Si el camino de Cristo es difícil, es el bueno.

Meditación de la palabra dominical – Domingo XIX del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Como discípulos de Cristo estamos obligados a imitar a nuestro maestro en nuestros actuales estados de vida y contextos socio – culturales. Pues bien, hoy Jesús nos dice algo que va en contra de nuestra común soberbia: «el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos.»

El buen cristiano es aquel que ama, no como lo hace el mundo, sino como ama Dios que es el verdadero amor. Las enseñanzas morales de la Iglesia, que chocan muchas veces con los estereotipos morales mundanos, son el verdadero camino del amor. No resulta fácil amar como Dios manda, pues los daños acarreados en nuestro interior por culpa de los pecados modelados por nuestras circunstancias históricas actuales, son un obstáculo formidable; sin embargo se nos invita a acercarnos al trono de la gracia, pues en él encontraremos los medios que nos auxilien oportunamente. No es razonable decir que es imposible amar hasta la esclavitud y servidumbre para con los demás, pues tenemos un sumo sacerdote capaz de compadecerse de nuestras debilidades, que ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado.

Y es que debemos amar hasta que nos duela dirá Santa Teresa de Calcuta, pues por amor nuestro Señor fue triturado con el sufrimiento; y esa es la copa que tenemos que beber, y el bautismo que debemos recibir. Emprender el camino de un auténtico cristianismo significa combatir cada día contra nuestras comodidades y seguridades en aras a entregarnos a nuestro prójimo en el servicio requerido. Un cristianismo fácil, cómodo y pacífico es señal de una fe mal vivida. Lo contrario en el verdadero cristianismo son las tribulaciones, desprecios y desalientos mezclados con la prosperidad espiritual y el gozo de encontrarse con Dios en la eternidad.

Al final los apóstoles bebieron de aquella copa, a pesar de que al principio expresaban un peregrinaje diferente al del maestro. Quizá nosotros también estamos caminando mal, y sería bueno preguntarnos si estamos viviendo nuestra fe correctamente, pues sólo así nos dejaremos llevar por el Espíritu Santo hacia aquel trono de gracia en el que recibiremos los necesarios consuelos para superar las tribulaciones de cada día. Confiemos en nuestro sumo sacerdote, que es hombre y Dios; y no es ignorante de nuestras realidades particulares.

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