¿La comunión en la mano es un pecado?

” […] Porque por respeto a este sacramento ninguna cosa lo toca que no sea consagrada, por lo tanto los corporales como el cáliz se consagran, lo mismo que las manos del sacerdote, para poder tocar este sacramento. Por eso, a nadie le está permitido tocarle, fuera de un caso de necesidad, como si, por ej., se cayese al suelo o cualquier otro caso semejante. “ -Suma teológica – Parte IIIa – Cuestión 82

Primero que todo, no soy teólogo ni filósofo, lo que escribiré sobre este tema es una reflexión personal basada en diversas lecturas que he hecho al respecto de este tema.

La cita que he utilizado en el primer párrafo, suele usarse para demonizar la comunión en la mano por parte de diferentes sectores de la Iglesia ubicados en todas las jerarquías. Ciertamente, lo expuesto por Santo Tomás de Aquino, el más sabio de los santos y el más santo de los sabios, es una afirmación explícita que avala la tesis de que está forma de comulgar es sacrílega en sí misma. Pero cuando esto ocurre, el problema está en que se esta sacando de contexto esta cita.

Cuando Santo Tomás afirmó esto, sus circunstancias históricas avalaban esta afirmación al 100%, pues la perspectiva cósmica del Sacramento de la Eucaristía en la baja edad media era, en cierto modo, diferente a la nuestra en la edad contemporánea. En aquellos tiempos, la Eucaristía era considerada con tan alto grado de sacralidad que los católicos nisiquiera se atrevían a comulgar con la frecuencia que lo hacemos actualmente. Era común comulgar tres veces al año: en pascua, navidad y epifanía. Se le daba mucha importancia al gesto de elevar el Santísimo Sacramento luego de su consagración, pues hasta el más ignorante sabía que algo maravilloso estaba ocurriendo allí. En este contexto histórico, la afirmación de Santo Tomás era lógica, pues si los católicos no se sentían dignos de comulgar con frecuencia, mucho menos tocar con las manos sucias y profanas lo que es santo.

Sin embargo, esto no quiere decir que nuestra visión cósmica actual sea una vergüenza frente a la medieval; al contrario, el desarrollo teológico en la comprensión de este excelso misterio es lo que movió a San Pio X a instituir la misa diaria. La Iglesia nos exhorta a comulgar en todas las misas, aunque no sea obligatorio, y nadie actualmente puede ser tan osado como para pensar que comulgar con frecuencia es lesivo para el alma; antes bien, los que demonizan la comunión en la mano suelen ser los que comulgan todos los días; por lo tanto, es un error utilizar esta cita para reforzar la cuestión.

¿Podrá el magisterio imponerle a la grey del Señor una forma tan sacrílega de tratar el cuerpo del Señor? La mayor parte de los católicos comulgan de esta manera, ¿se irán la mayoría al infierno por comulgar en la mano? Me parece que es un pensamiento extremista.

No suele refutarse que en los primeros siglos de la Iglesia era usual comulgar en la mano. Hay una famosa cita de San Cirilo de Jerusalén que avala esta praxis. San Tarsicio de Roma, un joven laico del Imperio Romano, fue martirizado por un grupo de niños paganos que descubrieron que estaba llevando el cuerpo del Señor hacia un enfermo. Mientras lo mataban, protegía al cuerpo del Señor cubriendolo con su túnica. Una túnica profana y quizá hasta sucia de tierra…

También es sabido que en los primeros siglos, en algunos lugares, la Eucaristía era reservada en la casa de los fieles para su posterior comunión, debido a que la escases en la celebración de la Eucaristía impedía que los fieles se saciaran con el manjar celestial conforme a los deseos de la época. Hemos de suponer que el Sacramento era transportado por los files hasta sus hogares, y como no existían los tabernáculos de oro hasta el segundo milenio, los reservaban en un lugar digno de la casa debidamente preparado.

Habiendo escrito todo esto, no parece que la práctica de la comunión en la mano sea un pecado en sí misma; y por lo tanto, el magisterio no ha tenido la mala intención de llevar a los católicos a pecar. Ahora bien… El hecho de que no sea un pecado en sí misma, no significa que en la praxis no se den muchos abusos… Pero esto lo dejaré para otra publicación.

No ser mudo ni sordo

Meditación de la palabra dominical – Domingo XXIII del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Del libro de Isaias 35,4-7a

Del libro de los salmos 145,7.8-9a.9bc-10

De la epístola del Apóstol Santiago 2,1-5

Del evangelio de San Marcos 7,31-37

En las lecturas de hoy podemos ver una realidad que nunca podemos olvidar: Dios viene a salvarnos, a sanar nuestras deficiencias.

El Señor sana nuestras enfermedades físicas, eso no podemos dudarlo, pero el silencio cuando hay que hablar, y la sordera cuando hay que escuchar, son verdaderas patologías del alma, ¡y cuantos de nosotros padecemos de sordera y trabas en la lengua!

Pero el Señor viene a abrir nuestros oídos y soltarnos la lengua. Cuan necesario es que hoy en día nos demos cuenta de que muchas veces estamos sordos para la escucha, y ciegos para darnos cuenta de lo que está ocurriendo en el mundo y en la Iglesia. Nuestro excesivo silencio es una de las causas de las crisis actuales, y no pocas veces, occidente se pudre por guardar silencio. Por eso se nos dice: “Decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis” ¿Pues no hemos sido muchas veces cobardes para proclamar la Palabra de Dios?, ¿miedosos para manifestarle a los que nos rodean un estilo de vida que encarna el evangelio? Pues he aquí que viene nuestro Salvador, y su entrada es inminente, a abrirnos los oídos para escuchar el clamor de este mundo herido por la maldad, y a abrirnos los labios para profetizar a nuestros pueblos malheridos.

