Si el camino de Cristo es difícil, es el bueno.

Meditación de la palabra dominical – Domingo XIX del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Como discípulos de Cristo estamos obligados a imitar a nuestro maestro en nuestros actuales estados de vida y contextos socio – culturales. Pues bien, hoy Jesús nos dice algo que va en contra de nuestra común soberbia: “el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos.”

El buen cristiano es aquel que ama, no como lo hace el mundo, sino como ama Dios que es el verdadero amor. Las enseñanzas morales de la Iglesia, que chocan muchas veces con los estereotipos morales mundanos, son el verdadero camino del amor. No resulta fácil amar como Dios manda, pues los daños acarreados en nuestro interior por culpa de los pecados modelados por nuestras circunstancias históricas actuales, son un obstáculo formidable; sin embargo se nos invita a acercarnos al trono de la gracia, pues en él encontraremos los medios que nos auxilien oportunamente. No es razonable decir que es imposible amar hasta la esclavitud y servidumbre para con los demás, pues tenemos un sumo sacerdote capaz de compadecerse de nuestras debilidades, que ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado.

Y es que debemos amar hasta que nos duela dirá Santa Teresa de Calcuta, pues por amor nuestro Señor fue triturado con el sufrimiento; y esa es la copa que tenemos que beber, y el bautismo que debemos recibir. Emprender el camino de un auténtico cristianismo significa combatir cada día contra nuestras comodidades y seguridades en aras a entregarnos a nuestro prójimo en el servicio requerido. Un cristianismo fácil, cómodo y pacífico es señal de una fe mal vivida. Lo contrario en el verdadero cristianismo son las tribulaciones, desprecios y desalientos mezclados con la prosperidad espiritual y el gozo de encontrarse con Dios en la eternidad.

Al final los apóstoles bebieron de aquella copa, a pesar de que al principio expresaban un peregrinaje diferente al del maestro. Quizá nosotros también estamos caminando mal, y sería bueno preguntarnos si estamos viviendo nuestra fe correctamente, pues sólo así nos dejaremos llevar por el Espíritu Santo hacia aquel trono de gracia en el que recibiremos los necesarios consuelos para superar las tribulaciones de cada día. Confiemos en nuestro sumo sacerdote, que es hombre y Dios; y no es ignorante de nuestras realidades particulares.

La verdadera felicidad es Cristo

Meditación de la palabra dominical – Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario – Ciclo B

En el evangelio hemos podido ver a un joven que se acerca a Jesús a toda prisa buscando lo que todos buscamos, la felicidad. Dentro de todos los corazones humanos no falta el anhelo de la satisfacción plena y el disfrute constante de la existencia en todas sus potencias. Este joven somos todos nosotros.

El hombre nunca ha podido encontrar la felicidad total en las cosas de este mundo. Tanto los ricos como los pobres siguen buscando saciar sus necesidades sin que ningún bien material ocupe el lugar que solo le compete a Dios. En efecto, dice San Agustín que nuestros corazones no estarán tranquilos hasta que se encuentren con él, y ahí está la respuesta que le da Jesús al joven: “ven y sígueme”. No ha bastado con que el joven guarde la ley adecuadamente, ni tampoco con que venda todo lo que tiene y de lo otro a los pobres, sino que ha sido necesario seguir a Jesús para saciar el corazón de sus misteriosos deseos imparables. Ciertamente, aquellos elementos son medios necesarios para poder seguir a Jesús, pues de lo contrario, si son fines en sí mismos, entonces nos impedirían la unión plena con Dios. Por eso el joven, o más bien, nosotros nos retiramos tristes de la presencia de Dios cuando caemos en cuenta que es necesario seguirle radicalmente, pues nos resulta insoportable separarnos de nuestros bienes materiales, de nuestras malas costumbres y de nuestras relaciones afectivas desordenadas para con las demás criaturas, incluida la familia terrena.

¡Que falta de fe no confiar en esta palabra! Fijémonos cómo en la primera lectura la sabiduría es estimada con un valor más alto que todo lo demás, ¿y qué es la sabiduría sino una de las perfecciones de Dios? A veces la sabiduría es personificada, y obviamente equiparada con Cristo, la sabiduría misma. “La preferí a cetros y tronos, y, en su comparación, tuve en nada la riqueza. No le equiparé la piedra más preciosa, porque todo el oro, a su lado, es un poco de arena, y, junto a ella, la plata vale lo que el barro. La quise más que la salud y la belleza, y me propuse tenerla por luz, porque su resplandor no tiene ocaso. Con ella me vinieron todos los bienes juntos, en sus manos había riquezas incontables.”

La Summa Theologiae del insigne hermano Santo Tomás de Aquino es considerada la obra de Teología más importante de la edad Media, y quizá la más importante de todas las obras teológicas existentes. Es una obra deseada y frecuentemente citada por su riqueza ortodóxica y doctrinal que le hicieron merecer el título de “Doctor Angélico” o “el más santo de los sabios y el más sabio de los santos”; sin embargo, Santo Tomás no pudo culminar su brillante obra porque tuvo un evento místico que lo hizo desistir de seguir escribiendo, pues la consideró “paja”. No podía seguir escribiendo una obra tan pequeña después de haber visto aquella cuestión desconocida que fue tan dulce y maravillosa que no se puede comparar con nada de este mundo.

