Meditación de la palabra dominical – Domingo XIX del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Del primer libro de los reyes 19,4-8

De los Salmos 33,2-3.4-5.6-7.8-9

De la epístola a los Efésios 4,30

Del evangelio de San Juan 6,41-51

Seguimos nutriendonos de las maravillas de la Sagrada eucaristía. Esta vez tenemos al profeta Elías en la primera lectura, que luego de haber predicado fue rotundamente rechazado y amenazado a muerte, cuestión que lo llevó a huir al desierto. El peso de tal consecuencia lo hizo sentir tan desahuciado que deseo la muerte, pues la vida de los profetas no suele ser de color de rosas desde una perspectiva meramente mundana. Pero como bien dice el salmo: “yo consulté al Señor, y me respondió, me libró de todas mis ansias”, el Señor escucho el clamor de su justo y le respondió alimentadole con un misterioso pan que le dio la fuerza para seguir caminando por el desierto durante 40 días hasta llegar al monte de Dios. De ahí que en el salmo exprese tanta alegría. Es la respuesta coherente ante la magnificencia de tan inefable alimento. El Señor rescato a su justo otorgándole lo necesario para llegar hacia su objetivo.

Es evidente que nuestras vidas son un peregrinaje. Nos dirijimos hacia la patria celestial pasando por calamidades y situaciones adversas a nuestra fe. En estos días de crisis en los que la secularización se ha introducido en nuestras familias sanguíneas, y hasta en la espiritual, no es extraño sentir tanta tristeza como la sintió Elías.

Ante tales circunstancias el Señor responde diciéndonos que es el pan vivo bajado del cielo. El que coma su carne tendrá vida y no morirá. La Eucaristía es el alimento que no nos puede faltar en nuestro caminar, pues las consecuencias de prescindir de este admirable sacramento terminan en la muerte, pues si es la vida lo que se obtiene al consumirlo, la muerte se consigue al no hacerlo. La Eucaristía no es un elemento más en nuestra vida espiritual, es la sustancia imprescindible para llegar al cielo, pues la inanición del alma es una seguridad si por una indisposición pertinaz el alma no consciente a esta realidad.

Consumir el cuerpo de Cristo significa compromiso. Algunos pensaran que la cosa se queda en el acto de comulgar, pero no… No se trata de ir a misa, comulgar y salir al mundo como si nada. No es casualidad que la Santa Madre Iglesia coloque como segunda lectura al Apóstol San Pablo exhortandonos a llevar una vida virtuosa y a despreciar los vicios para no entristecer al Espíritu Santo. Alimentarse del cuerpo del Señor significa hacerse uno con él. Es ser un Cristo que en medio de su estado vocacional se desgarra el corazón por el Reino de Dios y la salvación de las almas. Por lo tanto, nuestras vidas deben rebosar un carácter moral y espiritual que vaya acorde a la dignidad de este sacramento, pues Elías no hubiese llegado al monte de Dios si se hubiera conformado con saciar la barriga y seguir durmiendo. Pongámonos en camino hermanos, que el camino es largo pero el alimento es bueno y accesible. Demos gracias a Dios.

La crisis eclesial y la virtud de la ecuanimidad

Así dice el Señor, el Santo de Israel: «Vuestra salvación está en convertiros y en tener calma; vuestra fuerza está en confiar y estar tranquilos.» Pero el Señor espera para apiadarse, aguanta para compadecerse; porque el Señor es un Dios recto: dichosos los que esperan en él (Is 30,15.18).

Creo que esta lectura breve es muy consoladora, y también es una interpelación.

Una máxima de san Pio de Pietrelcina que siempre he llevado conmigo es la siguiente:

“Ora, ten fe, y no te preocupes”

El Padre Pio tuvo una vida turbulenta en el sentido en el que las enfermedades lo trituraban casi constantemente, los estigmas eran dolorosos y probablemente le avergonzaba un poco las alabanzas que recibía por esta causa, algo bastante malo para alguien que había dicho que sólo quería ser un fraile de barba que reza. Algunos de sus hermanos de convento dan testimonio de las vejaciones que sufría, además, fue incomprendido por sus propios hermanos de la orden que lo tildaban de farsante. Los superiores del Padre Pio le permitían regresar a su hogar natal en Pietrelcina para que sus enfermedades mejorarán, los frailes pensaba que sus enfermedades eran un pretexto para irse a casa y desistir de sus responsabilidades conventuales, y por otro lado, estaba la Santa Sede, que ante su fama de santidad y las desmedidas expresiones fervorosas de los fieles optó por restringir su ministerio sacerdotal. Que doloroso debe ser para un sacerdote que le restrinjan su ejercicio. Es increíble que alguien así nos diga que ante las turbulencias sólo debemos de orar, tener fe y no preocuparnos. Sólo una persona con el don de la ecuanimidad puede, efectivamente conservar la calma en estos días.