A los dominicos, nuestro padre Domingo de Guzmán nos ha enseñado que el principal componente de la predicación es la escucha, pues en la escucha descubrimos la realidad que envuelve a nuestro prójimo, intentamos comprender el porqué de su aversión o indiferencia a Dios, y así podemos reunir material valioso para hacer una santa predicación que se configura a la realidad del otro y llega a ser eficaz. Nuestro Señor Jesucristo le predicó a sus contemporáneos después de escuchar pacientemente los clamores de su pueblo, por eso sabía que con parábolas podía transmitir los misterios del reino; por lo tanto, debemos saber callar para escuchar, y no ser sordos cuando es pertinente dejarse curar la sordera por el Señor.

Por otro lado, hemos recibido la función profética de Cristo el día de nuestro bautismo. Como profetas de la nueva alianza, no podemos cerrar los labios cuando es necesario sacarle en cara los pecados al mundo, tampoco cuando nosotros, como Iglesia, cometemos errores que perjudican el avance de la santa predicación. Es necesario invitar a los demás a vivir el evangelio, pues este es el único camino que lleva a los hombres hacia su plena realización. Pero es imperativo vivir lo que predicamos, pues de lo contrario, no suscitaremos interés alguno en nuestros contemporáneos secularizados e indiferentes a la gracia. “Sólo habla de Cristo cuando te pregunten por él, pero vive de tal manera que te pregunten por él”; en efecto, sin el ejemplo no podremos arrastrar a los hombres, y la persuasión de las palabras no será eficaz. Pero luego de que llamemos la atención debemos estar debidamente dispuestos a hablar de Cristo sin titubeos y dejar de ser mudos cuando es necesario hablar.

Dejemos que Cristo nos abra los labios y sane nuestra sordera, pues la propagación del Reino de Dios depende de que estemos debidamente sanos en el alma, sólo así seremos buenos lápices en las manos de Dios con las que el escribe sus cartas de amor para la humanidad.

Vivir al máximo, pues solo se vive una vez

Sonrójate, pues, siervo indolente y quejumbroso, de que aquéllos sean más solícitos para la perdición que tú para la vida. Más se gozan ellos en la vanidad que tu en la verdad. (Del libro de la Imitación de Cristo, libro 3 – 3)

El título parafrasea una consigna muy famosa en nuestros días. Se considera como un eslogan que le da sentido pleno a la vida; en efecto, la dureza de la vida con todas las bajas que se encuentran en ella, sólo pueden ser superadas viviendo la vida al máximo, ¡cómo si fuéramos a morir mañana!

Siempre me ha llamado la atención la forma en la que viven las personas que no se interesan por Dios y sus cosas. Por lo general, tratan de vivir con pasión, gozo y diligencia hacia los disfrutes mundanos. Las personas quieren tener dinero y una vida cómoda, disfrutando de los bienes de la playa y un buen restaurante; turistear en los paises y saciar su vanidad en Facebook, Twitter o Instagram ¡Y cuanto fervor expresa la juventud de nuestros días, el papa Francisco alaba el vigor juvenil y las destellantes esperanzas que expresan en el inmanente porvenir!

Entonces, yo me quedo pensando… ¿Por qué los cristianos no aprendemos de estas personas el como vivir nuestra fe? Pues si nos fijamos bien, de los neopaganos y ateos se puede aprender algo…

Vivir el cristianismo con intensidad, como si sólo se viviera una vez, debe ser la realidad a la que todos deberíamos tender en estos días y desde siempre. Mientras ellos viven con intensidad la vida que caduca, nosotros debemos vivir con intensidad nuestra vida sobrenatural y eterna, pues la santidad no se alcanza con una fe tan flexible, y la muerte nos alcanzará sin que hayamos “disfrutado de esta vida”¡Dios nos agarre confesados!

Vivir el cristianismo con intensidad significa asumir la radicalidad del evangelio, vuelvo y reitero para enfatizar, ¡la radicalidad del evangelio! Pues los cristianos somos discípulos de aquel que se entrego a la cruz por la salvación de los hombres; de aquel a quien su propia familia le llamó “loco” por la intensidad de su vida ministerial y su cambio radical. hemos nacido de la sangre y agua que brotaron del costado abierto de Cristo, y nuestras vidas le pertenecen a Dios, no a nosotros. Por eso los cristianos, como sus discípulos, debemos vivir apegados a los sacramentos, ser asiduos en la oración, en las buenas obras, en el estudio y la predicación; en la fraternidad católica intercomunitaria, la denuncia de las injusticias y los desvíos doctrinales actuales; preocuparnos por enseñar y corregir a nuestros hermanos, cuidar la belleza de la liturgia y fomentar a su participación.

Hoy en día, a este tipo de catolicismo le llaman “fanatismo”, y la acusación viene especialmente de los hermanos católicos no practicantes; en efecto, algunos cristianos no se dan cuenta, o no se quieren dar cuenta de que tienen un pie metido en el mundo y otro en la Iglesia, y está postura no es compatible con un auténtico cristianismo. Es una incoherencia que a los cristianos practicantes se les acuse de fanáticos y a las personas no cristianas o cristianas no practicantes no se les reproche el vivir con intensidad su liberalismo desenfrenado.

Por eso queridos hermanos, procuremos vivir con fervor nuestra hermosa fe, asumiendo nuestra condición de “Cristos” sin importar lo que piensen los demás, aprendamos de los ateos, neopaganos o cristianos no practicantes, pues nuestra vida sobrenatural la debemos vivir con coherencia y gran impulso, pues sólo así podremos alcanzar la santidad tan anhelada. Procuremos con diligencia las cosas de arriba con la misma fuerza, o aun más fuerza que la de los que buscan cosas de este mundo, pues esa pasión y esperanzas que expresan en lo inmanente, debemos extrapolarla a nuestra vida sobrenatural, tal y como lo han hecho los santos que nos han precedido, poniéndole sazón a la vida cristiana para saborizar al mundo que estamos enviados a evangelizar, de tal manera que cuando el administrador de esta viña regrese, encuentre a sus siervos (nosotros) dándole un escrupuloso cuidado a sus campos.