Por eso no podemos seguir engañándonos a nosotros mismos, que luego de haber escuchado esta maravillosa palabra volvemos a sumergirnos en la búsqueda de la felicidad en este mundo, cuando ya hemos visto que eso sólo es posible en Cristo Jesús, plenitud del hombre. Por eso debemos procurar buscar el Reino de Dios y estimar lo demás en paja, pues los santos han sido los hombres que verdaramente han podido alcanzar la felicidad plena. En efecto, “Todo lo estimó en nada en comparación con el excelentísimo conocimiento de nuestro Señor Jesucristo” dirá San Pablo.

Los templos y nuestra fe

La arquitectura diseñada para la construcción de los templos son parte de la producción artística de nuestra Iglesia, y el arte cristiano es una forma muy importante y común de expresar nuestra fe. Los elementos visuales siempre se han mostrado útiles para estimular nuestro interior trascendental y suscitar en nosotros una mirada contemplativa de las cosas de Dios, de tal manera que se convierten en un espacio de verdadero encuentro con el Señor.

Cuando entramos a un templo majestuoso de arquitectura gótica o bárroca, y nos fijamos en sus altas cúpulas, capillas laterales ornamentadas maravillosamente, y un retablo deslumbrante de las maravillas del evangelio, es imposible responder a todo aquello con la indiferencia. Incluso en los ateos he podido constatar una deslumbrante mirada que traiciona su ateísmo y los inclina, aunque sea por milésimas de segundos, a Dios.

Hoy en día es común escuchar dentro de la Iglesia que estas cosas son elementos superficiales. Se predica una pobreza material que arrastra también en sí el afán de empobrecer las expresiones espirituales convencionales. Y ciertamente la pobreza material ha sido una condicionante apreciada por la Iglesia de siempre, pero el problema es que aquello se ha confundido también con una supuesta necesidad de desnudarnos incluso de aquello que nos favorece en la fe, de elementos del culto y de la religión católica que han servido de trampolín para la vida espiritual de los católicos de todos los tiempos.

Ahora resulta ser que los templos son casitas sencillas, sin cúpulas y sin retablos. A penas hay arte sacro que valga la pena. Los presbiterios están empobrecidos y los altares los he visto como un bloque de piedra colocada como sea.

Algunos alegaran que esto es la expresión de una Iglesia humilde y empobrecida; propia de los primeros siglos y preocupada por la salvación de las almas antes que por lo material. Si fuera en lugares verdaderamente pobres me lo creería. Pero a mí en lo personal me resulta muy incoherente pensar que en las pobres sociedades pasadas se tenía más fuerza económica que en las modernas y prósperas sociedades actuales. Es cierto que antes la Iglesia recibía el apoyo del Estado, y que actualmente este apoyo es deficiente o inexistente; sin embargo, la potencia económica de los actuales miembros de la Iglesia es mayor que la de nuestros amados antepasados. Entonces el problema no es el dinero, el problema es la fe.

Si la arquitectura de los templos es una forma de expresar nuestra fe, entonces lo que ocurre actualmente es que hay una crisis de fe que se expresa con la construcción de casitas para celebrar el culto, y la negativa a gastar más en las cosas de Dios. Pues si tenemos fuerzas para construir grandes edificios de inversión privada, colocar aires acondicionados y pagar altas tarifas eléctricas, también la tenemos para construir templos majestuosos que eleven nuestros corazones hacia la contemplación de las cosas santas. Pero esta fuerza la malgastamos en otros asuntos.

La arquitectura y la ornamentación de los templos no son elementos superficiales, tampoco primordiales. Pero tienen la importancia necesaria para merecer la atención constante de todos nosotros, pues nadie podría decir que da lo mismo entrar a una casita que a un verdadero templo católico. Lo secundario es enormemente útil para conseguir lo esencial.

Mis intenciones son estimular a una reflexión profunda en torno estas expresiones artísticas y su relación con nuestra fe, así podremos valorar la belleza de nuestros antiguos templos y con el simple recuerdo de alguno que hayamos visitado, podremos contemplar las maravillas de Dios. Y si tuviéramos la oportunidad de aportar un grano de arena en la construcción de los nuevos templos (ya que cada vez se hace frecuente el apoyo de los laicos) procuremos expresar nuestra fe dando lo mejor para la mayor gloria de Dios y nuestro bienestar espiritual.

«Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne.»

Meditación de la palabra dominical – Domingo XXVII del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Mi meditación ha girado en torno al Sacramento del Matrimonio. Primero dejemos clara una distinción, pues los laicos católicos que se casan deberían saberlo bastante bien, pero no se da el caso en la mayoria.

El Matrimonio es un Sacramento en el que un hombre y una mujer entrelazan toda su vida con un lazo misterioso que mantiene Dios, fundamento de esa unión carnal y espiritual. Nuestras sociedades le llaman “Matrimonio” a las uniones civiles y no, esto no es Matrimonio. El Matrimonio es un Sacramento instituido por la Iglesia en donde un hombre y una mujer se unen bajo consciencia libre y consentimiento deliberado teniendo como testigo (de ordinario) a un Ministro de la Iglesia que representa al Pueblo de Dios. Las uniones civiles no tienen estas características, y por lo tanto, no son Matrimonio.