Es bien sabido que Santo Domingo de Guzmán era un hombre ecuánime. La herejía del Catarismo y la cruzada albigense; la infidelidad del clero y las ostentaciones de sus pocisiones sociales; la escases material de los conventos y el riesgo de que su nueva orden fracasará al enviar a los primeros frailes lejos para estudiar, no lograron contrarrestar la alegría con la que cantaba el “Veni Creator” y las posiciones piadosas con las que rezaba. De él se dice que siempre tenía un semblante alegre, una facie difícil de mostrar ante tantas realidades aparentemente negativas.

Ante la crisis eclesial y social que estamos viviendo en estos días, ¿cuál es nuestra actitud?, ¿estamos viviendo este fragmento del libro de Isaías? He visto a católicos diciendo que la Iglesia se encamina a su autodestrucción, que la Iglesia se ha desviado de su ortodoxia y debemos optar por una actitud más “tradicional”. Ante la renuncia del cardenal Robert Sarah, una persona escribió un tweet en el que decía que la Iglesia se iba a desmoronar ante la ausencia del prelado ¿Qué clase de fe estamos viviendo?, ¿se está pareciendo nuestra fe a la de Santo Domingo, San Pio de Pietrelcina y la innumerable nube de santos que nos observan? Es necesario taladrarse este fragmento bíblico en el corazón, y por la fuerza del Espiritu Santo que recibimos en nuestro bautismo (si es que lo creemos), debemos conservar la calma en medio de esta tormenta, como lo han hecho los santos a lo largo de la historia, y como estamos invitados a hacer en esta lectura.

Si nuestros antepasados hubieran sucumbido ante la magnitud de las diversas crisis eclesiales, no tendríamos fe. La ecuanimidad es la virtud que nos conserva en nuestros cabales pase lo que pase, y si bien es cierto que somos frágiles, y que las virtudes no se alcanzan de la noche a la mañana, es imperativo que dispongamos el corazón y la mente al ejercicio de esta virtud con las visicitudes de cada día. Es una virtud que deslumbra brillantemente en estos días, en los que la vida se mueve rápida y el estrés está a la carta. Animemosno a vivirla cada día y no nos estanquemos en nuestro peregrinaje hacia la patria eterna.

Meditación de la palabra dominical – Domingo XVIII del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Del libro del Éxodo 16,2-4.12-15

Del libro de los salmos 77,3.4bc.23-24.25.54

De la carta del Apóstol San Pablo a los Efesios 4,17.20-24

Del evangelio de San Juan 6,24-35

En la primera lectura, vemos como los Israelitas se quejan de tener hambre, calor y sed, mientras peregrinaban por el desierto. Este acontecimiento debemos relacionarlo con los 40 días que duró Jesús en el desierto ayunando y orando, pues sólo así podemos iluminar cristologicamente esta situación.

Es evidente que el desierto y sus condiciones, sirven como un ambiente propicio para los ejercicios espirituales o ascesis. Lastimosamente, de esto casi no se oye hablar hoy en día, sobre la necesidad de que los cristianos hagamos ejercicios espirituales. Un cristiano que no es acético jamás podrá alcanzar el pleno desarrollo de las virtudes y la mortificación de sus pasiones desordenadas o defectos, como popularmente se conocen.

Los Israelitas cometieron el error de desaprovechar este ejercicio espiritual quejándose de el. Esto trae consecuencias negativas, las cuales son mencionadas en otros pasajes del antiguo testamento; sin embargo, Dios se expresa otorgándole el mana a su pueblo, como manifestación de su infinita misericordia y amor eterno por sus criaturas. Les dio el alimento que demandaban, el cual, a su vez, prefigura el pan de vida eterna que consumiremos en este domingo.

El salmo expresa la acción de gracias por el maravilloso acontecimiento desarrollado en las manos de Dios para con su pueblo. El salmista reconoce la obra divina y canta regocijado por la hermosa obra. Es una expresión adecuada, fervorosa y coherente por tan excelso acontecimiento.

