Jesús, el rey

Este último domingo del presente tiempo ordinario celebramos la solemnidad de Cristo rey. Fue el papa Pio XI quien en el año 1925 estableció para toda la Iglesia esta solemnidad. Eran los inicios del turbulento siglo XX en la que se sucedieron las dos guerras mundiales que dejaron profundas crisis económicas en las potencias del mundo. Fueron los años en los que la funesta herejía del modernismo fue descubierta y condenada, pero seguía, y aún sigue afectando gravemente a la Iglesia.

Con esta solemnidad el papa Pio XI quería suscitar en nuestros corazones la realeza perenne de nuestro Señor Jesucristo, rey del universo. Es una sentencia real que todas las cosas deben ser recapituladas en Cristo, pues es rey y nada escapara de sus manos. Ya dice la primera lectura que todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán ¿No ha tenido ya cumplimiento esta profecía? ¡Por supuesto que si! La Iglesia está conformada por personas de todas las naciones, y todas las lenguas alaban al Señor. Todas las naciones son representadas por los hijos de Dios que se reúnen cada domingo para celebrar el inefable sacrificio de Cristo en el altar.

Él ha creado un reino de sacerdotes para que reinen con él; y por lo tanto, es necesario que nos tomemos en serio nuestra fe de una vez por todas. Sólo a través de nosotros el Señor puede reinar verdaderamente en nuestra Iglesia y sociedad, y es por eso que no podemos ser obstáculos en el desarrollo de este reino. Los católicos debemos asumir la radicalidad y el fervor que el evangelio exige para alcanzar una verdadera reforma eclesial que atraiga a todos los que están afuera hacia Cristo, tal es la misión de la Iglesia y la razón de su existir.

Procuremos ser verdaderos reyes que se dominen a sí mismos con la penitencia y la oración, y vivamos las celebraciones litúrgicas con la seriedad que conllevan. No desaprovechemos la oportunidad que se nos da de negarnos a nosotros mismos en esta vida, para que Cristo sea todo en todos, y así su reino maravilloso irrumpira en nuestros corazones y destruira la oscuridad de este mundo pecador ¡Viva Cristo Rey!

El árbol de navidad

Puesto que los días hacia la navidad ya están contados, las familias han empezado a colocar los tradicionales árboles de navidad en sus hogares. También en diversos lugares públicos se han empezado a erigir pomposos árboles de navidad para expresar la alegría tradicional de estas fechas.

A pesar de ello, es notable que en cada navidad que pasa son menos las luces y árboles que se observan en los espacios en los que se suelen erigir. Esto obviamente va de la mano con la progresiva secularización de nuestras sociedades y la vuelta a la cultura neopagana donde todo vale y nada importa.

Con este artículo quiero exponer el significado que tiene el árbol de navidad para nosotros los cristianos, de tal manera que podamos ver estas «decoraciones» con el matiz cristiano que verdaderamente tienen. Creo que la mayor parte de los cristianos desconocen la riqueza doctrinal del árbol, y para paliar esta ignorancia difundida haré mi contribución compartiendo lo que he conocido.

El pesebre que se prepara en la base del árbol es la representación del misterio de la encarnación. El hijo de Dios nace y es adorado por su madre y los demás presentes. En la encarnación del verbo se funda una nueva era para la humanidad: la era mesiánica. La luz ha venido al mundo y ha puesto su tienda entre nosotros. La alegría de este misterio se expresa en aquellos pastores que dieron gloria a Dios cuando contemplaron al Dios – hombre en el pesebre (Cf. Lc 2, 8-20).

A partir del nacimiento de Cristo, que es la base de todo lo que se ha construido hasta ahora en nuestra tradición cristiana, se erige el gran árbol de navidad que representa a la Santa Iglesia Católica y Apostólica. Sus ramas representan las distintas expresiones del Espíritu Santo existentes actualmente en los diversos institutos religiosos de la Iglesia; y en los dones espirituales sabiamente distribuidos entre los hijos de Dios para la edificación del Cuerpo de Cristo. Las bolas decorativas que se colocan en estas ramas representan la belleza fulgurante de los dones espirituales que la Iglesia ejerce para la propagación del Reino de Dios. Todo el árbol se envuelve en luces de diversos colores que representan a todos los bautizados de la Iglesia. Una vez que fuimos bautizados nos convertimos en luz del mundo y sal de la tierra pues participamos de la misma vida del que es la luz del mundo. La Iglesia es la luz de todas las sociedades porque es Cristo quien vive en ella y por ella actúa.