Entonces este Sacramento es uno de los dos dispuestos (el otro es el Sacramento del Orden) al servicio de la Comunidad. Es la Institución en donde un hombre y una mujer se entregan completamente al uno por el otro y se abren a la procreación y crianza de la prole. La belleza del Matrimonio es tan grande que ha merecido ser uno de los siete sacramentos de la Santa Iglesia Católica, pues la unión no se queda en lo meramente carnal, sino que entraña también una dimensión espiritual en donde Cristo es la piedra angular y tiene su orden en reflejar el amor de Cristo y su Iglesia, y así, procurar la santificación de la sociedad a partir de la santificación de los cónyuges y los hijos en la institución llamada “familia”, que es a su vez el núcleo de la sociedad.

En la Liturgia recitamos: “El hombre se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.” Una sola carne, una sola moción. El esposo no puede vivir independientemente de su esposa, y la esposa no puede vivir al margen de su esposo, son dos entes que han dejado lo individual para conformar el binomio que comprende una estructura misteriosa fundamentada en Dios. Es importante que los cónyuges sean conscientes de esta unión incomprensible para la mente humana, que el Apóstol San Pablo compara con la unión de Cristo y su Iglesia, una unión inexplicable para la razón. De ahí que el sacramento se dispone para la santificación de los cónyuges, ambos deben ayudarse a mejorar como cristianos, a alcanzar la cumbre de su vocación que es la santidad, pues si han decidido meter a Dios en su unión es porque han querido tomarse en serio su más alta vocación en la vida. Esta es una gran diferencia entre el Sacramento y las uniones civiles, pues esta última se trata de un mero papeleo ordenado en legalizar a una pareja en el estado, y así obtener ciertos derechos civiles. No detrimento los sentimientos y actos de amor que se puedan expresar entre estas parejas, para que nadie me mal interprete.

Por otro lado, el Matrimonio debe estar siempre abierto a la vida. Por eso el concepto de castidad no es ajeno a este estado. La castidad matrimonial está gravemente afectada hoy en día, pues son muchos los cónyuges que recurren a métodos anticonceptivos farmacológicos y quirúrgicos para evitar “responsablemente” la gestación. La Iglesia los reprueba, pues cerrarse a la vida es negar en cierto modo el poder creativo que Dios le ha conferido a los esposos, todo por obtener un placer desligado de la posibilidad de tener hijos. La voluntad de Dios es que el hombre se multiplique, y que los hijos sean educados en Cristo, para que así el Reino de Dios crezca y se propague en todos los rincones del mundo. Negarse a la vida solo les complace a los demonios que le tienen envidia a los hombres por tener la capacidad de imitar en cierto modo el maravilloso poder de Dios que es crear. Sólo el método billings no lesiona la castidad en el Matrimonio. Puede obtener información sobre este método en Google.

Por último, esta el carácter de indisolubilidad. Cada vez es más frecuente ver a católicos casados que hablan del divorcio. Hablar de indisolubilidad es sencillamente algo ridículo, pues el hombre no tiene poder para separar lo que Dios unio. Ni el hombre, ni la Iglesia. Por eso no puede caber en la mente de un católico que esto pueda pasar. El que se casa por la Iglesia (como se dice popularmente) se coloca un candado que solo se abre con la muerte, nada más ¿Cabe pensar que pueda haber un divorcio entre Cristo y su Iglesia? ¡Imposible! Y si el Matrimonio es reflejo de la unión entre Cristo y su Iglesia es una insensatez pensar en esa posibilidad que si existe en las uniones civiles, pues al fin y al cabo, no son matrimonios. Es indignante y lamentable escuchar a unos cónyuges proponerse tal abominación. Es evidente la ignorancia de tan enorme compromiso recibido con el “si” de aquel día entre sonrisas y familiares.

De otras muchas cosas falta por escribir sobre el matrimonio, pero lo dejaré para otros artículos, pues este ya se ha hecho más largo de lo que hubiera deseado.

Cuidado con la soberbia intelectual

Ocurre con frecuencia que un católico bien formado y sediento de seguir aprendiendo las maravillas doctrinales y dogmáticas que manan del evangelio, se expone a un peligro que ocurre con no poca frecuencia, se trata de la soberbia intelectual, una soberbia que se va alimentando a medida que se avanza en el estudio y se va expresando lo aprendido sin las intenciones rectas que debería conllevar.

Yo mismo he podido experimentar el terror de esta soberbia. Nos lleva a entrar en discusiones teológicas o espirituales que no tienen un buen fin. Se trata de exponer los conocimientos con la intención de dar una imagen intelectual de la propia persona, cosa que a su vez, alimenta la vanidad que hay en el corazón de cada hombre que se jacta de ser sabio.

La soberbia intelectual es un enemigo silencioso. A veces inconscientemente se dicen las cosas por pura soberbia, y se cree que se hacen con el buen fin de instruir al hermano, pero lo cierto es que de esto se espera un reconocimiento, una pequeña alabanza que alimente el sentimiento de superioridad y autosuficiencia, y la evidencia más clara de esto está en sentirse desahuciado cuando no se reciben los lores esperados, o cuando se pierde la ecuanimidad porque el otro le lleva la contraria en la tesis tratada.

El estudio es un instrumento para ser santos. Es el medio en el cual profundizamos nuestra fe a partir de una contemplación activa. Conocer nuestra fe es amarla cada vez más, y es mover la voluntad a vivirla con más fervor, aplicando en la propia vida lo aprendido en los libros y artículos digitales para ser mejores cristianos y mostrar el rostro brillante de Cristo. Si sólo se trata de saber más por saber, o para entrar en discusiones doctrinales que no llevan a nada, entonces el arma se está utilizando mal, y más valdría ser un ignorante sencillo que un opulento intelectual que alimenta sus pecados capitales y se encamina lentamente a la perdición.