El Apóstol San Pablo nos exhorta a dejar atrás el hombre viejo. Ese mismo que se expresó en los Israelitas. Los cristianos debemos asumir nuestra nueva condición humana renovando nuestra mente y nuestro espíritu. Debemos poner nuestras miradas en aquel, que a diferencia de los israelitas, venció el desierto, pues a ese le pertenecemos. Somos hijos de Dios por su muerte y resurrección, justicia y santidad verdaderas.

En el evangelio volvemos a ver a los judíos corriendo tras Jesús como en el domingo pasado. Pero esta vez Jesús les llama la atención ante las intenciones totalmente inmanentes que llevan sus contemporáneos. No lo buscaban por saciar sus necesidades espirituales, sino, por llenar su vientre. No es que esté mal buscar el alimento terreno, especialmente en medio de la necesidad que tenían estos hombres, lo malo sería que nos limitemos a saciar nuestras necesidades terrenas desdeñando de las espirituales. Por eso Jesús nos exhorta a no enfocarnos sólo en el alimento terreno, sino más bien, a centrar nuestra atención en el alimento de la vida eterna, pues como dijo el Apóstol San Pablo, ya no somos esos hombres viejos que se dejan ganar en el desierto, sino, hombres nuevos en Cristo Jesús que nos ha hecho partícipes de su vida inmortal. Si la eucaristía no está en el centro de nuestras vidas, vano es nuestro recorrido en el mundo, de nada sirve un cristianismo a medias. Vivimos por Cristo, en Cristo y para Cristo, sólo Dios basta… Lo demás es vanidad.

Sobre el subjetivismo de la misa reformada y la misa tridentina

Muchos católicos emiten opiniones poco “católicas” sobre ambas formas del rito romano. Me refiero al hecho de detrimentar el valor de una forma u otra atendiendo al carácter subjetivo que viene de las perspectivas individuales de cada persona.

Sobre la Santa Misa podemos considerar una dimensión objetiva y otra subjetiva. La dimensión objetiva de la Santa Misa en ambas formas del rito romano, consiste en afirmaciones como su validez, su sacralidad, la eficacia sacramental de ellas, y la eficacia en la santificación de los fieles. Tanto la misa reformada, como la misa tridentina, son objetivamente válidas, santificantes y eficaces sacramentalmente. Por eso ningún católico debería criticar uno que otro rito cuando se refiere al carácter objetivo de ambas. Esto sería adoptar una actitud incoherente, pues se critica lo propiamente católico. Las dos formas del rito romano contienen elementos mutables e inmutables, tal y como lo menciona la Sacrosanctum Concilium.

En cuanto a sus elementos inmutables podemos decir que ambas formas los poseen. Un ejemplo de esto es la oratio, es decir, el centro de la plegaria eucaristica, por la cual, el acto de la consagración del pan y vino culmina con la aparición de nuestro Señor Jesucristo en su cuerpo y en su sangre. No hay elemento más excelso en la sagrada liturgia que este milagro. Y ambas formas del rito romano lo realizan. La diferencia entre ambos ritos reside en sus elementos mutables, que son secundarios frente a los inmutables.

Los elementos mutables pueden permitir una visión subjetiva, y son la materia utilizada en la discordia existente entre varios sectores de la Iglesia de pensamientos sólidos y polarizados.

La dimensión subjetiva se expresa en los gustos de cada persona por una que otra forma del rito romano, o también por lo que es más fructífero en el ámbito espiritual. Hay personas que rezan en latín porque les ayuda a profundizar más en el misterio de la oración; sin embargo, hay otras en las que el latín es un obstáculo para su desarrollo espiritual, y prefieren la lengua vernácula en consecuencia. Habrán otras que se ven favorecidas por el silencio de la misa tridentina, pero otras preferirán la recitación audible del canon romano. También pueden haber algunas personas que prefieren las lecturas más abundantes de la misa reformada, así como también habrán otras que se conforman con lo que se proclama en la misa tridentina. Y si nos salimos un poco del ámbito litúrgico, como para profundizar más en esto, veremos que hay católicos que rezan el Vía Crucis, y otros que no, a unos les es favorable espiritualmente y a otros no. Los hay que recitan la coronilla a la divina misericordia, y otros que no. En fin, el carácter subjetivo es muchas veces mezclado con el carácter objetivo, y según la tendecia existente, habrán algunos que destruirán el valor que tiene una u otra forma cometiendo un grave error.

