Escoger a Dios a pesar de la crisis

Meditación de la palabra dominical – Domingo XXI del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Del libro de Josue 24,1-2a.15-17.18b

Del libro de los salmos 33,2-3.16-17.18-19.20-21.22-23

De la epístola del Apóstol San Pablo a los Efésios 5,21-32

Del evangelio de San Juan 6,60-69

Algo que ocurre con mucha frecuencia, es que cuando un predicador expone la doctrina santa y moral de la Iglesia, nuestros oyentes contemporáneos responden perplejos, o como es más frecuente, lo hacen con la indiferencia.

Cuando Jesús terminó de instruir a sus oyentes sobre la necesidad de comer su carne, y sobre la realidad de su presencia en este Sacramento, un segmento de la población acogió con desprecio y extrañeza aquellas palabras de Jesús. No es ilógico que hayan respondido así, pues a lo que Jesús los exhortaba era a comer su carne y beber su sangre, que entendido de la forma carnal, podría interpretarse como un acto de canibalismo, muy frecuente en algunas tribus y pueblos paganos de la época, así lo interpretaron sus oyentes, aunque no todos. Como es lógico en esto, la interpretación carnal no es la correcta, pues el expositor no es nada más ni nada menos que un hombre que pudo manifestar su realidad divina con palabras y obras, bien acreditado como para pensar que era un falso profeta de los que aparecían de vez en cuando.

Ahora bien, ante la apostasía de aquellos que acogieron carnalmente las palabras de Jesús, ¿qué tentación pudieron tener los apóstoles?

En estos tiempos de confusión religiosa, en la que muchos relajan el evangelio para volverlo una cosa «light», y enseñan cosas contrarias al magisterio de siempre, muchos cristianos se sientes desorientados y no saben en donde meter la cabeza; sin embargo, la actitud de los apóstoles, expresada magistralmente en los Israelitas de la primera lectura, es la actitud clave que debemos de adoptar en estos días para no perder la orientación en nuestro espacio terreno.

Cuando Josué puso a los Israelitas a escoger entre los dioses paganos y el Dios que se les ha revelado en su historia, los Israelitas respondieron a modo de antífona: «[El Señor] es nuestro Dios». Esta consigna se encuentra rodeando una exclamación en la que el pueblo reconoce las manifestaciones divinas en su existencia inmanente, recordando los prodigios portentosos obrados por Dios, su amor y fidelidad para con ellos, y su protección constante. Es una respuesta interesante y justa, pues ante tantas tinieblas, reconocer la presencia de Dios en nuestra historia, a favor nuestro, es una expresión de fe que nos protege de abandonar el barco de salvación y seguir confiando en nuestro Dios.

Cuando los contemporáneos de Jesús se fueron a seguir a otros dioses, Jesús le preguntó a sus más cercanos discípulos: «¿También ustedes se quieren marchar?» A lo que estos respondieron en boca de Pedro, príncipe de los apóstoles: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios», a lo que es análogo decir: «¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros! El Señor es nuestro Dios». Los apóstoles no pudieron ignorar lo que Jesús había realizado en su ministerio itinerante, y reconociendo el despliegue del brazo poderoso de Dios en la vida de Jesús, pudieron expresar su fe en él en aquel momento de apostasía.

A los cristianos nos toca reconocer lo grande que ha estado el Señor con su Iglesia a lo largo de estos dos milenios, y conservar la fe, pues sólo así podremos mantener la cabeza en alto con el optimismo propio de los hijos de Dios, los cuales se someten a Dios conforme a la exhortación del Apóstol San Pablo: «Las mujeres, que se sometan a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer […]» y esto lo refiere al misterio de la Iglesia y Cristo.

La Iglesia nunca será abandonada, pues: «Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo».

Así que mantengámonos firmes en la fe y sigamos corriendo la carrera que nos toca, pues nuestro Dios continúa y continuara con nosotros librandonos de la esclavitud de Egipto, y protegiendonos entre todos los pueblos por los que crucemos.

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