Es un remedio importante mantener la boca cerrada, y sólo abrirla para edificar, tal y como se nos recomienda en las Sagradas Escrituras y en los escritos de muchos santos sabios. No se trata de cerrarla cuando es necesario hablar, sino de utilizar la misma inteligencia para saber cuando hablar, sobre que hablar, y de que manera decirlo. Así evitaremos utilizar lo estudiado para verborrear sin ningún fin, especialmente en aquellos momentos en los que el corazón está entregado a la pasión proselitista. He inducido a mi propia persona a reflexionar profundamente en torno a esto, pues ciertamente hay que estar vigilantes ante este poderoso enemigo, pues de lo contrario, lo aprendido será paja que se la lleva el viento. Y si fuera así, que Dios nos agarre confesados.

Ojalá y todos fuéramos buenos cristianos

Meditación de la palabra dominical – Domingo XXVI del Tiempo Ordinario – Ciclo B

En las lecturas de hoy mi meditación se ha enfocado en Josué y los profetas; en Juan y los demás discípulos. Las actitudes que éstos expresaron al Señor ante la aparición de unos nuevos profetas, podemos verla con mucha frecuencia en nuestras parroquias.

Se trata de aquellas personas que dicen tener 10 y 20 años en la Iglesia y se indignan cuando alguien nuevo, o relatívamente nuevo en la comunidad, manifiesta un fervor espiritual de la noche a la mañana. Son aquellos “novicios” cristianos que empiezan a tomarse en serio su compromiso bautismal y dejan claro que tienen intenciones sinceras de progresar en la fe. Pero muchas veces estos se ven desalentados por los “beatos” y “beatas” de la parroquia, que alegando su supuesta experiencia eclesial, le ponen obstáculos a la debida participación que debe tener la nueva persona en la comunidad. La misma desagradable experiencia la tienen los sacerdotes que llegan nuevos a una comunidad. Cuando éstos quieren corregir las arraigadas malas costumbres que existen en la parroquia, los beatos y beatas se lanzan en contra del pobre sacerdote y le impiden reformar la comunidad.

Los viejos cristianos de corazón sincero no adoptarian estas actitudes, al contrario, desearían que todo el pueblo de Dios sea profeta, o como Jesús, que arda la tierra en el fuego del Espíritu Santo para que destruya todas nuestras maledicencias.

Los profetas no son sólo personas que predicen el futuro, o que exhortan a los demás a sujetarse a las directrices divinas, sino que ellos mismos encarnan la voluntad de Dios y lo manifiestan con sus vidas, pues la verdadera profecía se ve avalada por una vida abnegada a lo mundano y entregada a las cosas se Dios.

Ojalá y todos seamos profetas, porque sólo así podremos transformar todo lo que nos rodea, y atraer a todos a Cristo, plenitud de la vida humana. A los beatos y beatas que escandalizan a los pequeños, más les valdría amarrarse una piedra en el cuello y lanzarse al mar, dice Jesús.

Ay de nosotros si tenemos un comportamiento contrario a lo que predicamos, pues también nos sería mejor lanzarnos al mar con una piedra al cuello ¿Cuántas personas no se alejan hoy en día de la Iglesia por nuestras incoherencias? Ser cristiano es difícil, pero es peor cuando no asumimos esta realidad. Por eso Jesús nos recuerda de una forma radical que debemos desprendernos de nosotros mismos para dejar que él se forme en nosotros y nos haga verdaderos profetas. Cortémonos los miembros si nos impiden avanzar… Es una forma de decir que debemos salir de nuestras comodidades y seguridades para emprender el camino de la cruz ¿Quién tiene la valentía para asumir su compromiso bautismal? Los que reconocen que han recibido el mismo espíritu que Moisés y Jesús y se ponen a profetizar sin miedo a nada. Pues a esto se nos llama en este Domingo, y con este propósito comulgaremos el Cuerpo y la Sangre del Señor para adquirir las fuerzas para emprender tan loable tarea.

Pax Domini sit tecum

La sociedad en la que vivimos

Es evidente que la sociedad en la que vivimos hoy en día es de todo menos religiosa, al menos no una religiosidad ordenada. En la mayor parte de las ocasiones, la religión parece ser una respuesta hacia la realidad de lo trascendental, nada mas. Una creencia para calmar la consciencia ante la evidente realidad del teismo y un estilo de vida contrario a la voluntad de la deidad.

La sociedad occidental, cuyas raices son católicas, reniegan cada vez mas de su origen trascendental. Se entregan a una nueva realidad pagana en donde el dios hedonista toma preponderancia como respuesta a los deseos desordenados e insaciables del hombre que desdeña de someterse a la dulce voluntad divina del Dios revelado en Jesucristo. Ciertamente, resulta apetitosa la manzana, es un manjar suculento que lleva consigo la falacia de la maldad, el amigo entrañable que trama un acto violento contra nosotros. Pobres somos los hombres que nos dejamos engañar con tanta facilidad.

