«Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne.»

Meditación de la palabra dominical – Domingo XXVII del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Mi meditación ha girado en torno al Sacramento del Matrimonio. Primero dejemos clara una distinción, pues los laicos católicos que se casan deberían saberlo bastante bien, pero no se da el caso en la mayoria.

El Matrimonio es un Sacramento en el que un hombre y una mujer entrelazan toda su vida con un lazo misterioso que mantiene Dios, fundamento de esa unión carnal y espiritual. Nuestras sociedades le llaman “Matrimonio” a las uniones civiles y no, esto no es Matrimonio. El Matrimonio es un Sacramento instituido por la Iglesia en donde un hombre y una mujer se unen bajo consciencia libre y consentimiento deliberado teniendo como testigo (de ordinario) a un Ministro de la Iglesia que representa al Pueblo de Dios. Las uniones civiles no tienen estas características, y por lo tanto, no son Matrimonio.

Entonces este Sacramento es uno de los dos dispuestos (el otro es el Sacramento del Orden) al servicio de la Comunidad. Es la Institución en donde un hombre y una mujer se entregan completamente al uno por el otro y se abren a la procreación y crianza de la prole. La belleza del Matrimonio es tan grande que ha merecido ser uno de los siete sacramentos de la Santa Iglesia Católica, pues la unión no se queda en lo meramente carnal, sino que entraña también una dimensión espiritual en donde Cristo es la piedra angular y tiene su orden en reflejar el amor de Cristo y su Iglesia, y así, procurar la santificación de la sociedad a partir de la santificación de los cónyuges y los hijos en la institución llamada “familia”, que es a su vez el núcleo de la sociedad.

En la Liturgia recitamos: “El hombre se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.” Una sola carne, una sola moción. El esposo no puede vivir independientemente de su esposa, y la esposa no puede vivir al margen de su esposo, son dos entes que han dejado lo individual para conformar el binomio que comprende una estructura misteriosa fundamentada en Dios. Es importante que los cónyuges sean conscientes de esta unión incomprensible para la mente humana, que el Apóstol San Pablo compara con la unión de Cristo y su Iglesia, una unión inexplicable para la razón. De ahí que el sacramento se dispone para la santificación de los cónyuges, ambos deben ayudarse a mejorar como cristianos, a alcanzar la cumbre de su vocación que es la santidad, pues si han decidido meter a Dios en su unión es porque han querido tomarse en serio su más alta vocación en la vida. Esta es una gran diferencia entre el Sacramento y las uniones civiles, pues esta última se trata de un mero papeleo ordenado en legalizar a una pareja en el estado, y así obtener ciertos derechos civiles. No detrimento los sentimientos y actos de amor que se puedan expresar entre estas parejas, para que nadie me mal interprete.

Por otro lado, el Matrimonio debe estar siempre abierto a la vida. Por eso el concepto de castidad no es ajeno a este estado. La castidad matrimonial está gravemente afectada hoy en día, pues son muchos los cónyuges que recurren a métodos anticonceptivos farmacológicos y quirúrgicos para evitar “responsablemente” la gestación. La Iglesia los reprueba, pues cerrarse a la vida es negar en cierto modo el poder creativo que Dios le ha conferido a los esposos, todo por obtener un placer desligado de la posibilidad de tener hijos. La voluntad de Dios es que el hombre se multiplique, y que los hijos sean educados en Cristo, para que así el Reino de Dios crezca y se propague en todos los rincones del mundo. Negarse a la vida solo les complace a los demonios que le tienen envidia a los hombres por tener la capacidad de imitar en cierto modo el maravilloso poder de Dios que es crear. Sólo el método billings no lesiona la castidad en el Matrimonio. Puede obtener información sobre este método en Google.

Por último, esta el carácter de indisolubilidad. Cada vez es más frecuente ver a católicos casados que hablan del divorcio. Hablar de indisolubilidad es sencillamente algo ridículo, pues el hombre no tiene poder para separar lo que Dios unio. Ni el hombre, ni la Iglesia. Por eso no puede caber en la mente de un católico que esto pueda pasar. El que se casa por la Iglesia (como se dice popularmente) se coloca un candado que solo se abre con la muerte, nada más ¿Cabe pensar que pueda haber un divorcio entre Cristo y su Iglesia? ¡Imposible! Y si el Matrimonio es reflejo de la unión entre Cristo y su Iglesia es una insensatez pensar en esa posibilidad que si existe en las uniones civiles, pues al fin y al cabo, no son matrimonios. Es indignante y lamentable escuchar a unos cónyuges proponerse tal abominación. Es evidente la ignorancia de tan enorme compromiso recibido con el “si” de aquel día entre sonrisas y familiares.

De otras muchas cosas falta por escribir sobre el matrimonio, pero lo dejaré para otros artículos, pues este ya se ha hecho más largo de lo que hubiera deseado.

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