Vaya a la misa en la que se encuentre más íntimamente con el Señor, y no critique la otra forma litúrgica por sus elementos mutables. La misa no se trata de gustos, sino de que en sus elementos inmutables todos los católicos debemos responder con la fe, es un acto de fe. Ninguna de las formas de celebrar la misa carece de los elementos necesarios para nuestra santificación. Pensar lo contrario demanda una seria reflexión, en la que se debería tomar en cuenta que la Iglesia es nuestra madre en la fe, y que quizá no se está viviendo la liturgia con las debidas disposiciones interiores. Algo anda mal si no se reconoce que ambas formas del rito romano son tesoros invaluables contenidos en la Iglesia de rito latino.

Meditación del evangelio – Domingo XVII del Tiempo Ordinario, Ciclo B

Del evangelio de San Juan 6, 1-15

La Eucaristía, fuente y cumbre de nuestra fe

Del evangelio de San Juan 6, 1 – 15

Jesús se dispuso a sentarse con sus discípulos en la altura de una montaña con las claras intenciones de seguir enseñándole a sus contemporáneos las maravillas del Reino de Dios, así como también, invitarlos a la conversión. Las personas le seguieron porque lo vieron “curar a los enfermos”. Siguieron buscando en él la saciedad de sus necesidades elementales. Tenían hambre, razón por la cual, Jesús se dispuso a alimentarlos con la ayuda de sus discípulos.

La tradición nos ha enseñado que este pasaje es una prefiguración de la Eucaristía. Jesús, el sumo sacerdote eterno según el rito de Melquisedec, bendijo los panes y los peces de la misma manera que en el ofertorio de la Santa Misa. Luego distribuyó los panes a “cinco mil personas”. Obviamente esto no debemos tomarlo en un sentido literal, es una forma en la que San Juan nos dice que eran muchas personas, y en este caso, representan a la Iglesia. Todos quedaron saciados, y las sobras fueron puestas en canastas, haciendo alusión a la forma en que actualmente se reserva el Santísimo Sacramento del altar.

La Eucaristía es la fuente y cumbre de nuestra fe. Es el alimento que robustece nuestro espíritu y nos da fuerzas para continuar nuestro peregrinaje hacia la morada eterna. De la misma manera en que aquellas personas fueron alimentadas de la mano de Jesús, él nos alimenta en la persona de sus ministros, que día a día consagran el pan y el vino para que los hijos de Dios se alimenten de su cuerpo y de su sangre y crezcan.

Ya que tenemos este admirable sacramento, es imposible pensar que se puede avanzar en la fe sin alimentarnos del cuerpo y la sangre de Cristo, pues de la misma manera en que aquella pobre gente tenía hambre, nuestros corazones se desgarran del hambre espiritual que constantemente necesitamos saciar. Es imposible alcanzar la salvación si no nos alimentamos del pan de vida. Pobre de aquellos que no ven necesario comulgar con frecuencia cuando tienen la oportunidad de hacerlo. Son como moribundos hambrientos prontos a desfallecer al lado de un plato de comida.

La Eucaristía es el elemento más importante para avanzar en la fe, y esto por supuesto implica el compromiso de vivir los votos bautismales con coherencia, de tal forma que el alimento divino no vaya a parar en manos perezosas que por frecuentar la eucaristía sin asumir la gracia santificante, se jactan de ir a misa con frecuencia pero en el mundo son lobos rapaces que dañan la imagen de Cristo y son la razón por las que muchas veces la Iglesia tiene que sufrir.

Acerquémonos a la Eucaristía sabiendo que en este sacramento empieza y se realiza nuestra fe. Es la forma de comunión más plena que tenemos con Dios aquí en la tierra. Cristo viene con el Padre a habitar en nuestros corazones, y de esa manera, nos hacemos uno con él. Toda la Iglesia se funde totalmente en Dios y realiza plenamente la realidad de su unidad. No seamos tontos al disminuir el valor de este sacrosanto sacramento, pues somos muy afortunados de tener el cuerpo y la sangre de Cristo todos los días en nuestras iglesias particulares. Aprovechemos esta inefable gracia si realmente queremos ser santos, como la vocación de ser cristianos nos demanda, sólo así conseguiremos calmar nuestros corazones temblorosos y nos uniremos finalmente a Dios sin las interrupciones obradas por el pecado.

La desalentadora predicación

“Entonces se puso a maldecir a las ciudades en las que se habían realizado la mayoría de sus milagros, porque no se habían convertido” (Mt 11, 20)

Las ciudades mencionadas en este pasaje evangélico son Corazaín, Betsaida y Cafarnaum. Estas ciudades recibieron la predicación del evangelio directamente de nuestro Señor Jesucristo, y no obstante, no se convirtieron. Analizar una dimensión de nuestra predicación desde esta perspectiva es el objetivo de este texto.