Nuestros contemporáneos se preocupan por un porvenir financiero sin trabajo para disfrutar los bienes temporales desmedidamente. Nuestros jovenes sueñan con este estilo de vida que incluye fornicaciones descontroladas, promiscuidad sin penas de consciencia, y una pereza que consiga todos los bienes sin mover un solo dedo. Se emborrachan de películas y series como Game of Thrones, que de forma repugnante reunia a las familias los domingos para esperar con comidas, decoraciones y “recta disposición” para ver el nuevo capítulo que lanzaban en el dies Domini (Día del Señor), y luego hacer “spoiler” de lo vivido y compartirlo con los demás. El “Ite, missa est” de la cultura neopagana.

Los cristianos nos encontramos con un gran problema, pues tenemos la responsabilidad de predicar la nueva condición humana asumida en Cristo. Pero la cultura hedonista, secular e indiferente a la religión resultan ser un gran obstáculo para la salvación de las almas de nuestros relativos. La Iglesia nunca habia experimentado una situación igual. El occidente siempre ha sido una región del mundo caracterizada por ser religiosa, es decir, el ateísmo era algo extraño, por no decir inexistente. En estos tiempos, el ateísmo no se caracteriza por ser militante, sino, practicante. Se trata de personas que creen en la existencia de Dios pero viven como si no existiera. Si Dios no existe, todo esta permitido. Se vive creyendo en Dios, pero en los actos se expresa un desenfreno que no se sujeta a la pedagogía divina.

Los cristianos que tratan de ser coherentes con su fe, resultan ser unos fanáticos religiosos ante los ojos secularizados de los demás. El ejemplo no parece arrastrar, como decia san Agustín de Hipona, sino mas bien, ahuyentar. A veces parece como si nadie quisiera experimentar lo bueno que es el Señor, y cuando se descubren las exigencias del evangelio, se dice: “te escucharemos en otra ocasión”.

Pues esta es la sociedad en la que nos ha tocado vivir. ¿Qué debemos hacer como cristianos? Pues lo mismo de siempre, ser santos. Porque la santidad es irresistible para los corazones turbulentos de los hombres. “Nos has creado para estar contigo, y nuestros corazones no descansan hasta encontrarse contigo”. Esforzémonos por colaborar con el Espíritu Santo para reformarnos a nosotros mismos, asi podremos empezar a recapitular nuestra sociedad en Cristo sin olvidar que nosotros mismos venimos dañados de nuestra casa ¡Adelante! Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat.

La humildad ante todo

Meditación de la palabra dominical – Domingo XXV del Tiempo Ordinario – Ciclo B

¿Por qué Jesús nos dice que acoger a un niño es acogerlo a él?

Porqué los niños son humildes, sencillos, amables, alegres y apasionados por los padres. Los niños andan despreocupados por el mundo, jugando y riendo, porque se saben protegidos y amados por sus padres ¿Quién de nosotros no vio con admiración a papá o mamá?

Contrario a lo que discutían los apóstoles, sobre quien era el más importante entre ellos, Jesús nos vuelve a recordar lo necesario que es la humildad para ser verdaderamente importantes. A los ojos de Dios no vale ninguna posición humana y mundana, sino más bien la apertura de un corazón que muere por él. La soberbia, contraria a la humildad es fuente de innumerables pecados que desestabilizan nuestra convivencia y vida de fe. De las pasiones desordenadas que arrastran al hombre a imponerse como el más grande nacen las contiendas que actualmente se desarrollan en la Iglesia. La soberbia es una realidad palpable que infecta todos los rincones del pueblo de Dios. Dios se resiste a los soberbios, y de ahí que el Apóstol Santiago diga: “No tenéis, porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pe­dís mal, para dar satisfacción a vuestras pasiones.”

Por eso es necesario volver a nacer, dejando atrás el hombre viejo con sus maledicencias y asumiendo el hombre nuevo con corazón de niño, pues sin la mirada infantil propia de un hijo que se arroja a los brazos de su padre sin vacilar, es imposible agradarle a Dios.

Ahora bien, el hecho de que volvamos a ser niños no implica de ninguna manera que seremos libres de las contrariedades de esta vida, especialmente las que nos vienen por la fe. Pues si Jesús siendo el hijo amado del Padre aprendió sufriendo, a nosotros que somos sus discípulos nos tocara sufrir por igual. La primera lectura nos describe la abominable visión que tienen de nosotros nuestros enemigos, a saber la concupiscencia, el mundo (en su perspectiva contraria a la voluntad de Dios) y el Diablo. No dejaran de hostigarnos hasta que dejemos estos cuerpos mortales, y el Diablo al menos, que es espíritu, no se cansa ni dejará de intentar atraparnos para devorarnos como león voraz. No podemos ser unos cristianos ingenuos, sino soldados de Cristo que cargan valientemente su cruz avanzando por el campo de batalla hasta alcanzar la corona prometida. De ahí que tengamos que gritarle a Dios este salmo o con palabras parecidas:

“Oh Dios, sálvame por tu nombre,
sal por mí con tu poder.
Oh Dios, escucha mi súplica,
atiende a mis palabras.

Porque unos insolentes se alzan contra mí,
y hombres violentos me persiguen a muerte,
sin tener presente a Dios.

Pero Dios es mi auxilio,
el Señor sostiene mi vida.
Te ofreceré un sacrificio voluntario,
dando gracias a tu nombre, que es bueno.”