En la cima del árbol se coloca la tradicional estrella que guió a los reyes magos hacia Cristo. Ella nos indica constantemente el camino que debemos de tomar para llegar hacia nuestro Salvador, y está estrella se encuentra en la Iglesia que es la institución desde donde brilla eficazmente el astro que quiere atraer a todos los hombres hacia Jesús.

El árbol de navidad no es una simple decoración de época, al menos no para los cristianos. Lo que esto representa son los distintos misterios que nos aproximamos a contemplar en la navidad, que no es solamente fiestecitas familiares, vacaciones y alcohol, sino la celebración del misterio de la encarnación, el nacimiento del Señor.

Iudicium

Meditación de la palabra dominical – Domingo XXIII del Tiempo Ordinario – Ciclo B.

En estos últimos días del Tiempo Ordinario la liturgia ha entrado en el modo escatológico, es decir, a expresar las realidades de los últimos tiempos de la era mesiánica.

La realidad del juicio final es una cuestión de tiempo que ocurrirá, y ojalá estemos preparados para aquel día terrible y maravilloso. Terrible porque se tratara del fin del mundo que tanto nos gusta, con todos sus estereotipos seductores y deleitantes que hacen de la vida una cuestión más llevadera; y maravilloso porque se tratara del paso de ese mundo seductor y deleitante que nos obstaculiza la adecuada comunión con Dios, y por lo tanto, nuestra más grande vocación. Será el día en que el trigo y la cizaña serán separados y al fin los hijos de Dios gozarán eternamente de la visión beatífica totalmente transformados de esta realidad que llevamos ahora.

Para las personas de poca fe esto podrá parecerles algo muy terrible; sin embargo, el salmo nos introduce hacia la expresión esperanzadora que debería brotar constantemente del corazón de todos los cristianos. La alegría de estar al fin con Dios debería hacernos temblar de felicidad y satisfacción, pues en efecto, para amar a Dios hemos sido creados, y en esta relación amorosa encontramos el sosiego inefable que anticipadamente disfrutan los que responden a la gracia, pero que más adelante (si perseveran) se concretizara en su más plena realización.

La cuestión es esta: ¿Cómo estamos viviendo nuestra fe?, ¿somos cizaña o trigo? Hay que tener cuidado… En estos tiempos de crisis social y eclesial podemos caer sin darnos cuenta en bandos cizañosos vestidos de trigo. Hay mucha confusión. Hace falta doblar las rodillas y cerrar los ojos para escuchar la voz del Señor y adquirir las fuerzas necesarias para conservarnos en su amor ¡Cuanta falta hace la oración hoy en día!

«Los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas, por toda la eternidad.» Esto es lo que nos espera si guardamos sus mandamientos y frecuentamos los sacramentos. No hay otra vía por la cual salvarse si hemos escuchado su voz a través de la Iglesia. Entre los sacramentos, la Santa Eucaristía es el sacrificio único porque el que Cristo nos salva con la única ofrenda de sí mismo. No nos perdamos la oportunidad de frecuentarla, pues tal y como dijo el beato Carlo Acutis, la Eucaristía es la autopista al cielo. Tengamos ánimo y no desfallezcamos en el confuso camino, pues la esperanza de tiempos buenos y eternos están muy bien expresados en esta liturgia, levantemos la cabeza, se acerca nuestra liberación.

Infernum

Hablar del infierno es como hablar sobre un tema tabú. Es un tema actualmente complejo, difícil y problemático a nivel pastoral, pues la Iglesia actualmente predica muy extrañamente la cuestión sobre las postrimerias (Cielo, infierno, muerte y purgatorio) y esto ha llevado a que el católico común (no importa la Jerarquía eclesiástica) lo considere retrógrado, pesimista e inadecuado. Algunos le llaman «misericorditis» a este fenómeno.

He querido escribir un poco sobre el infierno a partir algunos testimonios leídos en el libro «El Diablo» del famoso exorcista de la diócesis de Roma: P. Gabriel Amorth (Requiem aeternam dona eis Domine, et lux perpetua luceat eis). No citaré estos testimonios, pues me limitaré a exponer los matices generales en los que confluyen estos santos al aportar estas llamativas informaciones.