La necesidad de guardar los mandamientos de Dios

Meditación de la palabra dominical – Domingo XXII del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Del libro del Deuteronomio 4,1-2.6-8

De los salmos 14,2-3a.3bc-4ab.5

De la carta del apóstol Santiago 1,17-18.21b-22.27

Del santo evangelio según San Marcos 7,1-8.14-15.21-23

La palabra de este domingo pone nuestras miradas en los mandamientos de Dios. Muchos creen que estas leyes no son absolutamente necesarias para ser un auténtico cristiano, pues la tildan de antiguas y cáducas con fecha de terminación en la antigua alianza. Nada más falso que este pensamiento. Veamos algo.

Los hombres somos libres, hemos sido dotados de razón por iniciativa y benevolencia divina, tenemos una voluntad propia que nos permite optar por algo o negarlo, según nuestra propia conveniencía u otras influencias externas. En vista de que el hombre es libre y susceptible a diversas influencias que moldean su voluntad, los mandamientos son el carácter objetivo que modera nuestra conducta para que sepamos que hacer, y que no debemos hacer. Sin las leyes actuariamos muchas veces como seres irracionales, análogo a los animales, pues sólo cuando actuamos razonablemente somos verdaderamente libres y humanos, que conste, que los actos razonables no pueden prescindir de la ley que los modera, y por lo tanto, los conserva en la razón, porque el pecado es un acto contrario a la razón, ya que es deshumanizante.

En la primera lectura recibimos el mandato de cumplir los preceptos del Señor, pues ellos son nuestra “sabiduría e inteligencia” y sólo así podremos vivir y entrar a la tierra que el Señor nos da, que es el cielo. No podemos añadirles ni quitarles nada, pues desfigurariamos el resplandor de sabiduría que brota de estos mandatos, y haríamos los mandamientos una cosa nuestra, obviamente los desfigurariamos a nuestra conveniencía, pues nuestra carne inclinada al mal siempre busca saciar sus apetencias cueste lo que cueste. Hoy estamos viviendo tiempos en los que nuestra sociedad, e incluso muchos miembros de la Iglesia, buscan desfiguar los mandamientos para saciar sus perniciosas tendencias, para justificar erradas doctrinas y comportamientos morales desordenados. Hay que tener mucho cuidado con esto.

Estas leyes están escritas en nuestro corazón desde que fuimos creados, es la ley natural, la razón, o el sentido común como muchos le llaman. Por ellas podemos discernir lo que es bueno y lo que es malo sin conocer los 10 mandamientos, todos habremos experimentado estas leyes alguna vez en nuestras vidas, es decir, la voz interior que nos dice que algo esta mal o algo esta bien; sin embargo, esta ley natural no es suficiente para hacer un adecuado discernimiento, pues como ya he mencionado, nuestra libertad herida por el pecado tiende al mal, y nuestros muchos pecados han nublado nuestra consciencia hasta el punto de oscurecer la ley natural. Por eso Dios nos dio la ley escrita, los mandamientos. Estos preceptos son la forma explícita y objetiva de la ley natural, se contienen en el decálogo y son 10, ya los conocen. Pues bien, debido a que la ley en sí misma no nos da la fuerza para guardarlos ni tampoco nos atraen hacia sí por sí mismos, sino que estamos inclinados a hacer el mal, con Jesús hemos recibido la “ley del Espíritu”. El Espíritu Santo es la fuerza que nos impulsa a guardar los mandamientos y hace la contrabalanza a nuestra inclinación al mal.

Habiendo dicho esto, no podemos engañarnos a nosotros mismos escuchando la Palabra de Dios sin cumplirla. Pues la fe exige que obremos para que sea real. El mismo Apóstol Santiago nos dirá más adelante que una fe sin obras es una fe muerta. Resulta ser que hoy está de moda aquello de que ser una buena persona e ir a misa los domingos es suficiente para ser cristiano, y lo que ocurre con esto es que el criterio de “buena persona” no se funda en la persona de Cristo, que guardo los mandamientos y nos enseñó a hacer lo mismo, sino en el propio criterio personal, o como ocurre con frecuencia, en el criterio social. Este criterio se basa en los pensamientos mundanos modernos, que tratan de formular una moral que no toma en cuenta lo trascendental, sino lo pasional; y por lo tanto, temporal. Lo cierto es que los mandamientos son para guardarlos todos, no unos cuantos, pues no son un menú en el que nos podemos dar el lujo de escoger lo que nos llama la atención y lo demás desecharlo, ya he mencionado en mi artículo: “las fe’s desordenadas” la cuestión sobre los cristianos de cafeteria.

El Apóstol Santiago dice que la verdadera religión es “visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no man­charse las manos con este mundo.” Es una forma abreviada de exhortar a las primeras comunidades cristianas a ser coherentes guardando los preceptos de Dios y no contentarse simplemente con la escucha . Algunos podrán tomar esta cita para justificar la suficiencia de las obras de caridad, desdeñando de la oración, el culto y los sacramentos. Esto es una herejía llamada “activismo” que ya fue condenada hace siglos. Lo cierto es que la caridad no se limita a este tipo de actividad, sino que también comprende “santificar las fiestas”, que es el tercer mandamiento. La oración privada, la participación en la misa y el apego a los demás sacramentos son formas explícitas de obediencia a los mandamientos. Las buenas obras hacia los demás no pueden desligarse de esta dimensión de nuestra espiritualidad. Jesús no sólo practico la caridad con los demás, sino que también oraba y participaba del culto como todo buen judío.

En el evangelio Jesús reprende a los fariseos por enfocarse en sus propias tradiciones, prescindiendo del cumplimiento de los mandamientos de Dios. Podemos decir que muchas veces nos concentramos en muchas cosas mundanas creyendo que estamos viviendo bien, y no nos damos cuenta de que no le prestamos atención a los mandamientos de Dios. Incluso dentro de nuestro mundo eclesial, es frecuente que nos enfoquemos en cosas superficiales y nos olvidamos de lo esencial. Por ejemplo, es común el católico de misa diaria que no practica la misericordia ni se acerca a la misericordia (Sacramento de la reconciliación); no practica la ascesis y le falta el respeto a su prójimo sin necesidad. Es evidente que algo anda mal, pues se ha aferrado a su tradición de participar en misa todos los días, lo cual en sí mismo es bueno y loable, pero su religiosidad no pasa de ahí, lo demás no le interesa… ¡Hipócritas, les llama Jesús!