Estas ciudades pueden facilmente representar a todos los pueblos que han recibido el evangelio y no responden a el, algo muy común en nuestros días. Vemos como nuestras sociedades, previamente evangelizadas, se sacuden la coraza cristiana que honorablemente llevaban cuando nacieron. Diversos factores han influido en esta situación negativa, pero enfoquémonos en nosotros de manera personal como predicadores.

Solemos pensar que nuestra actividad es incorrecta cuando no conseguimos conversiones de nuestros contemporáneos. Esto es algo normal. Pero se convierte en una oportunidad para meditar sobre como estamos viviendo este evangelio que queremos transmitir, o que lenguaje estamos utilizando. Podemos llegar al punto de desalentarnos como Santo Domingo de Guzmán, que según la tradición, sintió la tristeza de no ver a los herejes cátaros convirtiéndose con su predicación. Si ponemos nuestra atención en lo que le ocurrió a Jesús en el fragmento evangélico que he citado en el inicio, encontraremos un motivo que nos permita continuar nuestra misión sin preocuparnos en exceso por los resultados.

En primer lugar debemos tomar en cuenta que Jesús es el predicador perfecto. La alta estima que tenemos de la predicación de los apóstoles y los santos se queda pequeña ante la magnificencia del Maestro. Jesús irradiaba una fuerza moral inigualable que le permitía exteriorizar los valores del Reino con facilidad, aumentando su credibilidad en un plano hasta más no poder. Los abundantes milagros que hizo en estas ciudades respaldaban portentósamente su realidad divina y fortalecía la veracidad de sus palabras. No obstante, reprende a estas ciudades por no vestirse de sayal y echarse ceniza en sus cabezas, como expresión de penitencia y conversión.

Es evidente que el corazón del hombre puede llegar a unos niveles de endurecimiento tal, que ni la multitud de los ejércitos celestiales y la potencia de la gracia pueden transformarlo. “Nada más falso y enfermo que el corazón: ¿Quién lo entenderá? ” (Jr 17, 9)

Así pues, no podemos esperar que siempre obtendremos resultados positivos cuando predicamos, pues el mismo nos dice: “No está el discípulo por encima de su maestro […] ” (Lc 6, 40)

Esto no es ningún motivo para desalentarnos, ni hay que entenderlo en un sentido pesimista, ¿acaso Jesús se rindió?, ¿los apóstoles y los santos se detuvieron en sus obrar itinerante? De ninguna manera es una opción detenernos, pues no hemos recibido un espíritu triste y negativo para cumplir nuestra misión. Esta realidad es una oportunidad para asumir que nuestro deber es anunciar, proclamar la Palabra a tiempo y destiempo y dejar que Dios se encargue del resto.

Somos puentes por los que Dios pasa para llegar al corazón de los demás, y cumplimos nuestra misión cuando anunciamos con valentía el evangelio. Si bien lo mejor sería que el otro se convierta, esto va más allá de lo que podemos hacer. Cumplimos con nuestra parte cuando predicamos, la otra parte depende de que el hombre responda, sólo así se obrará la conversión y Dios se llenará de gloria por otro hijo que regresa a casa.
Seamos humildes al predicar en estos tiempos recordando que el primer rechazado con la indiferencia y el desprecio fue el Maestro, así nos alegraremos cuando hayamos hecho nuestra parte de anunciarle la salvación a los demás, pues al fin y al cabo sólo somos siervos inútiles que colaboran con Cristo en la instauración y consumación de su Reino, y lo que debemos hacer es predicar y punto. Que sea esto la satisfacción de haber culminado el trabajo encomendado, de tal manera que seamos dignos de participar del descanso eterno del Cordero inmolado.

El negocio de ganar el cielo

“Nuestro negocio es ganar el cielo. Todo lo demás es una gran pérdida de tiempo” – San Vicente de Paul

Esta máxima de este gran santo me hizo reflexionar sobre la caducidad de la vida, y sobre la actitud que un cristiano debe tener en este peregrinaje hacia la morada eterna.

San Gregorio nacianceno decía que los cristianos debemos recordar a Dios más que de respirar. Los acontecimientos del día a día pueden ser un motivo suficiente para ahogar la presencia de Dios en nuestros corazones, no sólo en la vida de los laicos, sino también en la vida consagrada y sacerdotal. Es bastante fácil olvidarlo. Las actividades seculares y su orientación hacia el porvenir temporal pueden obstaculizar el crecimiento de nuestra vida espiritual, porque si las cosas no se hacen en el Señor quedan en el vacío desesperanzador del agujero interminable. Pero esto necesariamente no tiene porque ser así, lo cierto es que estas mismas actividades son necesarias para que el Espíritu Santo nos transforme. Todo depende de en donde ponemos el corazón.

