Meditación del evangelio – Domingo XIII del Tiempo Ordinario, ciclo B

Del evangelio de San Marcos 5, 21 – 43

El evangelio de hoy es bastante profundo y denso. Son muchas las enseñanzas que se pueden sacar de el. Ya me imagino la gran diversidad de homilias que se pronunciaran desde el ambón. Pero yo he concretizado mi meditación en la conducta llamativa e importante que muestran Jairo y la Hemorroisa, a lo que me refiero es a la humildad.

Muchas personas suelen confundir la humildad con la sencillez, expresándola como si fueran terminos sinónimos, y aunque en el lenguaje coloquial pueden usarse sin distinciones, conviene enfatizar lo que es la humildad en este caso.

La humildad es la virtud que nos permite reconocer quienes somos. Es saber cuales son nuestros limites y virtudes, pero sobretodo nuestra pequeñez, nuestra fragilidad. Ante Dios, los hombres somos criaturas indefensas y reconocer esto es humildad, asi como también es humilde quien reconoce a Dios como Creador. El humilde sabe poner cada cosa en su sitio.

Es interesante ver como Jairo y la mujer se acercan a Jesús. En ambos se puede observar una actitud de recogimiento y sencillez; de reconomiento y esperanzas hacia aquel que podia remediar sus necesidades. Los dos pudieron reconocer su pequeñez ante Jesús, su fragilidad y falta de opciones propias, y en cambio, pudieron ver en Jesús el perfecto heraldo que obraria sus saludables requerimientos.

La humildad es imprescindible a la hora de acercarnos a Dios, sin esta venerable actitud es imposible tener una fe como la de Jairo y la mujer que permitan hacer una oración de petición ordenada a los divinos designios. Si ambos pudieron conseguir estas gracias de Jesús fue porque primero supieron ser humildes y pedirle cabizbajos la sanación para si mismos y para la niña de Jairo.

La humildad es una virtud que viene de Dios, y por lo tanto, hay que pedirla en la oración. No se obtiene de la noche a la mañana, sino que requiere ejercicio y mucha oración, pero ya esto es otro tema.

Ahora será necesario que meditemos en la humildad de Jairo, que ante la noticia del fallecimiento de su hija, no hizo más que arrojarse a los brazos providenciales de Jesús para experimentar el milagro. Y la mujer, desahuciada de tantos tratamientos inútiles, considero como bueno acercarse a aquel de quien tanto se hablaba, pues con solo tocarle el manto quedaria sana. Sólo aquellos que reconocen su nada y la grandeza de Dios pueden imitar la fe de estos dos desconocidos que fueron capaces de vivir el amor inefable de Dios y el tratamiento de sus necesidades.

La Reforma Litúrgica no es el problema…

Muchos hermanos de la esfera tradicionalista del catolicismo, creen que la reforma litúrgica de la Sacrosanctum Concilium es la causa de los males que vivimos hoy en día en la Iglesia, a saber, la secularización, la protestantización y el subjetivismo de la fe en muchos ámbitos. No, el problema no es la reforma litúrgica, el problema viene de antes, y es mucho más que eso.

La edad antigua tardía y la edad media, fueron épocas históricas caracterizadas por unas formas de gobierno actualmente inexistentes. El poder secular y religioso católico gobernaban juntos a la sociedad. En la mentalidad antigua era imposible concebir una separación entre estas dos fuerzas, pues ambas eran la matriz en la que la sociedad se fundamentaba y tenía su desarrollo. Ante esta realidad la sociedad estaba imbuida de los valores religiosos católicos que habían aceptado desde antaño e impregnaban todo a su alrededor, Dios era necesario para conservar el bienestar o para recuperarlo cuando este se perdía, presumíblemente por los pecados. Las culturas que se distinguían de sus orígenes romanos y germánicos, no prescindían de los elementos propios de la fe católica; el ateísmo y la indiferencia religiosa eran casi inexistentes, por no decir que eran totalmente inexistentes.

Pero estas épocas de cultura religiosa empezaron a tocar su fin con la aparición de movimientos como el humanismo renacentista en el siglo XV, la pseudo-reforma protestante en el siglo XVI y la revolución francesa en el siglo XVIII.
Tales acontecimientos surgieron como una respuesta a los abusos que sufría la plebe por parte de la nobleza y las autoridades eclesiásticas, que no pocas veces se pasaban de raya ejerciendo su poder.

Los católicos no podemos negar que nuestros males morales engendran las herejías, si bien, las herejías no pueden justificarse tomando esta realidad como un pretexto, porque la Iglesia es el cuerpo místico de Cristo en el sentido objetivo de su realidad, y a pesar del mal que puedan cometer algunos de sus miembros no deja de ser la esposa de Cristo y el arca necesaria para salvarse del diluvio. Su santidad es evidente si los ojos de la fe están bien abiertos.

Ahora bien, este conjunto de acontecimientos históricos fueron el origen de un pensamiento en el que la fe se volvía subjetiva, sentimental y mutable; la razón empezó a considerarse el criterio objetivo y óptimo para alcanzar el pleno desarrollo humano; la religión empezó a considerarse como un obstáculo que impedía que la humanidad saliera de la mal llamada ‘’edad oscura’’; de ahí que el estado tuviera que separarse de la Iglesia para ser ‘’libre’’ y alcanzar su ‘’plenitud’’; así se crearon los estados laicos en los que actualmente vivimos. Estos se constituyen como una nueva sociedad que camina al margen de Dios, deshaciéndose de su histórico referente moral para abrazar una nueva forma de paganismo que nos ha llevado a los desórdenes deplorables de los que nos quejamos hoy en día, y que por desgracia, han llegado a la Iglesia infestándola con la peste de su esencia.

No puedo dejar de mencionar la famosa herejía del modernismo. Surgió como una expresión diabólica de la revolución francesa que bajo el influjo de filósofos revolucionarios desecho la realidad inmutable de los dogmas y las doctrinas de la Iglesia, proponiéndola como realidades humanas y mutables con el tiempo, y totalmente condicionadas al hombre. El papa san Pio X la definió como la ‘’síntesis de todas las herejías’’ y la condeno con la encíclica ‘’Pascendi Dominici Gregis’’ a principios del siglo XX. Esta es quizá, la peor herejía a la que la Iglesia se ha enfrentado, y que todavía seguimos combatiendo.

Hoy estamos viviendo las consecuencias históricas de estos procesos, y sin duda, el modernismo activo en nuestras filas. Lo que podemos observar es que el Concilio Vaticano II no era algo considerable cuando surgió este cataclismo actual. Decir que la reforma litúrgica introdujo todo esto que vivimos en el seno de la Iglesia no tiene lógica, pues evidéntemente, la cuestión ya estaba dentro desde antes. Por lo tanto, queridos hermanos, la reforma litúrgica no es el problema…

Crea tu sitio web con WordPress.com
Empieza ahora