Hermanos y hermanas, no podemos alabar a Dios sólo con nuestros labios dejando nuestro corazón hacia un lado. Amar a Dios es guardar sus mandamientos (Cf. Jn 14, 15); por lo tanto, seamos coherentes y dejémonos de niñadas, que los mandamientos son un yugo ligero y una carga ligera. Quien verdaderamente quiera amar a Dios de corazón, que guarde sus mandamientos, esto es lo que tenemos que hacer todos nosotros.

Los padres de familia y la mala transmisión de la fe

Esto que voy a mencionar me es doloroso, y lo considero lamentable, pero luego de una gran reflexión puedo estar seguro de que gran parte de la decadencia religiosa en occidente se debe a los padres, digo en gran parte, y ya verán el porqué.

La fe es un don que todos los seres humanos hemos recibido para poder creer en las cosas trascendentales. Esta tiene que cultivarse, ser regada con el agua de la formación intelectual y el ejemplo de una vida cristiana coherente. La mayor parte de nosotros ha tenido la oportunidad de nacer en una familia, no se si monoparental o biparental, pues ya saben como andan las cosas, pero en una familia en fin. Es el ambiente en el que todos crecemos en sabiduría y gracia, y sin duda el lugar en donde recibimos las máximas influencias que conforman nuestra personalidad, anhelos y proyectos.

Es muy importante que los padres cristianos se preocupen por transmitirles la fe a sus hijos. Es la empresa más alta a la que se deben dedicar para con su prole, pues la educación religiosa que transmiten los padres es poderosa y eficaz, pues los niños aprenden con facilidad lo que enseñan los padres. Cuando esta transmisión se da con efectividad, la prole puede alcanzar la santidad con grandes posibilidades. Ejemplos de padres cristianos que engendraron santos hay de sobra; sin embargo para dar una pincelada, mencionaré a los padres de Santa Catalina de Siena, y a la madre de San Luis IX, rey de Francia.

El beato Raimundo de Capua tenía este pensamiento de Jácomo Benincasa, padre de Catalina: “hombre sencillo, leal, temeroso de Dios y cuya alma no estaba contaminada por ningún vicio […] tenemos muchas razones para creerlo -se encuentra gozando de la bienaventuranza, bien puedo yo aquí hacer su elogio.” Y sobre la madre, Lapa de nombre, decía: “mujer que no tenía ninguno de esos defectos tan comunes en la actualidad. Era trabajadora, prudente y conocedora de las cosas del hogar”. Que no tuviera los defectos de la época habla mucho de sus virtudes.

Sobre la madre de San Luis IX, cuyo nombre fue Blanca, basta con que analicemos esto que le decía a su hijo: «Hijo -le venía diciendo constantemente-, prefiero verte muerto que en desgracia de Dios por el pecado mortal».

La influencia cristiana que tuvieron estos padres en sus hijos es indudable. El fervor cristiano que expresaron estos dos santos tuvo que ver en gran parte con la educación religiosa y las costumbres evangélicas que le dieron sus padres.

La Iglesia nos enseña que la familia es una Iglesia doméstica, pero ¿las familias católicas estarán siendo una verdadera Iglesia?

Hoy en día, la mayor parte de los bautismos administrados en occidente a los niños son por tradición familiar, más que por el deseo de salvar a la prole y consagrarla al Señor, pues los actos católicos por parte de los padres para con sus hijos no suelen llegar muy lejos a partir de este punto. Los padres católicos reciben la misión obligatoria de educar a sus hijos en la fe, de enseñarles todo lo referente a Jesucristo, su Iglesia, sus doctrinas y dogmas. Como mínimo, un adolescente debería de saberse el catecismo en su editio typica por delante y por detrás, pues es una obligación religiosa concerniente a la decisión de bautizar a los hijos, esta misión es totalmente inseparable de las consecuencias del sacramento.

Pero resulta ser que la indiferencia religiosa, la secularización y la preocupación por lo inmanente, impiden que esta formación se de en los hijos. La preocupación es que los hijos estudien ciencias, se hagan profesionales, que se casen y les vaya bien en la vida, lo cual, no es malo en sí, pero ajeno de la preocupación por la salvación de las almas, resulta ser una mera preocupación mundana que aleja a los hijos de su vocación hacia la santidad ¿De verdad resulta ser más importante la educación académica que la religiosa?, ¿qué clase de cristianos somos?, ¿no se supone que Dios está por encima de todas las cosas? Se ríen los ateos de nuestra ridiculez, pues siendo creyentes de un ser supremo que nos ama hasta el extremo, no parece que este ser ocupe el primer lugar en nuestras vidas, y por consiguiente, no puede ser Dios.

Pero, ¿acaso los padres tienen toda la culpa de incumplir esta misión? La respuesta es si y no. Primero, si, porque los padres católicos suelen indentificarse como tal; y por lo tanto, tienen la obligación de formarse en la fe para cumplir con sus compromisos bautismales, procurar su santificación y saber transmitirsela a los demás, especialmente a los hijos, sino, ¿qué sentido tiene bautizar a los niños?, ¿por qué lo haces? La tradición familiar me parece un poco extraña en estos tiempos en los que las tradiciones no tienen importancia en nuestra sociedad. Por otro lado, no, porque los padres de familia actualmente son víctimas de un círculo vicioso que empezó hace años. No recibieron una adecuada educación religiosa, y mucho menos tuvieron la experiencia de una vida cristiana ejemplar, pues resulta ser que incluso nuestras sociedades se han alejado cada vez más de los valores del evangelio, y lo que se les ha transmitido son valores y estereotipos mundanos propios de los objetivos sociales actuales, los cuales no tienden a lo trascendental, sino al éxito mundano rotundo.