Ya sea que comamos, bebamos, fiestemos o nos relacionemos, todo debe ser realizado en el nombre del Señor. Los cristianos hemos muerto y resucitado en Cristo, y ya no nos pertenecemos. Hemos sido comprados con la sangre del cordero, y por lo tanto, debemos asumir nuestra vida sobrenatural en el Espíritu. Esto no sólo implica una vida de oración privada o comunitaria, actos de caridad y celebraciones litúrgicas, sino que está realidad debe impregnarlo todo, y en efecto, lo mencionado va ordenado a esta transformación radical. Hasta los detalles más mínimos del día deben ser realizados en clave divina. Santa Teresa de Calcuta nos enseñó que los pequeños actos cargados de amor son más grandes que múltiples actos de caridad hechos por obligación. Lo importante no es la cantidad, sino la calidad. Por otro lado, San Josemaria Escriva de Balaguer, fundador del Opus Dei, sigue inculcándole a la Iglesia la posibilidad de alcanzar la santidad en la vida ordinaria, es decir, en los actos cotidianos insignificantes para el mundo y para uno mismo, pero que hechos en Cristo, se convierten en una obra de santidad que perdura para la vida eterna. Todo acto de bondad orientado a la glorificación de Dios es un acto eterno, porque fue impulsado por el eterno y realizado para el eterno, ¡nunca será una pérdida de tiempo amar!

Todo lo demás, si no se relaciona con Dios no merece nuestra atención. Son sólo distracciones vacías que no nos llevarán a ningún lado, por lo más, un disfrute efímero que queda en el olvido. Todo es una pérdida de tiempo si no tiene nada que ver con la búsqueda del Reino. Todo es vanidad inútil. Sólo Dios basta.

Los cristianos debemos tener nuestros ojos fijos en las manos de nuestro Señor, como el esclavo los tiene en las manos de su amo. El beato Carlos Acutis pudo descubrir que la verdadera felicidad está en tener los ojos en el cielo, y la tristeza empieza cuando los bajamos a la tierra. No dejemos de correr hacia el Señor, dejemos embriagarnos por su amor, pues sólo estamos de paso en este mundo, hospedados en el mundo temporal que tiene ocaso. Nos dirigimos a nuestra verdadera patria que es estar con el Señor. Todo lo que hagamos debemos ponerlo en función de este objetivo, nada importa más que esto, es un objetivo radical, pero el evangelio es precisamente esto: la muerte del hombre viejo y el nacimiento de los hijos de Dios.

Meditación del evangelio – Domingo XVI del Tiempo Ordinario, Ciclo B

Del evangelio de San Marcos 6, 30 – 34

Cuando los discípulos de Jesús habían culminado la labor de predicar la buena nueva, se sentían exhaustos, razón por la cual, Jesús los invita a descansar para reponer sus fuerzas y seguir la tarea de propagar el Reino de Dios, pues no tenían tiempo ni para comer; sin embargo, la gente no podía dejarlos ir, pues la necesidad engendrada por la miseria humana clamaba para seguir alimentándose de las dulces palabras que salian de Jesús, y de sus humildes predicadores.

En otro pasaje, vemos como Jesús nos pide que roguemos al dueño de la mies, para que envié trabajadores a sus mies, pues es abundante.

Los pecados de los hombres no dejan de multiplicarse, y la miseria que sufrimos aumenta de manera proporcional. La tarea de la Iglesia se incrementa con el paso de los tiempos, y la necesidad de trabajar sin desfallecer se hace un imperativo. Cuan vieja y fatigada se encuentra la Iglesia que tanto ha trabajado por la salvación de las almas. Pero es hermosa y juvenil porque su Señor la mantiene vigorosa y sin mancha, joven para seguir trabajando e irradiando la alegría de un corazón rebosante de amor divino.

Loable ha sido la actitud de Jesús en este evangelio, pues a pesar del cansancio no desdeño el darle un lugar en su corazón al sentimiento compasivo, y así, seguir sirviendole a las ovejas sin pastor que tan necesitadas estaban de ser apacentadas por su pastor.