Primero: el Infierno no es un lugar, sino un estado en que se encuentra el alma que carece de la total presencia de Dios. Ningún ser humano en vida carece de la presencia de Dios, no importa que tan abominable sea el hombre, pues la gracia de Dios se derrama en todos los hombres mientras vive, y de una u otra manera se expresa en los esbozos de perfección de cada uno. El Infierno es carencia total de Dios, ausencia de la bondad divina.

Segundo: Dios no condena a nadie, pues Dios no se recrea en la muerte del hombre, tampoco la desea. El hombre se condena a sí mismo cuando rechaza pertinazmente la comunión con Dios, cuando se rehúsa conscientemente a vivir conforme a la gracia salvífica que recibe cada día. La vida es un tiempo de gracia y de misericordia (Cf. CIC 1021), es decir, Dios nos pregunta: ¿quieres vivir la eternidad conmigo o no? pregunta que se prolonga durante un tiempo variable entre 60 – 80 años (menos o más) y que los condenados contestan que no de múltiples maneras y hasta el final. Ganarse el Infierno es entonces un acto en el que Dios respeta nuestra libertad y nos permite rechazarle si así lo deseamos.

Ahora bien, según los santos el Infierno es un estado en el que el alma condenada odia a unos niveles inimaginables para nuestra razón. Los infernales se la pasan blasfemando a Dios (aunque no lo hicieran en vida), odian a los demás condenados y odian fervorosamente a los demonios, los cuales a su vez, odian vehementemente a los condenados. Sufren una tristeza inefable que nadie jamás ha sentido en la vida. Ven una oscuridad indescriptible, pues a su vez, ven y sienten unas llamas que los queman constantemente, en consecuencia, quieren morir, pero no pueden. Se quejan de una imparable pestilencia a pecado, y lo peor de todo, lo que más les atormenta hasta más no poder (pues es un pensamiento que les martilla sin parar) es ser conscientes de que tuvieron la oportunidad de amar a Dios con todas las herramientas necesarias, y aún así se negaron… Tuvieron la oportunidad de salvarse y no quisieron.

¡Nada duele más que la ausencia del amor, es el mayor tormento de los condenados! ¡Oh amor de infinita sabiduría! ¿Qué corazón de carne soporta vivir sin ti?

Los males de la tierra podrán parecerse en cierto modo a los sufrimientos infernales, pero jamás serán como el Infierno. Jamás podremos imaginarnos en vida lo que es la carencia total de Dios, pues incluso el más fervoroso ateo no deja de disfrutar de las bondades de esta vida, y aunque este no lo reconozca, esas cosas vienen de Dios. No importa que tan mala sea la situación en la que vive la persona, nunca sufrirá la total ausencia de Dios mientras viva.

Pensar en el Infierno nos hace caer en la cuenta de lo grande que es nuestro Dios, pues si nuestros corazones se sumen en tanta oscuridad sin él, es porque el corazón humano se desborda necesariamente en el Señor, su amor es indescriptíblemente delicioso e inversamente proporcional al odio infernal, pues la bendición de la visión beatífica es la plenitud de la presencia de Dios en la vida del hombre, y la realización total de nuestra dimensión existencial. Hay un antagonismo tal que en el Cielo olvidaremos las penas que pasamos en la tierra, Dios enjugará nuestras lágrimas y nos desbordaremos de una alegría que la razón actualmente no puede alcanzar. Es una predestinación gratuita e inmerecida que de forma inexplicable movió el corazón de Dios hasta su entrega en la cruz. No desdeñemos de este eterno amor, pues no fuimos creados para vivir en un lodazal pestilente, sino para amar a Dios.

La Iglesia, la universidad de los santos

Desde hace mucho he pensando en la Iglesia como la universidad de los santos. Es una analogía que me ha servido mucho para comprender nuestra relación con esta comunidad, nuestras responsabilidades dentro de ella, y a lo que tendemos junto a ella.

La universidad es la academia de estudios superiores en donde los profesionales nos pasamos una parte de nuestras vidas formándonos en distintas disciplinas para alcanzar un grado profesional que nos permita contribuir con el mantenimiento y desarrollo de nuestra sociedad. En clave cristiana podríamos decir que también nos formamos para contribuir en cierto modo a la propagación del Reino de Dios. Pues bien, los estudios universitarios no son un proceso fácil, las exigencias académicas son duras en muchas ocasiones, el tiempo que hay que ocuparle a los estudios es desgastante, y además, es un lugar en donde nos exponemos a múltiples estímulos externos que pueden hacernos bien, o pueden hacernos mal, y que sin duda configura nuestra forma de pensar, hablar y actuar.