Urge una adecuada educación catequética hacia los padres, y un seguimiento pastoral serio, pues las ovejas necesitan de sus guías para no perderse en la inmensidad del oscuro valle; de lo contrario, dejaremos sin tapar un agujero en la proa del barco, y el agua que entra obstaculizara nuestra misión de evangelizar, pues si el núcleo de la sociedad, y la Iglesia doméstica no salan, ¿qué sabor tendrá el mundo? Bueno… Ya estamos viendo como esta occidente actualmente, juzguen ustedes.

Escoger a Dios a pesar de la crisis

Meditación de la palabra dominical – Domingo XXI del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Del libro de Josue 24,1-2a.15-17.18b

Del libro de los salmos 33,2-3.16-17.18-19.20-21.22-23

De la epístola del Apóstol San Pablo a los Efésios 5,21-32

Del evangelio de San Juan 6,60-69

Algo que ocurre con mucha frecuencia, es que cuando un predicador expone la doctrina santa y moral de la Iglesia, nuestros oyentes contemporáneos responden perplejos, o como es más frecuente, lo hacen con la indiferencia.

Cuando Jesús terminó de instruir a sus oyentes sobre la necesidad de comer su carne, y sobre la realidad de su presencia en este Sacramento, un segmento de la población acogió con desprecio y extrañeza aquellas palabras de Jesús. No es ilógico que hayan respondido así, pues a lo que Jesús los exhortaba era a comer su carne y beber su sangre, que entendido de la forma carnal, podría interpretarse como un acto de canibalismo, muy frecuente en algunas tribus y pueblos paganos de la época, así lo interpretaron sus oyentes, aunque no todos. Como es lógico en esto, la interpretación carnal no es la correcta, pues el expositor no es nada más ni nada menos que un hombre que pudo manifestar su realidad divina con palabras y obras, bien acreditado como para pensar que era un falso profeta de los que aparecían de vez en cuando.

Ahora bien, ante la apostasía de aquellos que acogieron carnalmente las palabras de Jesús, ¿qué tentación pudieron tener los apóstoles?

En estos tiempos de confusión religiosa, en la que muchos relajan el evangelio para volverlo una cosa “light”, y enseñan cosas contrarias al magisterio de siempre, muchos cristianos se sientes desorientados y no saben en donde meter la cabeza; sin embargo, la actitud de los apóstoles, expresada magistralmente en los Israelitas de la primera lectura, es la actitud clave que debemos de adoptar en estos días para no perder la orientación en nuestro espacio terreno.

Cuando Josué puso a los Israelitas a escoger entre los dioses paganos y el Dios que se les ha revelado en su historia, los Israelitas respondieron a modo de antífona: “[El Señor] es nuestro Dios”. Esta consigna se encuentra rodeando una exclamación en la que el pueblo reconoce las manifestaciones divinas en su existencia inmanente, recordando los prodigios portentosos obrados por Dios, su amor y fidelidad para con ellos, y su protección constante. Es una respuesta interesante y justa, pues ante tantas tinieblas, reconocer la presencia de Dios en nuestra historia, a favor nuestro, es una expresión de fe que nos protege de abandonar el barco de salvación y seguir confiando en nuestro Dios.

Cuando los contemporáneos de Jesús se fueron a seguir a otros dioses, Jesús le preguntó a sus más cercanos discípulos: “¿También ustedes se quieren marchar?” A lo que estos respondieron en boca de Pedro, príncipe de los apóstoles: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios”, a lo que es análogo decir: “¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros! El Señor es nuestro Dios”. Los apóstoles no pudieron ignorar lo que Jesús había realizado en su ministerio itinerante, y reconociendo el despliegue del brazo poderoso de Dios en la vida de Jesús, pudieron expresar su fe en él en aquel momento de apostasía.

A los cristianos nos toca reconocer lo grande que ha estado el Señor con su Iglesia a lo largo de estos dos milenios, y conservar la fe, pues sólo así podremos mantener la cabeza en alto con el optimismo propio de los hijos de Dios, los cuales se someten a Dios conforme a la exhortación del Apóstol San Pablo: “Las mujeres, que se sometan a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer […]” y esto lo refiere al misterio de la Iglesia y Cristo.

La Iglesia nunca será abandonada, pues: “Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo”.

Así que mantengámonos firmes en la fe y sigamos corriendo la carrera que nos toca, pues nuestro Dios continúa y continuara con nosotros librandonos de la esclavitud de Egipto, y protegiendonos entre todos los pueblos por los que crucemos.

La “idolatría” a los santos

Muchos cristianos separados de la comunión de la Iglesia Católica nos suelen acusar de idólatras al “adorar” a los santos; seres humanos como tú y como yo, que “según las enseñanzas de la Iglesia se convirtieron semejantes a Cristo hasta el punto de adjudicarle el ser mediadores entre Dios Padre y los hombres contradiciendo las escrituras (Cf. I Tm 2, 5)”. Por favor, fíjese en las comillas que utilice en este párrafo, he parafraseado el pensamiento general que proviene de un no católico acusador sobre la materia.

Primero, debemos hacer una distinción escueta entre lo que son el culto de latria, hiperdulia y dulia. La Latria es el culto de adoración que se le tributa exclusivamente a Dios; la hiperdulia es el culto de veneración que se le tributa a la madre de Dios; y la dulia es el culto de veneración dirigido a los santos. Hago hincapié en lo que es la adoración y la veneración.

Primero, la adoración es un culto en que el que nos rendimos totalmente a Dios, reconociendole tal cual es, con todos sus preceptos y decretos. Le confesamos como nuestro creador, director de nuestras vidas y moderador de todo acontecimiento histórico. Su puesto no lo ocupa nadie, porque nadie puede ser creador y criatura a la vez. El culto católico se dirige a la Santísima Trinidad, cuya plenitud reside en Dios hijo, y es impulsado por Dios Espíritu Santo, para terminar en Dios Padre. La oración litúrgica de la Iglesia siempre ha tenido este orden en su dirección.

Luego, la veneración es una expresión de reconocimiento, respeto y alabanza dirigida hacia aquellos que se dejaron llenar por el Espíritu Santo, y cuyas vidas fueron una expresión de la irrupción del Reino de Dios en la tierra; y por así decirlo, continuidad del evangelio. Es importante tener en cuenta que los santos no tienen méritos propios, sino que son de Cristo, pues una persona no puede adjudicarse mérito alguno en donde su vida es una imitación en el pensamiento, palabra y acto de aquel en quien reside la originalidad.