Quizá esto sea un motivo suficiente para no dejarnos obstaculizar por el cansancio y el calor del día, y ser conscientes de que la tarea es dura y abrumadora, pero si el Jesús cansado pudo levantarse para servir, nosotros que somos sus discípulos, debemos atender a las diversas necesidades con la solicitud demandada, pues la necesidad no puede esperar. Hay que seguir predicando sin desfallecer, porque el Señor es la roca que nos salva, es la potencia que nos empuja a superar nuestras capacidades para que la construcción del Reino de Dios, no se vea obstaculizada por la creciente producción pecaminosa que sale de la fábrica de nuestros desviados corazones. Continuemos la labor sin quejarnos, para que merezcamos la corona de la vida eterna y la entrada al descanso del Señor. Allí, él nos conducirá hacia verdes praderas, nos conducirá hacia fuentes tranquilas y repondrá nuestras fuerzas, pero mientras tanto, hay que seguir trabajando ¡ánimo!

Traditiones custodes. El fin de la Summorum Pontificum

Hace 14 años, el papa Benedicto XVI escribió un motu proprio titulado: “Summorum Pontificum”. Con el, básicamente, facilitaba la celebración de la liturgia conforme a las disposiciones tridentinas previas a la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II. El día 16 de julio, memoria litúrgica de Nuestra Señora del Monte Carmelo, quedó abrogada esta disposición por el motu proprio “Traditiones custodes” del papa Francisco. No quiero dejar pasar la oportunidad de hacer mi comentario ante este gran acontecimiento.

En primer lugar, debemos reconocer que esto ha sido una estocada profunda en el corazón de muchos hermanos. La facilidad con la que se podía celebrar la liturgia antigua, ha quedado restringida a la voluntad del obispo, quien debe determinar si es espiritualmente saludable esta forma de celebrar la liturgia, para poder delegarle dicha facultad a un sacerdote adecuadamente preparado; por lo tanto, ya no basta con la simple voluntad de un grupo de fieles y la disposición del presbítero.

Debemos aclarar que el misal antiguo no fue derogado, sino, restringido. Ahora bien, ¿qué pasará con la misa tridentina en comunidades fieles a Roma y al sucesor de Pedro? No podemos negar que en muchos lugares estos permisos serán negados, en vista de la situación actual en la que se encuentra nuestra Iglesia.

Muchos fieles, especialmente jóvenes, se sintieron atraídos por esta forma de celebrar la liturgia, y sin duda, ha sido un enorme provecho espiritual para los que la frecuentaban con recta intención. Estos son los que sentirán la estocada de este motu proprio si en sus diócesis no se da el permiso de celebrar en esta forma.

Pero por otro lado, no podemos negar que existen grupos extremistas que superponen la validez de la misa tridentina en detrimento de la misa reformada. Se muestran rebeldes al Concilio Vaticano II, y se sienten más santos y más dignos de ser católicos que todos los demás. Es una actitud sectaria que contribuye a la división del pueblo de Dios, tal y como había mencionado en mi artículo titulado: “El Concilio Vaticano II no es necesariamente el problema”. Pero no todos son así… Los católicos moderados que se encuentran en comunión con Roma, y que participan de la liturgia antigua, son los que realmente están perdiendo con todo esto.

Ahora bien, da pena y vergüenza las reacciones extremistas que ha traído este motu proprio. Como era de esperarse, por un lado están los que se alegran sobremanera con la restricción de la misa Tridentina. Andan por las redes sociales burlándose de los “afectados” bajo nombres como “tradi” y “tradichairos”, una actitud que no dista mucho del otro extremo, es decir, que siembra discordia y desprecio hacia un grupo de hermanos que, o bien, son sectarios, o bien, son jóvenes amantes de la Iglesia que no tienen mentalidad sectaria.

Por otro lado, están los hermanos que se han afligido hasta el punto de criticar rotundamente al papa Francisco, y sacarle los trapos viejos para alimentar el sentimiento de desprecio hacia su persona. Una actitud cuestionable hacia el romano pontífice en aquellos que pretenden tomarse en serio el camino hacia la santidad.

La guerra no nos llevará a nada… Sólo contribuirá a aumentar el desasosiego por la crisis, y en definitiva, no aportada nada a nuestros deseos de reformar a la Iglesia. Revisese cada cual a ver como esta actuando ante esta nueva disposición. Pregúntese si esta confiando lo suficiente en la Divina providencia, si no se le ha olvidado que este barco lo guía el Espíritu Santo, o pasese por mí artículo titulado: “La esperanza en tiempos de pandemia religiosa”, por si se le ha olvidado esta virtud teologal que ha recibido en su bautismo.

