La verdadera felicidad es Cristo

Meditación de la palabra dominical – Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario – Ciclo B

En el evangelio hemos podido ver a un joven que se acerca a Jesús a toda prisa buscando lo que todos buscamos, la felicidad. Dentro de todos los corazones humanos no falta el anhelo de la satisfacción plena y el disfrute constante de la existencia en todas sus potencias. Este joven somos todos nosotros.

El hombre nunca ha podido encontrar la felicidad total en las cosas de este mundo. Tanto los ricos como los pobres siguen buscando saciar sus necesidades sin que ningún bien material ocupe el lugar que solo le compete a Dios. En efecto, dice San Agustín que nuestros corazones no estarán tranquilos hasta que se encuentren con él, y ahí está la respuesta que le da Jesús al joven: “ven y sígueme”. No ha bastado con que el joven guarde la ley adecuadamente, ni tampoco con que venda todo lo que tiene y de lo otro a los pobres, sino que ha sido necesario seguir a Jesús para saciar el corazón de sus misteriosos deseos imparables. Ciertamente, aquellos elementos son medios necesarios para poder seguir a Jesús, pues de lo contrario, si son fines en sí mismos, entonces nos impedirían la unión plena con Dios. Por eso el joven, o más bien, nosotros nos retiramos tristes de la presencia de Dios cuando caemos en cuenta que es necesario seguirle radicalmente, pues nos resulta insoportable separarnos de nuestros bienes materiales, de nuestras malas costumbres y de nuestras relaciones afectivas desordenadas para con las demás criaturas, incluida la familia terrena.

¡Que falta de fe no confiar en esta palabra! Fijémonos cómo en la primera lectura la sabiduría es estimada con un valor más alto que todo lo demás, ¿y qué es la sabiduría sino una de las perfecciones de Dios? A veces la sabiduría es personificada, y obviamente equiparada con Cristo, la sabiduría misma. “La preferí a cetros y tronos, y, en su comparación, tuve en nada la riqueza. No le equiparé la piedra más preciosa, porque todo el oro, a su lado, es un poco de arena, y, junto a ella, la plata vale lo que el barro. La quise más que la salud y la belleza, y me propuse tenerla por luz, porque su resplandor no tiene ocaso. Con ella me vinieron todos los bienes juntos, en sus manos había riquezas incontables.”

La Summa Theologiae del insigne hermano Santo Tomás de Aquino es considerada la obra de Teología más importante de la edad Media, y quizá la más importante de todas las obras teológicas existentes. Es una obra deseada y frecuentemente citada por su riqueza ortodóxica y doctrinal que le hicieron merecer el título de “Doctor Angélico” o “el más santo de los sabios y el más sabio de los santos”; sin embargo, Santo Tomás no pudo culminar su brillante obra porque tuvo un evento místico que lo hizo desistir de seguir escribiendo, pues la consideró “paja”. No podía seguir escribiendo una obra tan pequeña después de haber visto aquella cuestión desconocida que fue tan dulce y maravillosa que no se puede comparar con nada de este mundo.

Por eso no podemos seguir engañándonos a nosotros mismos, que luego de haber escuchado esta maravillosa palabra volvemos a sumergirnos en la búsqueda de la felicidad en este mundo, cuando ya hemos visto que eso sólo es posible en Cristo Jesús, plenitud del hombre. Por eso debemos procurar buscar el Reino de Dios y estimar lo demás en paja, pues los santos han sido los hombres que verdaramente han podido alcanzar la felicidad plena. En efecto, “Todo lo estimó en nada en comparación con el excelentísimo conocimiento de nuestro Señor Jesucristo” dirá San Pablo.

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