El problema de la comunión en la mano

NOTA ACLARATORIA: se que al leer el título podría trastornarse tu interior. Ya empiezan a florecer esos sentimientos negativos y de disputa. Como dominico he aprendido que de los herejes, cismáticos, tradicionalistas o modernistas, católico practicante o no practicante, etcétera, algo se puede aprender que ayude a fortalecer nuestra fe. Las intenciones de este artículo son complementar el primero relacionado con el tema (¿La comunión en la mano es un pecado?) y también proporcionar algunos conocimientos interesantes sobre la comunión en la mano para aquellos hermanos y hermanas que ignoran un poco o un tanto sobre esto. Te exhortó a su lectura con calma y buena disposición. Empezamos.

En el último artículo, habiamos concluido en que la comunión en la mano no es un pecado. Pero también había terminado diciendo que está práctica no está exenta de abusos, y en esta oportunidad, veremos la gravedad de los abusos que muchas veces se cometen por medio de esta práctica que con mucha razón es criticada por prelados considerados “tradicionalistas”, y que en la mayor parte de los casos no lo son, al menos no en el sentido peyorativo en el que se les suele catalogar.

Primero que todo, ¿de dónde viene esta práctica en estos tiempos contemporáneos?

Se ha dicho que al parecer viene de algunos países de Europa del este de mayoría protestante. Que sean de mayoría protestante no tiene porque tener necesariamente relación con la aparición de esta práctica. Lo que sí es evidente es que empezó a surgir como un abuso tolerado, como un invento no propuesto por el magisterio de aquel entonces, sino mas bien por un clero – feligresía focalizado de algunas partes. Así lo admitió la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de aquel entonces en su instrucción Memoriale Domini:

“[…] la participación más plena de la celebración eucarística, significada por la comunión sacramental, ha suscitado en algunas partes, durante los últimos años, el deseo de volver al uso de depositar el Pan Eucarístico en la mano de los fieles, para que ellos mismos, comulgando, lo introduzcan en su boca.

Más aún, en algunas comunidades y lugares se ha practicado este rito, sin haber pedido antes la aprobación de la Sede Apostólica, y a veces de manera que les ha faltado a los fieles la oportuna preparación.

Se que en esta parte ya algunos de ustedes estará pensando que la comunión en la mano era una práctica existente en los primeros siglos. Es cierto, yo mismo he descrito la veracidad de esta realidad en mi último artículo (Cf. ¿La comunión en la mano es un pecado?) . Incluso la misma instrucción habla de ello diciendo:

“Es verdad que según el uso antiguo en otros tiempos se permitió a los fieles tomar en la mano este divino alimento y llevarlo a la boca por si mismos, y también, en tiempo antiquísimo, llevar consigo el Santísimo desde el lugar en que se celebraba el sacrificio, principalmente con el fin de aprovecharse de él como viático en el caso de tener que luchar por la confesión de la fe.”

Sin embargo, esta practica fue desapareciendo a medida que la Iglesia fue tomando más consciencia de la sacralidad del Santísimo Sacramento, y de los cuidados que debía tener con tan maravilloso misterio. Por eso durante siglos y siglos la comunión en la boca ocupo el lugar exclusivo de ser la práctica adecuada para recibir al Señor. La comunión en la mano presentaba los mismos problemas que observamos hoy en día y que más adelante comentaré.

Entonces ante esta nueva situación de mala praxis, el mismo documento habla sobre una pequeña consulta realizada a los obispos con el fin de llegar a un consenso que le de salida a la cuestión:

Por consiguiente, fueron propuestas a los obispos tres cuestiones, a las que, hasta el día 12 del mes de marzo último (en el año 1969), respondieron del modo siguiente:

1. ¿Se ha de acoger el deseo de que, además del modo tradicional, se permita también el rito de recibir la Sagrada Comunión en la mano?

Placet (da el placer): 567. Non placet (no da el placer) : 1.233. Placet iuxta modum (da el placer de acuerdo al modo) : 315. Votos inválidos: 20.

2. ¿Place que se hagan antes experimentos de este nuevo rito en pequeñas comunidades, con el consentimiento del ordinario del lugar?

Placet: 751. Non placet: 1.215. Votos inválidos: 70.

3. ¿Piensa que los fieles, después de una preparación catequética bien ordenada, han de recibir de buen grado este nuevo rito?

Placet: 835. Non placet: 1.185. Votos inválidos: 128.”

Como podemos ver el magisterio de aquel entonces no aprobó que se le diera lugar a la práctica de la comunión en la mano, pero dentro de esta desaprobación hizo una excepción:

“Pero si el uso contrario, es decir, el de poner la Santa Comunión en las manos, hubiere arraigado ya en algún lugar, la misma Sede Apostólica, con el fin de ayudar a las Conferencias Episcopales a cumplir el oficio pastoral, que con frecuencia se hace más difícil en las condiciones actuales, confía a las mismas Conferencias el encargo y el deber de examinar las circunstancias peculiares, si existen, pero con la condición de prevenir todo peligro de que penetren en los espíritus la falta de reverencia o falsas opiniones sobre la Santísima Eucaristía, como también de suprimir con todo cuidado otros inconvenientes.

Esta excepción no tiene porque considerarse como algo negativo, pues sólo podía ser válida con la condición de que se procurase el debido cuidado al Sacramento y la conservación reverencial justamente debida.

Sin embargo, con el tiempo la comunión en la mano fue ganando espacio en la Iglesia a medida que las Conferencias Episcopales iban confiriendo aprobaciones. Ahora en toda la Iglesia, o en casi toda, es posible comulgar en la mano sin ningún tipo de problema. Si observamos las diferencias que hubieron entre los placet y no placet, veremos que era insignificante, y ya en otras ocasiones habíamos hablado sobre la crisis de fe en la Iglesia y su empeoramiento progresivo ( y temporal).