Ser discípulos de Cristo significa imitarle en todos los aspectos. Esto, por supuesto, no significa reproducir literalmente la vida terrena de nuestro Señor en la nuestra, pues todos los cristianos hemos vivido períodos históricos diferentes y realidades sociales concretas que se adecuan a un estado de vida particular. Ser discípulo de Cristo significa acoger su pensamiento, palabras y obras y llevarlas a la práctica a partir de la particularidad de nuestras vidas. Es respirar el evangelio y expirar el Reino de Dios.

Tomando en cuenta esto podemos ver que los santos son auténticos discípulos de Jesucristo, dignos de imitación y respeto. El mismo Apóstol San Pablo exhorta a sus discípulos a imitarle: ” Sean imitadores de mí, como también lo soy de Cristo” (I Cor 11, 1). Este es el detalle dorado, que al imitar a los santos estamos imitando a Cristo, cuya vida se manifiesta magníficamente en la vida de sus discípulos más fieles; por lo tanto, el respeto, admiración y alabanzas tributadas a los santos se dirigen en último término a Cristo, el portador de todos los méritos admirados por nosotros en la tierra. En dado caso, los santos se convierten en medios para adorar a Dios, en puentes para llegar a él. El culto de veneración no termina en los santos, sino que se convierte en culto de adoración a Dios, pues lo que estamos reconociendo e imitando es a Cristo Jesús que se manifiesta en la vida de estos hombres y mujeres que se dejan transformar por él ¿No sería a esto a lo que se refería el Apóstol San Pablo cuando decia: “no vivo yo, sino Cristo que vive en mi”? En efecto, despojarnos del hombre viejo para asumir el hombre nuevo no significa otra cosa que ser otros Cristos. El hombre viejo, inmanente y antropocentrico; idolatra y perdido; que no lleva a Dios en el corazón y es un hueco (cadáver viviente) es el hombre que se consume con todas sus rapiñas y maledicencias en el fuego del Espíritu Santo; y así, una vez despojado de lo antiguo, resucita a la vida nueva, a la creación nueva cuyo primogénito es Jesús, el nuevo y definitivo Adán.

El culto a los santos se remonta a los tiempos de las persecuciones romanas. Los mártires (testigos lit.) fueron los primeros cristianos en recibir el culto de dulia. Sus testimonios feroces hasta la sangre de su amor por Cristo encendía los corazones de nuestros antepasados y los llevaban a sentir admiración y respeto por las relíquias de sus hermanos martirizados. Las relíquias son pertenencias personales que de una manera análoga a una foto nos recuerdan a su poseedor. Fíjese que nadie besa una foto por considerarla como la persona per se, sino que ese gesto se dirige hacia esa persona representada. Los primeros cristianos se desarrollaron en el Imperio romano. Ellos sabían que la única forma de dirigirse al emperador era a través de intermediarios; por lo tanto, fueron adoptando esta visión hacia sus expresiones de fe, de tal manera que empezaron a considerar a Cristo como emperador de todo el universo, consideración expresada en el famoso icono del “Cristo pantocrator”, y los mártires eran los “delegados” para llegar a él con facilidad.

¿Suena absurdo servirse de intermediarios humanos para llegar a un Dios que se hizo hombre y vive tan cerca de nosotros? No… Lo cierto es que la aversión al culto de dulia es análoga a la aversión a Dios. Desconocer a los santos es desconocer a Cristo que se hace presente por medio de ellos en medio de nuestro mundo actual. No tributarles el culto de veneración es detrimentar el culto de latria debido a Dios, pues no podemos separar la realidad de los méritos de Cristo en sus vidas y la ausencia de mérito personal. Rehusarse pertinazmente a venerar a la Santísima Virgen y a los demás santos es en cierto modo despreciar a Dios, pues se trataría de un desprecio al cuerpo místico de Cristo y por ende a toda su persona.

Ningún católico deberia sentir prejuicios (los he conocido), pues evidentemente estos estarían influenciados por ideas protestantes que lamentablemente se encuentran dentro de la Iglesia ¿No hacemos actos de veneración al elogiar a un deportista, un artista o al líder de un estado?, ¿al elogiar a un hermano, padre, madre o abuelos?

Por eso es importante que el católico sepa distinguir entre el culto de latria, hiperdulia y dulia, pues la devoción a los santos enriquece nuestras vidas de fe y glorifican a Dios. Creo que hacemos mejor honra a la “Sola Deo Gloriam” de lo que lo hacen los protestantes. Espero haber sido bastante claro en esta exposición para la mayor gloria de Dios.

Baal y Astarté, los dioses de occidente

Esta es una meditación de la palabra correspondiente a la II feria de la semana XX del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Del libro de los Jueces 2,11-19
Sal (106) 105,34-35.36-37.39-40.43-44
Del santo evangelio según San Mateo 19,16-22

La pintura que nos muestra la lectura del libro de los jueces podemos extrapolarla a la realidad que está viviendo nuestra sociedad occidental… Podría encasillar al mundo entero dentro de esta extrapolación, pero prefiero hablar sobre nuestra realidad concreta.

Es evidente que la mayor parte de las personas parecen ser religiosas, al menos eso afirman varios teólogos. Hay un “despertar de la religión”. Después de que el siglo XX en su primera mitad se caracterizará por un gran ateísmo militante a raíz de las revoluciones marxistas, materialistas e inmanentes, podemos decir que en efecto, la mayor parte de nuestros contemporáneos creen en algo.

