La humildad ante todo

Meditación de la palabra dominical – Domingo XXV del Tiempo Ordinario – Ciclo B

¿Por qué Jesús nos dice que acoger a un niño es acogerlo a él?

Porqué los niños son humildes, sencillos, amables, alegres y apasionados por los padres. Los niños andan despreocupados por el mundo, jugando y riendo, porque se saben protegidos y amados por sus padres ¿Quién de nosotros no vio con admiración a papá o mamá?

Contrario a lo que discutían los apóstoles, sobre quien era el más importante entre ellos, Jesús nos vuelve a recordar lo necesario que es la humildad para ser verdaderamente importantes. A los ojos de Dios no vale ninguna posición humana y mundana, sino más bien la apertura de un corazón que muere por él. La soberbia, contraria a la humildad es fuente de innumerables pecados que desestabilizan nuestra convivencia y vida de fe. De las pasiones desordenadas que arrastran al hombre a imponerse como el más grande nacen las contiendas que actualmente se desarrollan en la Iglesia. La soberbia es una realidad palpable que infecta todos los rincones del pueblo de Dios. Dios se resiste a los soberbios, y de ahí que el Apóstol Santiago diga: “No tenéis, porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pe­dís mal, para dar satisfacción a vuestras pasiones.”

Por eso es necesario volver a nacer, dejando atrás el hombre viejo con sus maledicencias y asumiendo el hombre nuevo con corazón de niño, pues sin la mirada infantil propia de un hijo que se arroja a los brazos de su padre sin vacilar, es imposible agradarle a Dios.

Ahora bien, el hecho de que volvamos a ser niños no implica de ninguna manera que seremos libres de las contrariedades de esta vida, especialmente las que nos vienen por la fe. Pues si Jesús siendo el hijo amado del Padre aprendió sufriendo, a nosotros que somos sus discípulos nos tocara sufrir por igual. La primera lectura nos describe la abominable visión que tienen de nosotros nuestros enemigos, a saber la concupiscencia, el mundo (en su perspectiva contraria a la voluntad de Dios) y el Diablo. No dejaran de hostigarnos hasta que dejemos estos cuerpos mortales, y el Diablo al menos, que es espíritu, no se cansa ni dejará de intentar atraparnos para devorarnos como león voraz. No podemos ser unos cristianos ingenuos, sino soldados de Cristo que cargan valientemente su cruz avanzando por el campo de batalla hasta alcanzar la corona prometida. De ahí que tengamos que gritarle a Dios este salmo o con palabras parecidas:

“Oh Dios, sálvame por tu nombre,
sal por mí con tu poder.
Oh Dios, escucha mi súplica,
atiende a mis palabras.

Porque unos insolentes se alzan contra mí,
y hombres violentos me persiguen a muerte,
sin tener presente a Dios.

Pero Dios es mi auxilio,
el Señor sostiene mi vida.
Te ofreceré un sacrificio voluntario,
dando gracias a tu nombre, que es bueno.”

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