¿Qué es lo que la Iglesia tiene de parecido? Pues la Iglesia es el lugar en donde los cristianos reciben la fe, la conservan, la acrecientan y la llevan a su cumbre, en comunión con todos los hermanos y hermanas que día a día combaten a diario con oraciones, sacramentos, privaciones y ejercicios espirituales para alcanzar la cumbre vocacional a la que tendemos todos: la santidad.

En la Iglesia hay distintas expresiones espirituales como hay distintas disciplinas en la universidad, y cada una de estas, a pesar de sus particularidades, tienden hacia la misma cosa, la perfección de los hijos de Dios por la caridad ¡Que difícil es el camino hacia la victoria, mucho tiene que sufrir el cristiano! Así como se tiene que estudiar mucho en la universidad para alcanzar la graduación, es necesario desgastarse cada día por el evangelio sirviendole a la Iglesia y al prójimo para alcanzar la santidad.

En la Solemnidad de todos los Santos conmemoramos la memoria de aquellos hombres y mujeres que se han graduado de la escuela de la santidad. Ellos supieron negarse a sí mismos cargando con su cruz, con oraciones asiduas, ayunos, privaciones materiales y pasionales, mortificación de comodidades y amando hasta el dolor; Supieron sufrir las persecuciones en silencio, obedecer a la Iglesia aunque pareciera injusta la medida restrictiva, supieron poner la mejilla como pedestal cuando el mundo los abochornaba, aguantaron hedores y úlceras prutefactas, pasaron sed y hambre, y todo lo sufrieron con una extraordinaria paciencia; pero también alimentaron a los pobres, ancianos y enfermos; le sirvieron a tantos malos como a buenos, llevaron sonrisas a sus familiares y amigos, enamoraron los corazones de reyes, príncipes y presidentes; ensalzaron el nombre de su señor porque él era su Dios, y no se retractaron de creer en él, bien sabían en quien tenían puesta su esperanza.

Demos gracias a Dios por los santos canonizados, y por los que no lo están que son la mayoría. Pidámosle al Señor que por sus intercesiones podamos ser cristianos celosos y amorosos para que podamos alcanzar la anhelada santidad y disfrutar para siempre de la presencia de nuestro Dios, en la Iglesia y con la Iglesia «Ad maiorem Dei Gloriam». Feliz Solemnidad de todos los Santos.

¿Qué es amar a Dios?

Meditación de la palabra dominical – Domingo XXXI del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Si un cristiano no asume seriamente la vocación de amar a Dios sobre todas las cosas, no puede hacerse llamar un auténtico cristiano. Es el primer mandamiento del decálogo, y ya sabemos que quien incumple uno solo de los 10 mandamientos es transgresor de todos.

¿Qué es amar a Dios sobre todas las cosas? «Quién me ama guarda mis mandamientos» (Jn 14, 15). Quien detrimenta el valor de los mandamientos (como suele hacerse hoy en día) no podrá amar verdaderamente a Dios, pues estas leyes objetivas están ordenadas al amor de Dios, el bien del prójimo, y nuestro propio bien en general, y es que fuera de estas fronteras morales lo único que podemos encontrar es putrefacción y hediondes infernal, actos totalmente contrarios a la voluntad de Dios.

Es interesante que nos preguntemos en donde tenemos puesto el corazón hoy en día ¿En qué te pasas los días?, ¿es Dios en lo que más piensas?, ¿tus actos están ordenados a la glorificación de Dios?, ¿te esfuerzas por refrenar tu pecaminosa lengua para honrar a Dios con el santo silencio? Son estas preguntas las que tenemos que hacernos, y si nos respondemos sinceramente veremos en que cosas tenemos puesto el corazón.

Si los cristianos nos tomamos en serio amar a Dios sobre todas las cosas empezaremos a ordenar nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestros actos para verdaderamente entregarnos a nuestro enamorado con todas las fuerzas, con toda el alma y todo el ser ¡Tan terrible es este mandato que es difícil encontrar palabras para expresarlo!