Ahora bien, ¿en dónde tienen los ojos puestos? El pueblo de Israel era un pueblo religioso; sin embargo, sus ojos estaban fijos en Baal y Astarté, dioses paganos. Endurecieron sus corazones como nuestros antepasados en Meribá, y dejaron de escuchar la voz de Dios para entregarse a realidades inmanentes y falsas con apareciencia de verdad. Las consecuencias de su apostasía fueron desastrosas. El pueblo de Israel sufría la calamidad de la guerra y no podían ganar ninguna batalla porque la mano del Señor estaba sobre ellos castigándolos. Visto desde un punto de vista hermenéutico, podemos observar que nuestras desviaciones nos llevan a la desgracia. En la historia del hombre nunca han faltado los duros tropiezos que vienen después de olvidarnos de Dios para enfocarnos en lo terreno ¿No están nuestras sociedades fijándose en Baal y Astarté? Ciertamente se tratan de sociedades “religiosas”, ¿pero cuál es esta religión? La del dinero, el hedonismo, el materialismo, el utranacionalismo, el disfrute inmediato y meramente mundano; la cultura del “yo hago lo que me da la gana”.

Podríamos decir que los jueces de la edad contemporánea son los innumerables testimonios de cristianos con olor a pastor, que con sus vidas han interpelado a nuestras sociedades secularizadas y las han exhortado a vivir el evangelio porque todavía es posible en nuestros tiempos, pongo como ejemplos a San Josemaria Escriba de Balaguer, San Juan Pablo II, Santa Teresa de Calcuta, San Maximiliano Kolbe, el beato Pier Giorgio Frassati y el beato Carlo Acutis. Santos y beatos de nuestras épocas cuyas realidades sociales no distan mucho de las nuestras, en el sentido de que pudieron vivir en sociedades que poco a poco se iban alejando de Dios y de su Iglesia.

Nuestros pueblos no han respondido apropiadamente a estos jueces modernos, al menos no por el momento. Al contrario, cada vez más se van entregando a la cultura neopagana donde Dios es un ser relativo que no juega un papel importante a la hora de aplicar conceptos morales. Por eso hoy tenemos sociedades que legalizan el aborto, la unión homosexual y la eutanasia.

El joven rico viene siendo una singularización de la realidad multiforme expuesta en la primera lectura. Es un joven satisfecho materialmente, pues es rico, pero insatisfecho interiormente, por eso anda preguntándole a Jesús por lo bueno que debe hacer para alcanzar la vida eterna. Siempre me ha parecido curiosa la respuesta de Jesús:

¿Por qué me preguntas a mí acerca de lo bueno? Uno solo es el bueno: Dios”

Al parecer el joven andaba buscando las cosas buenas en el mundo, es decir, en el mundo en sí mismo, o quizás en las obras de la ley, una actitud propia del judaísmo farisiaco. Por eso Jesús le responde diciéndole que Dios es el bueno, como diciéndole que las cosas buenas para alcanzar la vida eterna se encuentran solo en Dios. En este caso, no se trata de mirar al cielo olvidándonos de la tierra, porque lo cierto es que podemos ver el cielo en este mundo. Tan sólo tenemos que abrir los ojos de la fe para encontrar a Dios, fuente de toda bondad, aquí abajo en la tierra. Pero volviendo a la cuestión principal, podemos decir que el hombre religioso actual anda como oveja sin pastor, anda buscando algo que tranquilice su corazón, pero no lo está buscando en el Dios que habla a través de la Iglesia.

Cuando el joven rico fue invitado a dejar a sus ídolos (sus riquezas) para seguir a Jesús, se marchó triste porque no quería deshacerse de sus Baal y Astarté.

Esta es la realidad de nuestras sociedades actuales, caminan bajo el falso amparo de dioses paganos dándole la espalda a Cristo y su Iglesia y quien sabe hacia dónde vayamos a parar.

¿Y nosotros qué? ¿Tendremos algún diosito pagano en el corazón y no nos estamos dando cuenta? Estas lecturas son una oportunidad para hacer un profundo examen de conciencia y descubrir aquellos apegos desordenados que nos obstaculizan una unión plena con Dios, no sea que estemos abrazando a Baal y Astarté y nos ocurra como a los Israelitas, que ni con los jueces se terminaron de convertir y hacer penitencia por sus culpas.

Meditación de la palabra de la Solemnidad de la Asunción de nuestra Señora – Ciclo B

Del libro del Apocalipsis 11, 19a.12, 1-6a. 10ab

Del libro de los salmos 44, l0bc.11-12ab.16

De la primera epístola del Apóstol San Pablo a los Coríntios 15,20-27

Del evangelio de San Lucas 1,39-56

La asunción de la Virgen María a la gloria celeste marca el comienzo de la redención definitiva de los hijos de Dios después de Cristo, el primogénito. En aquel instante, el cuerpo siguió a su cabeza en la entrada hacia la morada eterna ¿Qué hizo que María tuviera el gran privilegio de ser la primera miembro de la Iglesia que goza del cumplimiento total de la promesa? Ciertamente no fue por méritos personales, sino por iniciativa y gratuidad divina; sin embargo, Dios ha exaltado a su sierva concediéndole una honra sin precedentes. Los fragmentos de las Escrituras que escucharemos hoy nos describen ciertos aspectos importantes de María que sin duda la posicionan como la miembro preeminente de la Iglesia sólo detrás de su amado hijo.

María se dirigió a la montaña en la que habitaba su prima Isabel desde que escucho de parte del ángel que está estaba encinta. Puesto que María es la llena de gracia en el sentido literal del término, la moción del Espíritu Santo a la que ella fue dócil la llevó a sentir la necesidad de servirle a su prima ya anciana en su tardío embarazo. Que gran sorpresa ver la reacción del niño en el vientre de Isabel, y la exaltación de ésta al constatar que se encontraba ante el arca de la nueva alianza de la que nos habla el Apóstol San Juan en la primera lectura. Y es que el arca de la nueva alianza no es cualquier cosa… Si el arca de la antigua alianza fue tratada con tanta pomposidad y algarabía por contener las tablas de la ley, la vara de Aaron y el mana, el arca de la nueva alianza (María) contiene en ese momento a la palabra de Dios, el pan vivo bajado del cielo y el sumo sacerdote eterno según el rito de Melquisedec.

