La sociedad en la que vivimos

Es evidente que la sociedad en la que vivimos hoy en día es de todo menos religiosa, al menos no una religiosidad ordenada. En la mayor parte de las ocasiones, la religión parece ser una respuesta hacia la realidad de lo trascendental, nada mas. Una creencia para calmar la consciencia ante la evidente realidad del teismo y un estilo de vida contrario a la voluntad de la deidad.

La sociedad occidental, cuyas raices son católicas, reniegan cada vez mas de su origen trascendental. Se entregan a una nueva realidad pagana en donde el dios hedonista toma preponderancia como respuesta a los deseos desordenados e insaciables del hombre que desdeña de someterse a la dulce voluntad divina del Dios revelado en Jesucristo. Ciertamente, resulta apetitosa la manzana, es un manjar suculento que lleva consigo la falacia de la maldad, el amigo entrañable que trama un acto violento contra nosotros. Pobres somos los hombres que nos dejamos engañar con tanta facilidad.

Nuestros contemporáneos se preocupan por un porvenir financiero sin trabajo para disfrutar los bienes temporales desmedidamente. Nuestros jovenes sueñan con este estilo de vida que incluye fornicaciones descontroladas, promiscuidad sin penas de consciencia, y una pereza que consiga todos los bienes sin mover un solo dedo. Se emborrachan de películas y series como Game of Thrones, que de forma repugnante reunia a las familias los domingos para esperar con comidas, decoraciones y “recta disposición” para ver el nuevo capítulo que lanzaban en el dies Domini (Día del Señor), y luego hacer “spoiler” de lo vivido y compartirlo con los demás. El “Ite, missa est” de la cultura neopagana.

Los cristianos nos encontramos con un gran problema, pues tenemos la responsabilidad de predicar la nueva condición humana asumida en Cristo. Pero la cultura hedonista, secular e indiferente a la religión resultan ser un gran obstáculo para la salvación de las almas de nuestros relativos. La Iglesia nunca habia experimentado una situación igual. El occidente siempre ha sido una región del mundo caracterizada por ser religiosa, es decir, el ateísmo era algo extraño, por no decir inexistente. En estos tiempos, el ateísmo no se caracteriza por ser militante, sino, practicante. Se trata de personas que creen en la existencia de Dios pero viven como si no existiera. Si Dios no existe, todo esta permitido. Se vive creyendo en Dios, pero en los actos se expresa un desenfreno que no se sujeta a la pedagogía divina.

Los cristianos que tratan de ser coherentes con su fe, resultan ser unos fanáticos religiosos ante los ojos secularizados de los demás. El ejemplo no parece arrastrar, como decia san Agustín de Hipona, sino mas bien, ahuyentar. A veces parece como si nadie quisiera experimentar lo bueno que es el Señor, y cuando se descubren las exigencias del evangelio, se dice: “te escucharemos en otra ocasión”.

Pues esta es la sociedad en la que nos ha tocado vivir. ¿Qué debemos hacer como cristianos? Pues lo mismo de siempre, ser santos. Porque la santidad es irresistible para los corazones turbulentos de los hombres. “Nos has creado para estar contigo, y nuestros corazones no descansan hasta encontrarse contigo”. Esforzémonos por colaborar con el Espíritu Santo para reformarnos a nosotros mismos, asi podremos empezar a recapitular nuestra sociedad en Cristo sin olvidar que nosotros mismos venimos dañados de nuestra casa ¡Adelante! Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat.

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