Por otro lado, es necesario fijar nuestra mirada en el prójimo para poder cumplir con el primer mandamiento, pues no es coherente pensar que se puede amar a Dios sin antes amar a las criaturas a las que él ama. Puesto que no hay vida humana que no tenga su dignidad fuera de Dios, es imposible tener una auténtica relación con Dios fuera del amor al prójimo. Pero el amor en clave cristiana no es conforme a los estereotipos mundanos actuales, en los que los novios fornican, viven en concubinato, los esposos se son infieles, se divorcian por cualquier discusión, las mujeres abortan, los homosexuales se juntan y así hay otras abominaciones que todos conocemos. Estas realidades que muchas veces se disfrazan de amor al prójimo, son más bien engaños de Satanás que anda como león rugiente buscando a quien devorar. Amar al prójimo es mirarlo con los ojos de Dios, y por lo tanto, tratarlo conforme a las enseñanzas de la esposa de Cristo, la Iglesia.

Quien no se desgasta cada día por el Reino de Dios, no podrá amar a Dios sobre todas las cosas. Amarlo de esta manera tiene que costarnos la vida, sino, no se está haciendo nada. El escriba lo tenía bien claro este asunto.

Indiferencia a la formación = fe decadente

«[…] Es inherente a la fe que el creyente desee conocer mejor a aquel en quien ha puesto su fe, y comprender mejor lo que le ha sido revelado; un conocimiento más penetrante suscitará a su vez una fe mayor, cada vez más encendida de amor […] (Catecismo de la Iglesia Católica, editio typica, 158)

La formación católica es una característica inherente a nuestra fe, es decir, forma parte de su esencia inseparable. No se puede concebir una fe estable si esta no es alimentada con la necesaria formación que conlleva para su robustecimiento y propagación en el mundo actual.

Es simple, nuestra relación con Dios debe ser como la de dos enamorados. Los enamorados ansían conocerse mutuamente, inmiscuirse en las profundidades del otro, pues sólo así se puede crear una auténtica intimidad que les permita sentirse como dos entes encaminados a formar el binomio de una sola persona engendrada por el amor, un anhelo inherente de dos enamorados ciertamente. No es extraño que en las Escrituras se utilice la imagen del esposo y la esposa para referirse a Cristo y a su Iglesia, pues la relación que hay entre los dos tiende hacia una profundización mutua de ambos, en este caso, ya Cristo se adentro a nuestras profundidades de una forma perfecta al asumir nuestra humanidad, y no sólo asumirla así por así, sino perfectamente asumida, perfectamente restaurada en su naturaleza original, y más aún, elevada a la esfera divina.

Ahora bien, no podemos negar que la mayor parte del pueblo católico se encuentra en un estado de mal formación, muy pero muy grave. Lo observamos en el corazón de nuestra fe, es decir, la celebración de la Eucaristía, en donde la mayor parte de los fieles no participan adecuadamente, pues las posturas, gestos y respuestas es en la mayor parte de los casos alejado de lo deseado en la Instrucción General del Misal Romano, documento desconocido por la mayoría.

Si hiciésemos una encuesta para determinar cuantos católicos conocen los cincos mandamientos de la Iglesia, sospecho que la mayoría daría lástima, me sorprendería si no fuera así.

Así, el desconocimiento de nuestra fe no aporta más que detrimento en nuestra vida espiritual, y gran parte de la crisis de fe que actualmente vivimos en la Iglesia se debe a la deficiencia en esta característica inherente de nuestra fe. La mal formación no sólo afecta a los laicos, sino también a los consagrados y clérigos. Cuando un sacerdote no se arrodilla las tres veces que tiene que hacerlo en la misa de Pablo VI, parece ser que lo hace por desconocimiento, o peor aún, porque piensan que los laicos somos tontos y no nos afecta sus expresiones decadentes de la fe. Abusan de la gravemente difundida ignorancia de los laicos, es una obvia expresión clericalista. La enseñanza de gran parte del clero deja mucho que desear, hasta en temas de moral inmensamente delicados suelen haber fallos lamentables.

Es por eso que un católico que no deseé conocer más a Dios por medio de la formación doctrinal y dogmática, no puede jactarse de tener una fe estable, pues la difundida indiferencia a la formación es expresión de una fe decadente. Si un enamorado no mostrará interés en su enamorada, no creeriamos que aquellos sentimientos son reales, medite en esta analogía y sabrá con profundidad a lo que me he referido con este artículo si todavía no lo ha podido comprender.

Conocer nuestra fe es amarla, no te pierdas la oportunidad de estos tiempos tecnológicos para hacerte con el Catecismo de la Iglesia Católica, es gratis si es digital, y si lo necesitarás impreso, barato para el valor que tiene nuestra fe, que no puede ser comparada con las perlas y el oro del mundo, antes bien, dejaríamos todo lo que tenemos para conocer más a aquel que nos ha amado hasta el extremo.