Después de que María presencio esta reacción, se lleno del Espíritu Santo y exclamó el famoso magnificat, la oración que recitamos a la hora de Visperas. María se alegra de saber que Dios se ha fijado en su humillación, es decir, en su humildad. María se reconocia como una pequeña criatura ante la magnificencia del Creador. Sabemos que la humildad es una virtud indispensable para ser auténticos cristianos, pues si no le damos a Dios el lugar que le pertenece, estaremos cerrando nuestras puertas al amor verdadero, dándonos un puesto que jamás podremos obtener. En lo siguiente, reconoció que todas las generaciones la felicitarian. Esta evidente profecía se cumple en nosotros cuando nos disponemos a decir: “Ave Maria, gratia plena, Dominus tecum; benedicta tu in mulieribus […]”. Las alabanzas marianas glorifican al altísimo que se ha mostrado potente por medio de su criatura.

El Señor enaltece a los humildes. Su asunción ha sido el cumplimiento de estas palabras. La humildad que debemos practicar es sin duda el requisito indispensable para ser llevados al seno del Padre luego de nuestra resurrección. Contemplar a María asunta es la oportunidad de recordar cuál es nuestro compromiso como cristianos, pues ella nos enseña el camino hacia la salvación, nos lleva de la mano hacia Jesús. El misterio acontecido en María será lo que viviremos próximamente. Contemplemos a la mujer de cuya belleza el rey se ha prendado, pues la llevan al cielo con séquito de vírgenes, entre alegría y algazara, y ya va entrando en el palacio real.

Distinguir la verdad del error

La Iglesia esta viviendo tiempos difíciles. El pensamiento católico se encuentra polarizado en una variedad de ideas desarrolladas a lo largo de unos pocos siglos. Esto ha producido una confusión general perniciosa y horripilante que oscurece en cierto modo el brillo perenne de sus doctrinas y sus dogmas. Pero asi como el sol no puede ser tapado con un solo dedo, las gloriosas enseñanzas que manan de la revelación no se ven ofuscadas del todo. Porque es imposible que el depósito de la fe confiado a la Iglesia se vea tergiversado hasta el punto de olvidarse la santidad de su olor. Nunca han faltado los héroes de la fe que sin miedo a la ignominia le escupen en la cara a los errores y proclaman la Palabra de Dios con integridad a tiempo y a destiempo. No importa que tan confusa se haya visto la Iglesia a lo largo de su historia, siempre ha existido un resto que conserva la Tradición y la promueve entre el pueblo fiel a lo largo de los siglos.

Ahora bien… ¿Comó podemos distinguir la verdad católica del error? San Vicente Lerins nos da unas pautas interesantes:

Con frecuencia me he interesado con mucho celo y atención, entre un gran numero de personas eminentes por su santidad y su saber, por la siguiente cuestión:  << ¿Existe un método seguro, general por asi decirlo, y constante por medio del cual me sea posible discernir la veradera fe católica de las mentiras de la herejía? >> Y de todos ellos he recibido siempre esta respuesta: <<  que era preciso defender esta fe detrás de una doble muralla, primero la autoridad de la ley divina, y luego la tradición de la Iglesia católica […] En la misma iglesia católica hay que velar cuidadosamente en atenerse a lo que se ha creido en todas partes, siempre y por todos. Puesto que esto es lo verdadera y propiamente católico  […]”

Jesús le encomendó a sus apóstoles guardar sus enseñanzas y difundirlas en el mundo entero para nuestra salvación. Es razonable pensar que estas enseñanzas trascendentales no están sujetas a influencias incendentales  como algunos ‘’católicos’’ predican por ahí. Dios no es un tonto como para confiarles a los hombres la manifestación de si mismo sin su asistencia. Somos frágiles y pecadores, nos dejamos influenciar por cualquier viento que sople y tenemos la capacidad de tergiversar la Palabra de Dios si nos conviene.  Los inventos pseudodoctrinales que han aparecido en nuestros tiempos abarcan todas las esferas del mundo eclesial. Ni siquiera la liturgia se ha salvado de ideas erradas, y puesto que de la liturgia mana la vida de la Iglesia, es razonable que toda la vida se vea afectada por la invasión de errores. El papa emerito Benedicto XVI esta seguro de que la crisis en la Iglesia se debe a una crisis en la liturgia, pero no nos detengamos en esto. La cuestión esta en saber que en medio de tanta confusión hay soluciones para dar con la verdad, y el consejo de San Vicente Lerins es sin duda una precisión para dar en el clavo.
Dios es el mismo ayer, hoy y siempre. Era joven e ignorante de la fe católica cuando estaba convencido de esta premisa y es que no podía creer que la Iglesia pudiera cambiar en su esencia, pues tambien estaba convencido, como lo estoy ahora, de que esta institución es el cuerpo místico de Cristo y no puede ser concebida como una realidad ajena al Creador, sino mas bien, como algo intrínsecamente unido al esposo que es Cristo, y que por lo tanto, la Iglesia es Cristo, pues el cuerpo no puede subsistir sin la cabeza. Entonces sus doctrinas y dogmas de carácter perenne, que forman parte del depósito de la fe, no pueden cambiar. Estas enseñanzas las hemos recibido de Cristo, y el magisterio es el guardian y propagador de este depósito. Lo que siempre se ha creido seguirá siendo valido hasta la consumación de nuestra era y no debemos escuchar a aquellos ‘’hombres de Dios’’ que enseñan cosas diferentes en torno a la moral, la liturgia y los conceptos nucleares de nuestra fe. En las interpretaciones magisteriales de las Sagradas Escrituras, las enseñanzas del Catecismo y la vida de los santos, encontramos lo objetivo de nuestra fe, lo que debemos creer sin prejuicios. Fuera de estos ámbitos descubriremos el error al escuchar la predica de muchos que alegan la necesidad de cambiar el Catecismo, interpretar las Escrituras de una manera diferente, y que por lo general, no conocen la vida de los santos o la tergiversan tendenciosamente para complacer sus corazones retorcidos.

Si el evangelio complace los deseos homosexuales, feministas, abortistas, el sacerdocio femenino, e ideas seculares, no le haga caso a ese evangelio, y crea en lo de siempre.

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