pablo cuando decia: «no vivo yo, sino Cristo que vive en mi»? En efecto, despojarnos del hombre viejo para asumir el hombre nuevo no significa otra cosa que ser otros Cristos. El hombre viejo, inmanente y antropocentrico; idolatra y perdido; que no lleva a Dios en el corazón y es un hueco (cadáver viviente) es el hombre que se consume con todas sus rapiñas y maledicencias en el fuego del Espíritu Santo; y así, una vez despojado de lo antiguo, resucita a la vida nueva, a la creación nueva cuyo primogénito es Jesús, el nuevo y definitivo Adán.

El culto a los santos se remonta a los tiempos de las persecuciones romanas. Los mártires (testigos lit.) fueron los primeros cristianos en recibir el culto de dulia. Sus testimonios feroces hasta la sangre de su amor por Cristo encendía los corazones de nuestros antepasados y los llevaban a sentir admiración y respeto por las relíquias de sus hermanos martirizados. Las relíquias son pertenencias personales que de una manera análoga a una foto nos recuerdan a su poseedor. Fíjese que nadie besa una foto por considerarla como la persona per se, sino que ese gesto se dirige hacia esa persona representada. Los primeros cristianos se desarrollaron en el Imperio romano. Ellos sabían que la única forma de dirigirse al emperador era a través de intermediarios; por lo tanto, fueron adoptando esta visión hacia sus expresiones de fe, de tal manera que empezaron a considerar a Cristo como emperador de todo el universo, consideración expresada en el famoso icono del «Cristo pantocrator», y los mártires eran los «delegados» para llegar a él con facilidad.

¿Suena absurdo servirse de intermediarios humanos para llegar a un Dios que se hizo hombre y vive tan cerca de nosotros? No… Lo cierto es que la aversión al culto de dulia es análoga a la aversión a Dios. Desconocer a los santos es desconocer a Cristo que se hace presente por medio de ellos en medio de nuestro mundo actual. No tributarles el culto de veneración es detrimentar el culto de latria debido a Dios, pues no podemos separar la realidad de los méritos de Cristo en sus vidas y la ausencia de mérito personal. Rehusarse pertinazmente a venerar a la Santísima Virgen y a los demás santos es en cierto modo despreciar a Dios, pues se trataría de un desprecio al cuerpo místico de Cristo y por ende a toda su persona.

Ningún católico deberia sentir prejuicios (los he conocido), pues evidentemente estos estarían influenciados por ideas protestantes que lamentablemente se encuentran dentro de la Iglesia ¿No hacemos actos de veneración al elogiar a un deportista, un artista o al líder de un estado?, ¿al elogiar a un hermano, padre, madre o abuelos?

Por eso es importante que el católico sepa distinguir entre el culto de latria, hiperdulia y dulia, pues la devoción a los santos enriquece nuestras vidas de fe y glorifican a Dios. Creo que hacemos mejor honra a la «Sola Deo Gloriam» de lo que lo hacen los protestantes. Espero haber sido bastante claro en esta exposición para la mayor gloria de Dios.

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