Ahora bien, ¿cuál es la forma correcta de comulgar en la mano? En diversos documentos podemos encontrar la respuesta, cito primero:

«Los fieles comulgan de rodillas o de pie, según lo establezca la Conferencia de Obispos», con la confirmación de la Sede Apostólica. «Cuando comulgan de pie, se recomienda hacer, antes de recibir el Sacramento, la debida reverencia, que deben establecer las mismas normas». (Redemptoris Sacramentum 90.)

En otros documentos se cita el mismo párrafo al hablar sobre la reverencia debida hacia las Sagradas Especies, y en sí mismo no aporta la reverencia que específicamente deberíamos realizar; sin embargo, para conservar el respeto y santidad hacia el Sacramento, es recomendable hacer una reverencia. Los que se han estudiado la Instrucción General del Misal Romano podrán ver que los signos de reverencia que se realizan en la Santa Misa son la inclinación de cabeza y la inclinación profunda o de cuerpo. Las Conferencias Episcopales determinan el modo específico de reverenciar el Sacramento. Parece ser que lo dispuesto comúnmente es hacer una inclinación de la cabeza según lo expuesto por el siguiente artículo:

“Las Conferencias Episcopales suelen pedir que esa reverencia tome la forma de una inclinación de cabeza. Por ejemplo, la argentina:

“En la Argentina se establece, como forma habitual, que los fieles reciban la Comunión de pie y realicen antes, como gesto de reverencia, una inclinación de cabeza” (Norma Nº 35: CEA 84, noviembre de 2002).

O la española:

“los fieles comulgarán habitualmente de pie, haciendo antes una inclinación de cabeza, pudiendo recibir la comunión en la boca o en la mano” (Carta de Mons. Julián López Martín, obispo de León, a los presbíteros y diáconos, octubre de 2005).” (https://www.infocatolica.com/blog/espadadedoblefilo.php/1501301101-inclinacion-antes-de-comulgar)

Por otro lado, algo muy importante es el cuidado que se debe de tener de que no se pierda ningún fragmento de la Eucaristía, cito a la Congregación para la Doctrina de la Fe:

Se recomendará vigilar para que posibles fragmentos del pan consagrado no se pierdan (cf. S. Cong. para la Doctrina de la Fe, 2 de mayo de 1972: Prot. n. 89/71, en Notitiae 1972, p. 227).”

En efecto, creemos que en cada hostia consagrada se encuentra el cuerpo, sangre, alma y divinidad de nuestro Señor Jesucristo en su totalidad. Cada hostia, a pesar de su singularidad, viene de la misma masa de trigo, y cada una de ellas no se consideran a sí mismas como partes del Cuerpo del Señor, sino que cada una de ellas es el Cuerpo de Cristo en su totalidad, y esa es la razón por la cual todos pertenecemos al mismo Cuerpo en virtud de la unidad realizada por el Espíritu Santo y el misterio del Sacramento Eucarístico. El mismo razonamiento es válido para cada migajita que se cae al suelo. No es una simple migajita, sino el Cuerpo de Cristo por completo el que cae al suelo. Esto está atestiguado en muchos escritos eclesiásticos que no citaré para no alargar tanto el tema.

En conclusión, los que comulgan de pie y en la mano deberían realizar una reverencia antes de comulgar, y después de hacerlo, procurar que no le quede en las manos algún fragmento del pan Eucarístico que se pueda caer. La reverencia es un acto de respeto y veneración a nuestro rey celestial, verdaderamente presente en las Sagradas Especies, y el cuidado debido para que no se pierda un fragmento es un acto de amor para no cometer el sacrilegio de lesionar al Cuerpo del Señor cuando cae en el suelo.

Lastimosamente lo que yo he constatado en mi corta vida, y en mi pequeño círculo existencial, ¡es que casi nadie tiene estos cuidados! No se hacen reverencias al Señor, ni tampoco se toman los cuidados necesarios para que no se pierda algún fragmento ¡Es horrible!

La ignorancia es la oscuridad que generalmente cubre el corazón de los católicos a la hora de comulgar el Cuerpo del Señor. Y los clérigos, lamentablemente, no suelen llamar la atención sobre este tópico de tanta seriedad. Yo mismo he constatado en mis manos los fragmentos del Cuerpo del Señor, ¡y me imagino a cuantas personas se les caerán en el piso! ¿Cuántas veces hemos pisado al Señor sin darnos cuenta? ¡Cuantos sacrilegio inadvertidos ocurren a diario, esto es seguro!

Ya hemos podido ver que las condiciones para aprobar esta praxis, conforme a lo estipulado por Memoriale Domini, no se cumplen. La mayor parte de los católicos comulgan de esta manera sin saber como hacerlo, ¡y no hay quien les corrija!

Por eso la forma tradicional y recomendable de comulgar es en la boca, porque de esta manera se procura la conservación de la reverencia y el cuidado que merece tan grande misterio. Además, se evitan los cuidados que obligatoriamente debemos de tener cuando comulgamos en la mano.

Actualmente me encuentro en Cuba, un país invadido por la santería africana. Tantas brujerías elevan la alerta que debemos de tener para que no se tome el Cuerpo del Señor de forma profana. En algunos casos he podido ver que algunas personas no consumen la hostia delante del sacerdote y se van a sus puestos con ella en la mano, pero gracias a Dios siempre ha aparecido un alma contigua que con mirada seria al estilo de poner una pistola en la sién le pide que consuma la hostia, y ahí termina la ansiedad. Esto se podría evitar sin la comunión en la mano.