La alegría de ser miembro de la Iglesia

Meditación de la palabra dominical – Domingo XXX del Tiempo Ordinario – Ciclo B

En esta ocasión podemos ver a un tal Bartimeo, un ciego indigente que pide limosnas en el camino. No es difícil darnos cuenta de que este Bartimeo somos todos nosotros, y más que nosotros, el mundo entero.

En todas las lecturas he podido contemplar a la humanidad indigente, miserable y desahuciada por la innumerable cantidad de pecados que cada día produce para su propia perdición. Incluso a nosotros que estamos en la Iglesia, se nos puede ver en la indigencia cuando pecamos mortalmente y ensuciamos la imagen inmaculada de la esposa de Cristo. Sin Dios estamos en una situación deplorable y oscura.

Sin embargo, podemos ver en la segunda lectura una explicación de lo que es un sacerdote, como es escogido, y cual es el papel que desempeña en la economía de la salvación. El sacerdote es aquel escogido por Dios para ofrecer sacrificios y dones por el perdón de los pecados del pueblo. Es el representante de los hombres ante Dios en el culto. Hemos tenido la dicha recibir al Cristo como el sumo sacerdote de toda la Iglesia. Con su muerte y resurrección nos ha alcanzado el perdón perpetuo y la apertura de los cielos para nuestro disfrute eterno unidos a nuestro Dios.

Pues bien, la Iglesia es el lugar en donde el encuentro con Cristo se lleva a cabo. Es la famosa Sión por las que se nos invita a decir: ««Gritad de alegría por Jacob, regocijaos por el mejor de los pueblos; proclamad, alabad y decid: El Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel.» La Iglesia es el pueblo desde donde Cristo llama a los Bartimeos para sanarlos de sus putrefacciones espirituales. Cristo llama a todo el mundo a unirse a la Iglesia para disfrutar de los manjares de los Sacramentos, la Palabra de Dios y la caridad fraterna encendida por el Espíritu Santo. «Cuando el hijo del hombre sea elevado, atraere a todos hacia mí». Por eso los hombres que vienen a la Iglesia comparten los sentimientos expresados en el salmo: «El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.» No importa si son ciegos, cojos, paridas o preñadas, esta comunidad tiene las puertas abiertas al mundo, pues es en donde se lleva a cabo la más alta vocación humana: unirse con Dios.

Es motivo de regocigo ser miembros de la Iglesia, y verla prefigurada en la primera lectura como el lugar de torrentes de aguas interminables. A veces los cristianos no nos damos cuenta de la magnífica comunidad de la que formamos parte, y es que a pesar de la crisis actual, la Iglesia no deja de ser ese diamante brillante que no queremos perder.

Es necesario que todos nos dispongamos a atraer a todos a Cristo, y asumamos la actitud de aquellos discípulos que le dijeron a Bartimeo: «Ánimo, levántate, que te llama.» así podremos expresar todos juntos la alegría de volver a la Iglesia cantando mientras cargamos nuestras gavillas.

Primero amaré, luego predicare

«El Señor envía a los discípulos a predicar de dos en dos, y con ello nos indica sin palabras que el que no tiene caridad para con los demás no puede aceptar, en modo alguno, el ministerio de la predicación.» – San Gregorio Magno (Homilías sobre los Evangelios, 17,1-3 (PL 76, 1139)

En la fiesta de San Lucas, la Iglesia nos ofreció un extracto del pensamiento de San Gregorio Magno en la segunda lectura del oficio de lecturas. Este comentario que he citado me ha parecido interesante, pues en este se afirma que es necesario tener caridad para con nuestro prójimo antes de que pensemos en predicar, es decir, de anunciar a nuestro señor Jesucristo.

En efecto, ¿qué es lo que origina a la predicación?, ¿qué es lo que la mantiene y la difunde? Es evidente que el amor es la difusora y conservadora de este glorioso ministerio. Este amor es el Espíritu Santo que cada uno de nosotros hemos recibido en nuestros corazones el día de nuestro bautismo. Este mismo espíritu es el responsable de suscitar en nosotros el interés por nuestro prójimo, un interés que se sacia al compartir el misterio inefable del conocimiento de Jesucristo. Se trata de compartir lo que se ha contemplado, lo que nos ha hecho caer en cuenta que sólo él basta, y que este ser infinito es la alegría que colma nuestros corazones de un gozo que no nos queremos quedar para nosotros mismos, sino que queremos iluminar a los demás con esta misma luz.

