Cuidado con la soberbia intelectual

Ocurre con frecuencia que un católico bien formado y sediento de seguir aprendiendo las maravillas doctrinales y dogmáticas que manan del evangelio, se expone a un peligro que ocurre con no poca frecuencia, se trata de la soberbia intelectual, una soberbia que se va alimentando a medida que se avanza en el estudio y se va expresando lo aprendido sin las intenciones rectas que debería conllevar.

Yo mismo he podido experimentar el terror de esta soberbia. Nos lleva a entrar en discusiones teológicas o espirituales que no tienen un buen fin. Se trata de exponer los conocimientos con la intención de dar una imagen intelectual de la propia persona, cosa que a su vez, alimenta la vanidad que hay en el corazón de cada hombre que se jacta de ser sabio.

La soberbia intelectual es un enemigo silencioso. A veces inconscientemente se dicen las cosas por pura soberbia, y se cree que se hacen con el buen fin de instruir al hermano, pero lo cierto es que de esto se espera un reconocimiento, una pequeña alabanza que alimente el sentimiento de superioridad y autosuficiencia, y la evidencia más clara de esto está en sentirse desahuciado cuando no se reciben los lores esperados, o cuando se pierde la ecuanimidad porque el otro le lleva la contraria en la tesis tratada.

El estudio es un instrumento para ser santos. Es el medio en el cual profundizamos nuestra fe a partir de una contemplación activa. Conocer nuestra fe es amarla cada vez más, y es mover la voluntad a vivirla con más fervor, aplicando en la propia vida lo aprendido en los libros y artículos digitales para ser mejores cristianos y mostrar el rostro brillante de Cristo. Si sólo se trata de saber más por saber, o para entrar en discusiones doctrinales que no llevan a nada, entonces el arma se está utilizando mal, y más valdría ser un ignorante sencillo que un opulento intelectual que alimenta sus pecados capitales y se encamina lentamente a la perdición.

Es un remedio importante mantener la boca cerrada, y sólo abrirla para edificar, tal y como se nos recomienda en las Sagradas Escrituras y en los escritos de muchos santos sabios. No se trata de cerrarla cuando es necesario hablar, sino de utilizar la misma inteligencia para saber cuando hablar, sobre que hablar, y de que manera decirlo. Así evitaremos utilizar lo estudiado para verborrear sin ningún fin, especialmente en aquellos momentos en los que el corazón está entregado a la pasión proselitista. He inducido a mi propia persona a reflexionar profundamente en torno a esto, pues ciertamente hay que estar vigilantes ante este poderoso enemigo, pues de lo contrario, lo aprendido será paja que se la lleva el viento. Y si fuera así, que Dios nos agarre confesados.

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