Pero para que nadie me malinterprete, no estoy diciendo que la comunión en la mano sea mala en sí misma, sino que se presta para los abusos que he venido exponiendo y que seguro usted ha podido constatar en su diócesis.

Como laico, hermano de ustedes en la caridad de nuestro Señor Jesucristo, les exhortó que comulguen en la boca, así evitarán los cuidados que deben de tener con esta forma de comulgar y darán un buen ejemplo hacia aquellos hermanos que por su ignorancia, repiten lo que los demás hacen. Pero en vista de que comulgar en la mano es permitido por la Santa Madre Iglesia, y si su consciencia le dijera que esta es la mejor manera para usted, hágalo con los cuidados que la Iglesia le pide, y no tenga escrúpulos al hacerlo, recuerde que no es un pecado. Pero no lo haga irrespetando a Cristo, pues esto solo será lesivo para su alma y su desarrollo espiritual será dudoso si luego de saber las debidas disposiciones para comulgar de esta manera, se obstina en seguir tomando el Cuerpo del Señor como si fuera un simple pan que sólo simboliza la presencia de Jesús en la Eucaristía ¡Dios lo libre de esta calamidad!

Por otro lado, espero que los sacerdotes que puedan leer este escrito sean conscientes de que son pastores de la grey del Señor, y esto implica una afable corrección y educación continua para que los fieles que comulgan mal en la mano lo hagan conforme a lo saludablemente estipulado.

Pax Domini sit tecum

Cristiano, endurece tu rostro como pedernal

Meditación de la palabra dominical – Domingo XXIV del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Del libro de Isaias 50,5-9a

Del libro de los salmos 114,1-2.3-4.5-6.8-9

De la epístola del Apóstol Santiago 2,14-18

Del evangelio de San Marcos 8,27-35

Ya se ha dicho muchas veces que una fe que no se expresa con los actos de cada día, no es una auténtica fe. Contentarse con sólo escuchar la Palabra de Dios no es una conducta cristiana adecuada. Dios se nos revela para transformarnos radicalmente, y esto implica una escucha atenta y profunda de su palabra que da como fruto un estilo de vida diferente al mundano, uno transfigurado y trascendental.

Por eso en la primera lectura vemos que se dice: “El Señor me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás”. Con frecuencia solemos resistirnos al nuevo estilo de vida que se nos indica, pues no somos capaces de dejar nuestras comodidades y seguridades para lanzarnos a la nueva condición de ser hijos de Dios. Pero la actitud adecuada siempre será el ser pasivos a la gracia, y conforme a la palabra divina, lanzarnos al combate. Es evidentente nos encontraremos con una guerra mortífera. Pues ser cristiano no es fácil, no se trata de llevar una vida pacífica y suave en este mundo, sino de seguir a Jesucristo que hizo la voluntad del Padre y fue rechazado por su gente.

La interrogativa que lanza Jesús a sus discípulos es catologada por los teólogos como “la crisis de Galilea”. Aquí Jesús quiere saber que están pensando sus contemporáneos sobre su persona, pues él tiene claro su condición de mesías y salvador de la humanidad; sin embargo, las respuestas fueron desalentadoras. A pesar de ello, Jesús les informa a sus discípulos que seguiría adelante, y que tendría que padecer mucho para nuestra salvación. Él abrió el oído y no se resistió, sino que endureció el rostro como pedernal e ignoro los ultrajes con los que le atacaban, consumando así la suma obra de Dios para con nosotros. Por eso debemos tomar nuestra cruz y seguirle.

Quién me sigue no anda en tinieblas, dice el Señor. Estas palabras son de Cristo, con las cuales nos amonesta que imitemos su vida y costumbres, si queremos verdaderamente ser alumbrados y libres de toda la ceguedad del corazón. Sea, pues, nuestro estudio pensar en la vida de Jesús. (Imitación de Cristo, libro I – Capítulo I)

Negarse a si mismo, y perder la vida significa acoger y vivir la radicalidad del evangelio sin temer por el porvenir peyorativo temporal que de seguro tendremos. Antes bien, debemos confiar en Dios y en medio de la tribulación por el evangelio recordar este fragmento del salmo:

Me envolvían redes de muerte, me alcanzaron los lazos del abismo, caí en tristeza y angustia. Invoqué el nombre del Señor: «Señor, salva mi vida.» […] Estando yo sin fuerzas, me salvó. Arrancó mi alma de la muerte, mis ojos de las lágrimas, mis pies de la caída.”

De todas las cosas que se nos interponen para seguir a Jesús, el diablo anda como león rugiente buscando a quien devorar. De la existencia del demonio y sus constantes instigas hacia nosotros casi no se habla, pero hay que tener presente que combatimos contra estos malos espíritus e ignorarlos es perder muchas batallas contra ellos. Urge restaurar la devoción a San Miguel Arcángel, pues el príncipe de la milicia celestial siempre se ha mostrado como un poderoso intercesor a la hora del combate, y últimamente no estamos pensando mucho en él. Que San Miguel Arcángel ruegue por nosotros, y nos ayude a cargar nuestra cruz siguiendo a Jesús con el rostro endurecido para soportar las visicitudes de cada día.

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