Hermanos, no nos entristezcamos. Adoptemos la actitud de Job que supo recibir tantos males sin apartarse de Dios, y junto a nuestro Señor, digamos: “Fiat voluntas tua sicut in caelo et in terra”. Conservemos la recta disposición de seguir adelante en los caminos del Señor, y procuremos aportar nuestro grano de arena para la reforma de la Iglesia. No consideremos perder la comunión con el romano pontífice, ni lo despreciemos hasta el punto de sentir odio o resentimiento hacia él, pues Santa Catalina de Siena, a pesar de sus defectos, lo llamo: “El dulce Cristo en la tierra”.

Tampoco nos alegremos por este motu proprio, pues muchos hermanos de recta intención se verán afectados. Además, las burlas y los desprecios hacia la misa tridentina son una crítica hacia nosotros mismos, porque se trata de algo católico. No cometamos el error de pecar por detestar algo que ha salido de Dios, porque eso sería una rotunda contradicción. Además, es una pena que se haya restringido. La facultad otorgada por la Summorum Pontificum facilitaba la propagación de la misa tridentina, ¡y muchos se han aprovechado de ella!

Ya veremos que pasara en lo adelante, pero de lo que podemos estar seguros es de que el sol seguirá saliendo de oriente, para iluminar a los viven en tinieblas y en sombras de muerte, y dirigir nuestros pasos hacia el camino de la paz.

La esperanza en tiempos de pandemia religiosa

La esperanza es la virtud teologal que todos empezamos a ejercer una vez asumido nuestro bautismo. Es la certeza de aquello que esperamos con el fervor de la fe, la realización de nuestros anhelos colocados por Dios; y la calma de nuestros corazones inquietos hasta que se encuentren con él.

En algunas ocasiones, los cristianos solemos afligirnos bastante por la situación precaria que vemos en nuestras sociedades alejadas de Dios, y también, por la crisis eclesial que no deja de sorprendernos. Es penoso ver reacciones tan negativas en las redes sociales por lo que estamos viviendo, es profundamente entristecedor y desconcertante. Estos pueden ser síntomas de una vanidad que no percibimos, pues nos creemos capaces de resolver por nosotros mismos todos los problemas, o al menos, pretendemos ponerlos bajo nuestro control. Esta es una traición a la esperanza que tuvieron los apóstoles, los mártires y los santos de todos los tiempos, que sufrieron miles de tribulaciones y vivieron profundas turbulencias eclesiales sin perder la salud espiritual que con tanta oración habían alcanzado. La esperanza fue para ellos un impulso para seguir el combate y no desfallecer.

Los cristianos no podemos afligirnos hasta el punto de parecer que perdemos las esperanzas, porque a pesar de todos los males que experimentamos, la esperanza no debe desaparecer, pues de Dios depende que lo que esperamos se cumpla, y Dios siempre es fiel a sus promesas (Nm 23, 19); además, ¡es horrible que un cristiano exprese tanta desesperanza, es antievangélico! ¿No deberíamos cambiar un poco nuestra actitud? Debemos aprender a alegrarnos en nuestras tribulaciones como nos enseña el apóstol Santiago (Cf. St 1, 2), y a contentarnos con la situación precaria que experimentamos como el apóstol San Pablo (Cf. Flp 4, 11), cuya prédica fue rechazada por muchos, y recibió daños físicos y psicológicos por parte de sus oyentes; a pesar de eso, no pudieron quitarle la alegría de sentirse amado por Cristo, y el haber descubierto el auténtico camino hacia su realización humana; no importa que tan sombríos pudieron ser aquellos tiempos, porque al final, la Iglesia pudo triunfar y seguirá haciéndolo porque el Señor es nuestro alcázar, nuestro refugio y nuestra roca.

Es necesario mostrarle al mundo un semblante embellecido por la luz de la esperanza, y los ánimos deben permanecer firmes; porque la carrera sigue y no podemos detenernos; ya falta poco… la meta esta al llegar, el Señor no tarda.

Mantengamos la llama del amor encendida en nuestras lámparas y esperemos a nuestro esposo que ya viene, no dejemos que los problemas sean más grandes que Dios, porque si nos creemos eso, estaremos creyendo en una mentira, y los cristianos no somos hombres de mentiras para darnos a tales falacias, somos hombres de la verdad y pura autenticidad; y por lo tanto, eso es lo que debemos mostrar: el ejercicio de la esperanza, virtud teologal.

Crea tu sitio web con WordPress.com
Empieza ahora