¿Qué predicación podría ser aquella que se da sin antes haber amado a nuestro prójimo? En una sociedad como la nuestra que rechaza cada vez más el cristianismo, y en la que nuestra fe resulta ser una realidad anticuada, obstaculizante y extraña para nuestros contemporáneos, no parece que la predicación pueda realizarse sin amor, pues los que emprenden el ministerio de la predicación encontrarán desprecios y contrariedades que les harán sentir el deseo de tirar la toalla; sin embargo, cuando el amor está presente en el corazón de los hombres, la satisfacción se encuentra en el dar lo que se ha recibido, en el compartir la liberadora Palabra de Dios para que los demás puedan vivir la alegría que los creyentes sienten al saberse amados por Dios y predestinados a la vida eterna.

Por otro lado, San Gregorio dice: «En efecto, el Señor viene detrás de sus predicadores, ya que, habiendo precedido la predicación, viene entonces el Señor a la morada de nuestro interior, cuando ésta ha sido preparada por las palabras de exhortación, que han abierto nuestro espíritu a la verdad.» Es decir, que los predicadores son sólo portavoces que allanan el camino del Señor, como continuidad de la obra de San Juan el Bautista. Ciertamente, es responsabilidad de todos los cristianos colaborar con la propagación del Reino de Dios; sin embargo, la conversión de la otra persona depende del Dios al que le hemos allanado el camino con las palabras de exhortación, y de la respuesta que hagan los destinatarios. Con razón en las Escrituras se dice que sólo somos siervos inútiles que hacemos lo que tenemos que hacer, pues el amor lo hace todo al fin y al cabo. Es la realidad que quema las maledicencias de nuestro corazón, y conmueve el corazón de los demás, para que estando bien dispuestos, dejen habitar al Señor Jesús que ya está a la puerta esperando que le abran para cenar.

La predicación es amor, y el amor suscita a la predicación.

Si el camino de Cristo es difícil, es el bueno.

Meditación de la palabra dominical – Domingo XIX del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Como discípulos de Cristo estamos obligados a imitar a nuestro maestro en nuestros actuales estados de vida y contextos socio – culturales. Pues bien, hoy Jesús nos dice algo que va en contra de nuestra común soberbia: «el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos.»

El buen cristiano es aquel que ama, no como lo hace el mundo, sino como ama Dios que es el verdadero amor. Las enseñanzas morales de la Iglesia, que chocan muchas veces con los estereotipos morales mundanos, son el verdadero camino del amor. No resulta fácil amar como Dios manda, pues los daños acarreados en nuestro interior por culpa de los pecados modelados por nuestras circunstancias históricas actuales, son un obstáculo formidable; sin embargo se nos invita a acercarnos al trono de la gracia, pues en él encontraremos los medios que nos auxilien oportunamente. No es razonable decir que es imposible amar hasta la esclavitud y servidumbre para con los demás, pues tenemos un sumo sacerdote capaz de compadecerse de nuestras debilidades, que ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado.

Y es que debemos amar hasta que nos duela dirá Santa Teresa de Calcuta, pues por amor nuestro Señor fue triturado con el sufrimiento; y esa es la copa que tenemos que beber, y el bautismo que debemos recibir. Emprender el camino de un auténtico cristianismo significa combatir cada día contra nuestras comodidades y seguridades en aras a entregarnos a nuestro prójimo en el servicio requerido. Un cristianismo fácil, cómodo y pacífico es señal de una fe mal vivida. Lo contrario en el verdadero cristianismo son las tribulaciones, desprecios y desalientos mezclados con la prosperidad espiritual y el gozo de encontrarse con Dios en la eternidad.

Al final los apóstoles bebieron de aquella copa, a pesar de que al principio expresaban un peregrinaje diferente al del maestro. Quizá nosotros también estamos caminando mal, y sería bueno preguntarnos si estamos viviendo nuestra fe correctamente, pues sólo así nos dejaremos llevar por el Espíritu Santo hacia aquel trono de gracia en el que recibiremos los necesarios consuelos para superar las tribulaciones de cada día. Confiemos en nuestro sumo sacerdote, que es hombre y Dios; y no es ignorante de nuestras realidades particulares.

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